La Voz, a diez metros del Prestige: un monstruo herido frente a Muxía

El petrolero dejó una estela de crudo y gasóleo que tiñó de manchas contaminantes varias millas frente al santuario de A Barca

Las olas entraban el 14 de noviembre libremente por la parte más hundida del petrolero
Las olas entraban el 14 de noviembre libremente por la parte más hundida del petrolero

La Voz en alta mar

Dar con el lugar exacto en el que se encuentra el Prestige no es difícil, solamente hay que seguir el inconfundible rastro de gasóleo y crudo que va dejando en su camino.

Ayer en Muxía fueron muy pocos los barcos que salieron a faenar. Lo hizo el de Felipe Sar, el Praia de Cruz, una embarcación de trece metros de eslora que sirvió para poder acercarse a escasos metros del lugar en el que se gestaba la tragedia.

A 43° 12´ de latitud norte y 9° 24´ de longitud oeste, el Praia de Cruz, después de más una hora de navegación sobre olas de dos y tres metros, se encontró frente a frente con el Prestige, visiblemente escorado y con el mar barriéndole la cubierta.

Con el pesquero Praia de Cruz pegado al petrolero, podíamos ver las caras de preocupación de los tripulantes

Las olas entraban libremente por estribor, el lado más hundido del petrolero y también el más afectado por el temporal del día anterior: el bote salvavidas de ese costado quedó destrozado, y en esa parte el barco estaba teñido de negro a causa del crudo que la fuerza del mar y el viento estrellaban contra el navío.

El periodista Eduardo Eiroa -a la derecha- y el fotoperiodista José Manuel Casal se acercaron a 10 metros del buque aquel 14 de noviembre
El periodista Eduardo Eiroa -a la derecha- y el fotoperiodista José Manuel Casal se acercaron a 10 metros del buque aquel 14 de noviembre

Desde muy cerca del Prestige, cuando las olas lo permitían, se podían apreciar una abolladura y un agujero en el casco. En el puente de mando sólo había tres personas. Desde el Praia de Cruz, pegado al casco del petrolero, se podían ver sus caras de preocupación. Aunque el temporal del día anterior había remitido, las olas que zarandeaban al pequeño pesquero como si fuera un corcho amenazaban con echar a pique al Prestige con toda su carga a menos de quince millas de la costa.

La preocupación se vivía también en el Praia de Cruz, no porque el oleaje impidiese mantenerse en pie sobre la cubierta, sino porque los pescadores de a bordo eran conscientes de que una marea negra podía dejar todavía más tocado el panorama pesquero en la zona.

De camino hacia el Prestige, navegando a algo más de siete nudos, fueron apareciendo anticipos de la desgracia: finas capas de combustible y otras más gruesas y densas de fuel. «Somentes esas manchas —aclara Felipe Sar, patrón de la embarcación— xa afectan a toda a zona». Él tiene claro que si el Prestige se hundiese, se hundiría con él la economía pesquera de la Costa da Morte.

La proa del barco en que navegábamos, totalmente negra, denunciaba el veneno que soltaba el Prestige

Remolque y vigilancia

A una prudente distancia del petrolero dos remolcadores tiran de él con sendas cadenas y hacen avanzar la mole una milla y media cada hora. Más lejos se mantienen vigilantes otros dos remolcadores, una lancha de la Guardia Civil y una fragata del Ejército.

Hacia las tres de la tarde un helicóptero de Salvamento Marítimo se acerca al buque siniestrado.

Los tres ocupantes del Prestige salen a popa con los chalecos puestos. No es una evacuación, todavía, sino un intercambio de personas. El helicóptero sobrevuela la zona constantemente.

En apenas media hora parece que el buque se hunde un poco más mientras los remolcadores siguen tirando para alejar la marea negra de la costa. Van rumbo nor-noroeste, a 330°. El Praia de Cruz abandona la compañía del petrolero a más de 14 millas del puerto de Muxía. El monstruo herido parece alejarse, después de haber llegado a cuatro millas de tierra. En el camino de vuelta, el pequeño pesquero siguió hasta puerto el rastro de cenizas y crudo dejado por el petrolero. Los brillos de los delfines y del gasóleo acompañaron al barco de Felipe Sar de vuelta hasta Muxía.

Las olas que se colaban en la cubierta dejaban manchas negras sobre las rojas tablas del barco. Felipe Sar, hijo del patrón, y Valentín Toba, segundo marinero a bordo, se afanaban en limpiarlas con detergente y cubos de agua de mar. «Se che toca esto na roupa —dice Sar— non hai quen cho quite».

Tampoco hay ya quien se lo quite a algunas rocas de la costa.

El Praia de Cruz manchado de restos procedentes del Prestige
El Praia de Cruz manchado de restos procedentes del Prestige

Olor a gasolinera

El mar olía a gasolinera y el propio pesquero Praia de Cruz, una vez en puerto, era la prueba inequívoca de que el mal ya estaba hecho: la proa, completamente negra, anunciaba que el Prestige había dejado escapar su veneno.

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