El ocaso de las armerías rurales

La despoblación y la decadencia de la caza arrinconan negocios clásicos en Galicia


redacción / la voz

Todavía quedan, pero cada vez menos. Y como tantos otros elementos del decorado del medio rural, están agonizando al ritmo que lo hace una forma de vida en decadencia. «Tuvimos que cerrar porque ya se vendía muy poco y no valía la pena mantenerlo abierto», admite con cierta tristeza la señora Socorro, que en tiempos estuvo al frente de la Armería Seoane, en Verín, uno de los últimos negocios de venta de armas para cazadores que ha cerrado en Galicia. Es un pequeño goteo resultado de una serie de circunstancias que juegan en contra de estos negocios.

El más importante es la despoblación que afecta por igual a las armerías que a otro tipo de negocios radicados en las pequeñas villas y ciudades de Galicia. A ello se ha unido en los últimos años la pérdida de interés por la caza, una actividad de la que participaban miembros de casi todas las familias que vivían en un entorno rural, pero que cada vez pierde más adeptos.

Con menos clientes, las armerías se enfrentan también al paulatino incremento de las medidas de seguridad que exige la legislación sobre armas de fuego. Su cumplimiento implica importantes inversiones, a veces incompatibles con el escaso negocio que tienen muchos de estos establecimientos. «Nosotros sobrevivimos porque no tenemos las armas aquí», explica un empresario de Noia que abrió su armería hace tres años. «Sobrevivimos porque vendemos otros productos, de ferretería. Si fuera solo por la armería, este negocio sería inviable».

Otro empresario de la provincia de Lugo lamenta la permanente evolución de las normas de seguridad y el impacto en las ventas: «Antes se ganaba algo también con las armas de fogueo, que se podían adquirir sin licencia y permitían que mucha gente se sintiera más segura en su casa. Pero ahora ya no se pueden adquirir libremente». 

Cierran los clásicos

Hace algunas semanas cerró en Monterroso la armería Álvarez, un establecimiento que llegó a verse obligado a gestionar las colas de los clientes que se desplazaban hasta la villa lucense para abastecerse. La empresa, cuya sede se trasladó a A Coruña y que mantiene una muy importante actividad por Internet, decidió cerrar el establecimiento donde se fundó la marca, ubicado en un concello de 3.600 habitantes. «Es que, mire, ahora para ir al río o al monte, hay que ir con un abogado», bromea el propietario de otra armería, en este caso en Chantada.

Este empresario, igual que la mayoría de sus colegas consultados para este reportaje, se queja de las pocas facilidades que las administraciones proporcionan a la caza y a la pesca: «Todas las medidas que se toman son para perjudicarnos», argumenta y añade que la supervivencia de su negocio está vinculado a que lo compatibiliza con una librería.

«Desde hace cinco o seis años hemos notado también un importante bajón en todo lo que tiene que ver con la pesca», señala Fermín, propietario de una armería en Becerreá. Considera que los anuncios de ir aumentando las zonas de pesca sin muerte han ido desanimando a los aficionados, muy lastrados ya por la cada vez mayor ausencia de piezas en el río, muchas veces víctimas de la contaminación, incluso de los cada vez más frecuentes períodos de sequía.

El cazador mayor se va retirando, el joven no se incorpora

«Antes era común ver a tres generaciones en el campo cazando juntos: abuelo, padre e hijo. Ahora eso ya no se ve en ninguna parte», explica José Antonio Fernández, secretario del tecor de Becerreá. La sentencia radiografía la lenta pero inexorable caída de la caza, víctima también de la despoblación y sus consecuencias: «Aquí, la caza menor hace años que no existe», certifica el propietario de la armería Losada, en Quiroga. El negocio está ubicado en el corazón de una zona de montaña, donde la perdiz o el conejo hace mucho tiempo que no se dejan ver.

La alternativa para muchos cazadores gallegos se ha trasladado en los últimos años a las piezas mayores, corzo y jabalí principalmente. De hecho, la Xunta acaba de aprobar un decreto que amplía las jornadas para organizar batidas en una parte de Galicia. Sin embargo, la caza mayor, especialmente la del jabalí, se practica de manera notablemente distinta a la caza tradicional, de manera que no todos los cazadores se han adaptado a las nuevas piezas.

Varios empresarios admiten que la parte del negocio relacionado con la caza se ha ido reconvirtiendo paulatinamente a la caza mayor. Sin embargo, más allá de la modalidad de caza, la problemáatica está sobre todo en la falta de clientes. Cada vez hay menos. «Nosotros perdemos aproximadamente un 10 % de los socios cada año», expone el secretario del Tecor de Becerreá, que apunta a que cada año son más los cazadores que, por diferentes razones, sobre todo por la edad, se dan de baja: «Y no hay relevo, porque, para empezar, no hay gente joven. Y la poca que hay está cada vez menos interesada».

La cuestión animalista

La falta de interés de las nuevas generaciones por una actividad íntimamente ligada a la vida en le medio rural, viene condicionada por un cambio de mentalidad relacionado con la caza. Los movimientos ecologistas y animalistas percuten con frecuencia contra la actividad de los cazadores. Estos se quejan de la mala prensa de la que se ven rodeados en los últimos años. Y lo cierto es que esta corriente ha hecho mella en los que podrían ser los nuevos cazadores que dieran un relevo que actualmente parece difícil que se produzca.

Una prueba del permanente proceso de abandono de la actividad es el extenso mercado de segunda mano que hay de armas de caza, producto de la decisión de muchos aficionados que, bien desencantados o bien mayores ya para la práctica de la caza, deciden no renovar la licencia. Por tanto deben poner a la venta su arma o entregarla a la Guardia Civil.

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