Las manos portuguesas que apagan los fuegos gallegos

Los bomberos de Montalegre, situados tras la frontera lusa, se adentran a veces al otro lado para ayudar a sus homólogos de Galicia

Son casi las cinco de la tarde, y la jornada laboral de José Monteiro está próxima a acabar. La localidad portuguesa de Montalegre es una de las más de 20 paradas que, como repartidor del correo, efectúa cerca de la frontera con Galicia. «Ía no meu coche escoitando a radio. Ó parecer, hai incendios en Aveiro», cuenta. Mientras, la prensa regional reporta el fallecimiento del piloto de un helicóptero que ayudaba en las tareas de extinción de otro foco declarado en Valongo, en las proximidades de Porto.

En Montalegre, ese mismo día, el cuerpo de bomberos local se afanaba en apagar los últimos rescoldos del fuego que calcinó cerca de diez hectáreas de terreno bajo el mirador de Larouco, lindando ya con Galicia. David Teixeira, el comandante de los desplazados, lleva 15 años al frente de la unidad. Antes, fue bombero en el mismo cuartel que ahora dirige. «O drama do noso territorio é o mesmo que o voso: o despoboamento e a falta de persoas», dice. Y sin ellas, vaticina que será más difícil controlar la aparición del fuego.

Su trabajo no conoce de límites geográficos. Desde hace diez años, las unidades de bomberos portugueses próximas a Galicia trabajan con sus homólogos del otro lado para unir manos y hacer más efectivo el cerco ante los incendios. En noviembre del 2018, Portugal y España acordaron ampliar las zonas de ayuda mutua en zonas de frontera. Y ahora, en caso de incendio o rescate, las fuerzas de seguridad de ambos países pueden adentrarse hasta 25 kilómetros en el interior del otro para colaborar en este tipo de tareas. Antes, eran diez kilómetros menos.

El germen de este trabajo conjunto nació hace aproximadamente diez años, según cifra David. «Foi un proxecto que comezou falando co Moncho —José Ramón Barreal— como xefe dos bombeiros de Verín. E despois, fixemos unha candidatura para dar máis forza a esa relación. Foi cando entraron corpos de bombeiros desde Valença ata case Zamora», explica.

Desde entonces, hacen simulacros ocasionales en conjunto. «Moitas veces, os plans de estratexia de ataque ó incendio pasan por entrar en España. Nos dous lados, a idea é rodear o foco, porque hai un vínculo de amizade que se foi cultivando durante todos estes anos e que axuda á hora de traballar xuntos», justifica David.

Ser bombero en Portugal

Júlio Lopes es uno de los bomberos profesionales en plantilla. Pero no todos lo son. La nómina de voluntarios ayuda a contrarrestar la escasez de efectivos dedicados a tiempo completo. Especialmente en verano. «En xullo, agosto e setembro, reciben 50 euros por cada 24 horas de traballo», explica Júlio. David agrega que «o municipio axuda con dez euros máis».

Sin embargo, el resto del año el número se reduce ostensiblemente. «Máis alá dos tres meses do verán, hai cinco voluntarios que reciben a metade da súa paga do Estado e a outra do municipio», explica David. Él cree que el mínimo idóneo debería ser de diez. Y que una de las tareas añadidas que debería plantearse el Estado sería que, ampliando la nómina de trabajadores, se lleve a cabo el desbroce de montes. «Se houbese unha limpeza activa dos montes, é posible que se reducisen nun 80 % os incendios que teñen lugar por aquí», calcula.

Porque la renovación de los pastos es, según Júlio y David, una de las causas que explica la aparición del fuego. «Raramente son intencionais. Pode ser o agricultor que cultiva de novo ou unha persoa maior que non pode limpar a leira e prende o lume para queimar o terreo», dicen.

«A algúns deles chamámolos ‘enxeñeiros’, porque para queimar o terreo chegaron a perfeccionar dispositivos accionados por móbil», ilustra Júlio.

Un camión de Massachusetts

Júlio se sienta al volante de un viejo camión Ford. Es toda una reliquia. Llegó a Montalegre en el año 1981 gracias al apoyo económico de los emigrantes de la región cuando se marcharon a los Estados Unidos. En la puerta del conductor, cruzadas en diagonal, conservan su pintura las banderas lusa y norteamericana. «Agora só o usamos para as festas ou cando hai vodas na comarca», dice Júlio sonriendo, mientras arranca el motor de la bestia. Ruge fuerte, y en su momento llegó a cargar 5.000 litros de agua. Ahora, con una rueda parcialmente deshinchada, parece disfrutar de su retiro.

La brigada de bomberos de Montalegre explica que el verano fue más tranquilo de lo habitual. Pero siguen mirando de reojo a lo que pueda venir más adelante. La noche anterior, el incendio bajo el Larouco comenzó en las cercanías de la aldea de Santo André, en unos terrenos plagados de minifundios y de difícil acceso. Al volante del camión, Sérxio Días, uno de los bomberos desplazados a la zona, botaba con cada bache del camino. Estrecho, pedregoso y traicionero para el que no tenga conocimiento de la zona.

«Este ano choveu pouco», dice Sérxio. En el aire aún huele a quemado, y algunas matas de hierba seca humean. El fuego se quedó muy cerca de pasar a Galicia, pero fue extinguido antes. Sin embargo, el mal ya está hecho. «A terra pode tardar dous anos en recuperarse», dice uno de los voluntarios allí presentes. Los tres se encaraman a una pequeña loma rocosa. Piedra desnuda. A media distancia de ellos, en otro campo cercano, un hombre camina entre las cenizas. «Busca os marcos da súa leira», dice uno de los bomberos. «Aquí, a xente, xa non sabe o que ten ou deixa de ter», añade.

Pero el problema no es únicamente de propiedades y terrenos. Con la población menguando en los alrededores, contener los incendios se antoja difícil porque faltan manos para apagarlo. «Se seguimos así, vai ficar todo en mato e rascalleira», dicen los bomberos. Porque para ellos, en la frontera con Galicia, el fuego no entiende de límites. Y mientras, la tierra que ellos pisan, negruzca, se sigue vistiendo de luto.

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