Viraje de la Xunta ante la crisis que acecha

Feijoo admite por primera vez que puede incumplir el déficit y no presentar los presupuestos

Feijoo, el pasado jueves, tras el Consello de la Xunta
Feijoo, el pasado jueves, tras el Consello de la Xunta

Redacción / La Voz

La economía europea se enfría. Alemania está a punto de entrar en recesión técnica, el brexit mete miedo en todo el continente y los negros nubarrones sorprenden a España funcionando al ralentí, con un Gobierno sin plenas capacidades. A partir del martes se verá si es posible recargar las pilas o si, por el contrario, se certifica el colapso acudiendo de nuevo a elecciones. Hay inestabilidad. Y esta se traslada de arriba hacia abajo. La Xunta se halla también en la encrucijada, sin recibir los fondos comprometidos por el Estado para cuadrar las cuentas este año y sin saber cuánto obtendrá en el 2020, un dato fundamental para poder elaborar un proyecto de presupuestos. Al final, la sociedad líquida teorizada por Bauman era esto: volatilidad, incertidumbre, dejarse arrastrar por el oleaje agarrado al tronco de la balsa.

Con este marco de fondo, el presidente Feijoo anunció el pasado jueves que si Galicia no cobra este año los 700 millones de euros ya recaudados que le adeuda el Estado del sistema de financiación, no podrá cumplir con los objetivos de déficit y deuda pública fijados para la comunidad, ni tampoco con la regla de gasto. Es algo inaudito, un viraje en toda regla a la política autonómica de la última década, pues Feijoo siempre se destacó, incluso en los peores momentos de la crisis, por apretar el cinturón, recetar austeridad y no gastar más de lo que se ingresaba.

Claro que existe una posibilidad de cumplir con las reglas aunque la Xunta no perciba las entregas a cuenta que le adeuda el Estado, pero eso exigiría aplicarse con las tijeras en áreas muy sensibles. Cuando el 73 % del gasto público de la Xunta previsto para este año —7.110 millones de euros— está comprometido de antemano con la sanidad (3.987 millones), la educación (2.390) y la política social (733), lo de aprobar recortes sería como echar a correr por un campo de minas con los ojos vendados y llegar al final sin ninguna explosión. Sería como un milagro. Porque de lo que se trataría es de recortar, sobre todo en médicos, en personal de enfermería y en profesores; en medicamentos, bonos de guardería o en atención a las personas dependientes.

Si el Gobierno del PP le diera prioridad al cumplimiento del déficit, aun a costa de los recortes, a un año vista de las elecciones autonómicas sería como dispararse en un pie y volver a poner en guerra a colectivos de funcionarios que ya pagaron sus peajes durante la crisis. Además, los recortes le daría munición a la oposición, así que no hay que descartar que desde la bancada izquierda, que siempre animó a Feijoo a elevar la presión fiscal, incumplir el déficit o a emitir más deuda para aumentar los ingresos, alguien le pueda tocar ahora el silbato exigiendo que cumpla la regla de gasto.

El contexto de fondo está cambiando. Los agoreros económicos sostienen que la ralentización es un hecho y que puede derivar en una nueva recesión. La ola puede llegar a España con un Gobierno al ralentí y maniatado para tomar decisiones, y con las comunidades autónomas también maniatadas subsidiariamente. Es la volatilidad, la política líquida que se puede llevar por delante la doctrina de la sostenibilidad de las finanzas públicas construida por Feijoo durante años o la perspectiva de remitir unos presupuestos al Parlamento, cita a la que nunca había faltado el líder del PPdeG.

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