Los doce escalones que impiden a Maruja volver a pasear por la calle

Barreras arquitectónicas como las escaleras impiden a muchos mayores en Galicia salir de sus casas

Doce escalones impiden a Maruja Teijido salir a la calle, pese a tener ascensor
Doce escalones impiden a Maruja Teijido salir a la calle, pese a tener ascensor
M. S.
Redacción

Subir a un cuarto sin ascensor es un suplicio para cualquiera. Pero cuando se tiene una edad avanzada o problemas de movilidad, solo unos pocos escalones se convierten en misión imposible. En Galicia, hay mayores que no pueden salir a la calle por las barreras arquitectónicas de sus edificios. Algunos, ni siquiera tienen ascensor. Y otros, pese a tenerlo, se encuentran con tramos de escaleras que, para su estado de salud, son inalcanzables.

Es el caso de Maruja Teijido, una vecina de Ferrol que vive en el mismo piso, un segundo, desde hace décadas. Siempre le gustó pasear, hablar con sus vecinos en el parque y visitar las cafeterías de su barrio con su marido, ya fallecido. Pero a sus 83 años, la artrosis y una prótesis de rodilla apenas le permiten caminar apoyada en un bastón. Su edificio tiene ascensor, pero para llegar a la calle debe hacer frente a un tramo de doce escalones que le imposibilita salir de su casa.

«El año pasado bajaba mucho al parque, pero ahora las escaleras me matan. Para bajar, tengo que agarrarme al pasamanos con este brazo -dice, señalando a su extremidad izquierda, que lleva atada al cuello con un pañuelo a modo de cabestrillo-. Hoy mismo iba a ir a la peluquería, pero me dolía tanto que no pude. Yo creo que me fastidié los brazos de agarrarme al pasamanos por miedo a caerme», relata.

Maruja Teijido, vecina de Ferrol de 83 años
Maruja Teijido, vecina de Ferrol de 83 años

Cuando la salud se lo permite, aprovecha para hacer la compra: «Voy una vez a la semana, más o menos, y calculo las cantidades para que la comida me llegue». Tuvo que cambiar la tienda de toda la vida por el supermercado porque le dan la opción de llevarle las cosas a casa. «Xa me chega subir eu, como para subir a bolsa...», comenta con humor.

Como ella, muchos mayores esperan en sus casas a que les instalen algún sistema para salvar esos escalones que separan la vida de clausura de la posibilidad de pasear por la calle. La Asociación Empresarial Gallega de Ascensores advirtió ya en el 2018 que menos del 10% de edificios en la comunidad, que contaba en aquel momento con un parque de 60.000 ascensores, eran accesibles. De hecho, la consellería de Infraestrutura e Vivenda concede subvenciones para la instalación de ascensores y otros sistemas de accesibilidad desde el 2017, con el objetivo de solventar el problema.

«Si tuviera ascensor hasta abajo sí que saldría, porque con el bastón ando bien. Pero ahora, cuando llego abajo ya estoy molida de la escalera», explica Maruja. Echa de menos el tiempo en que podía pasear: «Antes iba con mi marido, y agarrada de su brazo no me hacía falta ni bastón. Él iba a mi paso y ya está. Siempre íbamos agarrados de la mano y una vez la camarera de una de las cafeterías a íbamos dijo que parecíamos unos niños enamorados. Pensaba que era porque nos queríamos mucho; que también».

Menos del 10% de los edificios gallegos son accesibles
Menos del 10% de los edificios gallegos son accesibles

La comunidad se plantea ahora instalar un ascensor vertical que salve el tramo de escaleras. Tras tantear tres presupuestos, se decidieron por uno, pero un vecino se opuso: «Dijo que quería ver más precios. Quedaron en hacer otra reunión, pero nadie saber nada. Mi hija llamó a la gestora y tampoco contestan».

Reconoce que hubo otro que lo tuvo mucho peor: «Era un chaval joven, pero de un día para otro le detectaron esclerosis múltiple. Su mujer lo bajaba todos los días en la silla de ruedas por esas escaleras para que pudiera ver la calle. Nadie habló entonces del ascensor vertical».

Para él ya es tarde, pero Maruja mantiene la esperanza de que el problema se solucione pronto. «Si no, me voy a tener que ir a Viveiro, con mi hija, porque hay ascensor hasta la calle. Allí estoy bien, pero estoy mejor en Ferrol, en mi casa, con mis recuerdos, aunque no pueda salir. No quiero irme. Aquí conozco a la gente, pero casi nunca bajo a hablar porque no puedo», lamenta. «La verdad es que me gustaría salir a la calle y dar una vuelta».

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