«Volver a tener a mis dos hijos en casa fue la mayor alegría de mi vida»

Una madre gallega relata a través del Programa de Integración Familiar cómo se trabaja con padres con dificultades para cuidar a sus hijos


Santiago / La Voz

Claudia (nombre ficticio) comenzó una relación a los 22 años. A los 23 nació su primer hijo, y poco después el segundo, una niña. Como ocurre a esas edades, puso más corazón que razón. «Estaba súper enamorada y ciega, era muy joven y estaba perdida». Los problemas fueron constantes y graves. A él le impusieron una orden de alejamiento, no solo contra ella sino también contra sus hijos. Pero Claudia seguía dejando que el padre viese a los niños. Llegaron avisos de que le suspenderían la tutela, pero la situación no cambió. «Cometí el fallo de no creerlos y dejar que los viese», relata.

Un día, el vaso rebosó. El padre estaba solo con el mayor. Un parte médico cambió la vida de Claudia. «Él dijo que el niño se había caído de la tumbona, eso nunca lo voy a saber», admite esta joven. Perdió a sus hijos. Los equipos de menores se los llevaron, e intentaron que se quedasen en la familia extensa. Una tía se hizo cargo de ellos. Ocurrió en el 2012. Pensó que nunca podría volver a recuperarlos: «Pensé, los pierdo, sí». No fueron buenos años. De tener buena relación con la familia acabó peleándose con ella, hasta el punto de que ya no le permitían ver a los niños en otro lugar que no fuese un punto de encuentro. Quizás lo único bueno que pasó en ese tiempo es que el padre de los niños se fugó, tenía varias causas pendientes y huyó a otro país. «Déjalo allá», dice Claudia. Ahora no da crédito cuando lo cuenta: incluso trató de sacarles el pasaporte a los niños para llevárselos fuera de España.

En el momento en el que perdió a sus hijos su vida se descontroló. Su familia era una piña, pero se quedó prácticamente sin apoyos, «llevaba una vida bastante loca, me afectó muchísimo, malas compañías...». En el 2015 su caso fue derivado al Programa de Integración Familiar (PIF) de la Xunta, en colaboración con la Fundación Meniños. Y entonces llegó Malú, la psicóloga que le ha dado herramientas, apoyo, autoestima y capacidad para salir adelante y luchar por sus hijos. En el 2018 este programa trabajó con 197 familias y 335 niños. Dan soporte y habilidades a las familias a las que les han suspendido la tutela para que recuperen a sus niños. En algunos casos, si no hay riesgo para el menor, los pequeños siguen con los padres. Mónica Permuy, de esa fundación, recuerda que el primer derecho de un niño es el de que se trabaje con su familia para que pueda ser protegido por ella. Cuando los padres pierden su capacidad protectora, hay que ayudarles a recuperarla, siempre que la situación no esté cronificada.

Es lo que le ocurrió a Claudia. El programa tiene una duración de entre 18 y 24 meses, «porque los niños no tienen todo el tiempo del mundo», dice Permuy. Cuando llegó Malú y este programa, las cosas empezaron a cambiar. «Me ayudaron en todo, en darme consejos, en recomendarme que debía ablandarme con mi tía, en el colegio, hicieron sesiones con los niños...».

Malú también explica este trabajo, que debe ser muy gradual: «Los orientamos en todo y nos coordinamos absolutamente con todo el mundo y con la red que ella pueda tener, familiares, servicios sociales, colegio...». La labor psicológica es fundamental. ¿Por qué hago esto, por qué mi situación ha llegado a menores, soy mala madre, no sé hacer las cosas? Son preguntas que se hacía Claudia y a las que Malú daba respuesta, «la vida te ha traído aquí y tienes muchas fortalezas de las que tirar».

En el 2016 esta joven recuperó a sus hijos. «Volver a tenerlos en casa fue la mayor alegría de mi vida». Poco a poco, tanto ellos como ella han ido adaptándose. Habían estado cuatro años separados. «Nos costó, pero ahora todo va mucho mejor». Los niños están integrados, tienen actividades... Claudia es una persona muy organizada, «con ellos me estructuré, ellos me ayudaron y yo a ellos». Ha trabajado en cafeterías, tiendas de ropa, con personas mayores, en trabajos de estética a domicilio, y ahora está pendiente de hacer un curso de atención sociosanitaria.

En junio del 2017 el expediente se cerró. Eso no quiere decir que no siga recurriendo a la fundación cuando tiene un problema. «Si tengo que contar con alguien, Malú va a ser la primera, ya me ha pasado y ahí ha estado ella». ¿Tenía que haber pasado todo esto para aprender y emprender una nueva etapa? Claudia, pensativa, tiene sus dudas: «No lo sé, ha marcado mucho mi vida, quizás es algo que tenía que haber pasado, pero no tanto».

Un programa pionero que arrancó en 1996 

El PIF no es un programa de acogida, sino que trabaja con las familias para superar las dificultades que aparecen en un hogar y que impiden la protección de los menores. Nació en 1996 de la mano de la Fundación Meniños y fue pionero en España. De los 335 niños con los que se trabajó en el 2018, más de la mitad tienen una franja de edad de entre 5 y 15 años. Muchas de las familias, además, están por debajo del umbral de la pobreza.

Los problemas más habituales son conflictividad familiar entre la pareja o con los hijos, aislamiento social y violencia intrafamiliar. Pero también hay precariedad económica, alcoholismo, toxicomanía o dificultades psicosociales. Mónica Permuy, de Meniños, explica que el primer paso cuando deben intervenir los equipos de menores es trabajar con la familia; si no es posible porque los problemas son muy graves se busca un hogar de acogida; y en tercer lugar un internamiento temporal en un centro.

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