Año uno de Feijoo después del «nos quedamos»


santiago / la voz

Fueron trece días de reflexión que finalizaron con dos palabras en un mensaje de texto que recibieron tres personas de confianza y que, después de todo el lío que se había montado, no precisaba más explicaciones: «Nos quedamos». Hasta el 18 de junio del 2018, cada vez que Feijoo convocó a los suyos en un hotel siempre fue para dar el «sí, quiero». Pero aquella tarde hubo nones, y hoy ya se puede aquilatar aquella decisión y proyectarla hacia un futuro cercano, porque en unos diez meses volverá a verse delante de un atril, con un vaso de agua cerca por si se le seca la boca y ojalá que con un discurso algo más descifrable.

Es azaroso y hasta estéril especular sobre lo que hubiera ocurrido dentro del PP si el presidente gallego, que tenía todo de cara para alcanzar la cima sin oposición interna, hubiese dado el paso adelante. Y más difícil todavía fantasear sobre lo que podría deparar un enfrentamiento a bocajarro entre un líder autonómico que lleva instalado una década en su zona de confort electoral y Pedro Sánchez, que acabó teniendo todos los elementos a su favor, como probablemente intuyó el de Os Peares. También sería interesante ver sus planteamientos en la disputa por el centro con Albert Rivera o su relación con la derecha ultramontana que lo acusa de ser un agente nacionalista encubierto. O comprobar si finalmente afloraban esos dosieres que están en manos de personas que piensan que abatir al presidente de Galicia es caza menor.

La sensación general, la que perciben los gallegos un año después, es que Feijoo esquivó un bofetón en las urnas que no era para él -todo empezó por la corrupción, no lo olvidemos- y para el que se presentó voluntario y animoso Pablo Casado.

El problema del presidente gallego es que, a pesar de que la política corre más que nunca, doce meses más tarde sigue sin liberarse de las mismas ataduras que le hicieron llagas en aquellas largas jornadas de junio. Los compañeros de toda España que lo animaron con mensajes públicos y privados ya no son nadie en el partido, pero sigue siendo la alternativa más seria teniendo en cuenta las pocas luces que parpadean en el actual PP, y su nombre suena igual cada poco tiempo, aunque solo sea para desequilibrar a la actual cúpula. La presión en Galicia es incluso mayor. Hasta los suyos se han hecho a la idea de que repetir en la Xunta pasa por su cuarta candidatura, trasladándole toda la responsabilidad de mantener el fuerte.

Baltar, atornillado en Ourense

En contra de su libertad de decisión hay más argumentos, de los que es parcialmente responsable. De forma premeditada o atrapado por el ciclo electoral, tampoco ha avanzado en la reestructuración del PPdeG. Los comicios locales eran una buena oportunidad para medir el tamaño de algún delfín, pero nadie ha dado la talla. Alguno incluso ha empequeñecido su figura. Y, de hecho, atornillar a Baltar a la Diputación de Ourense era tan importante por la cuota de poder como por mantener la paz en el acuario, porque nadie olvida los coletazos del barón para convertirse en el sucesor en Galicia. Aquellas reuniones semisecretas también celebraron su primer cumpleaños días atrás.

Y después está ese plural -«nos quedamos»- que aturde a cualquier líder consciente de que su futuro es suyo, aunque las consecuencias sean colectivas. Feijoo cumplirá los 58 en septiembre, pero su entorno más cercano es una o dos décadas más joven. Esos lazos emocionales son un año más fuertes, por no hablar de la paternidad tardía. Si se queda, le sobrará un motivo para justificarse: Galicia. Pero si se va necesitará algo más que un par de palabras.

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