Olegaria Mosqueda: «El adolescente piensa que nunca va a morir, estos casos le hacen sentir frágil»

Esta psicóloga está entre los especialistas que se han volcado en trabajar con amigos y compañeros de los jóvenes fallecidos en el accidente de Vigo

Mosqueda también es orientadora en un instituto vigués
Mosqueda también es orientadora en un instituto vigués

REDACCIÓN / LA VOZ

Un siniestro, cinco víctimas directas y un entorno de centenares de personas golpeado por el dolor. Ante el dramático saldo dejado por el accidente ocurrido en la AP-9, la intervención de especialistas en psicología y situaciones de emergencia se vuelve fundamental. Olegaria Mosqueda es una de las psicólogas que está trabajando en este caso. A las dificultades habituales se suma en esta ocasión la juventud de los afectados.

-¿Cómo se comunica y se interviene en los primeros momentos de un suceso de este tipo?

-Es una noticia tan inesperada, tan desgarradora, que es difícil de aceptar precisamente porque no hay una preparación. Ante ese desgarro emocional nosotros tratamos de escuchar y de acompañar. No podemos evitar el dolor pero podemos ayudar a superarlo. El momento más duro sin duda es el de decir «ha fallecido». Pero no se puede decir de otro modo. Las palabras tienen que ser claras, directas, sin sucedáneos ni encubrimientos de la realidad.

-¿En este caso al dolor de las familias se suma un dolor colectivo?

-Los acontecimientos son todos igual de dramáticos y trágicos, da igual que sean individuales o grupales. Pero cuando coinciden varias personas dentro del mismo entorno social el dolor es más expansivo. Hay un contagio colectivo y se requiere una atención más específica.

-El instituto al que acudían las víctimas fue uno de los primeros lugares de intervención.

-Sí, hay un protocolo establecido. Lo primero es asesorar a los equipos directivos y profesores sobre cómo gestionar ese duelo. Tienen que informar a los alumnos con datos veraces, sin detalles morbosos pero ajustándose a la realidad. Luego hay que permitir a los alumnos que expresen sus sentimientos: si quieren llorar, si quieren escribir poesías, si quieren manifestar su rabia con dibujos... Y luego también es importante cerrar el suceso, hacer una despedida en el centro. No es conveniente esperar mucho porque ayuda a normalizar de nuevo la vida cotidiana.

-¿Cómo se aborda una situación así con los adolescentes?

-Los adolescentes son un grupo vulnerable porque por lo general aún no tienen experiencia de lo que es la pérdida. Y de pronto la han vivido en primera persona en amigos, hermanos, compañeros, novios... El adolescente piensa que nunca va a morir y de repente tenemos que transmitirle que somos frágiles. Esto puede servir para que aprendan a aprovechar más las relaciones humanas en su día a día, sabiendo que son finitas.

-¿Es posible consolarles?

-Algo que ayuda en el duelo es pensar que esas personas ya no están pero que hemos tenido mucha suerte de haberlas conocido. Quedarnos con lo positivo: el tiempo compartido con esas personas, que podía haber sido más, pero también podía no haber sido ninguno. Con que van a estar siempre en nuestro recuerdo y en nuestro corazón.

-¿Les cuesta remontar?

-Son jóvenes, para muchos es su primera experiencia de pérdida y la viven con una intensidad muy grande. Pero lo mismo que tienen esa intensidad en la viveza del dolor, también tienen una capacidad de recuperación mucho más fácil porque su vida empieza y tienen mucho más por lo que seguir adelante. Tienen más capacidad de remontar.

-¿Y qué sucede con las víctimas que han sobrevivido?

-Algo que siempre surge es la culpa y los «si hubiera hecho... si no hubiéramos ido...», pero esos pensamientos hay que tratar de evitarlos cuanto antes. Deben centrarse en lo positivo: apreciaban a sus amigos, querían compartir un buen día... pero los accidentes existen y no podemos controlarlo todo. Lo que no hay que hacer nunca es ocultarles la verdad. Y si hubo algún comportamiento incorrecto, como exceso de velocidad, aprender de ello. Cuando hay sensación de culpabilidad pedir perdón también puede ser un consuelo.

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