InspiraTICs reta a los docentes a diseñar un aprendizaje para todos

«El límite de lo que puede hacer un niño está en la cabeza de su maestro», dice un experto


A Coruña / La Voz

¿Dónde se puede encontrar a un profesor descalzo dibujando música sobre un suelo de sal? ¿Dónde saltando a la comba doble? En InspiraTICs, el espacio educativo de la Fundación Amancio Ortega y la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre, que ayer celebró su encuentro número 15. En él los profesores pudieron descubrir cómo la forma de evaluar a sus alumnos puede ser clave de la innovación en el aula o cómo hacer de la clase un espacio físico distinto. Esos eran los contenidos de los dos talleres celebrados en Palexco, en A Coruña, una cita que siguió al encuentro celebrado el pasado marzo en Vigo y que tan buen resultado y recuerdos ha tenido.

El último InspiraTICs del curso trató sobre diversidad y la plataforma educativa propuso a los profesores el reto de diseñar aprendizajes adaptados a cada estudiante, porque es inviable en un aula de hoy presentar una propuesta homogénea y esperar una respuesta homogénea. En un clase hay realidades muy diferentes -«diversidades», las llamó Irene Fernandez, de Createctura, y una de los ponentes- y, como explicó Ángel Pérez Pueyo, del grupo Actitudes y director del otro encuentro, «el límites de lo que puede hacer un niño está en la cabeza de su profesor». Él considera que «lo que funciona con un alumno, no significa que funcione con otro», en la misma línea que Fernández, que basó su taller en el espacio y la relación de las personas con él. Ella propuso a los maestros que abordasen las clases de una forma diferente, por ejemplo empezando con un juego físico y «ir adónde nos lleve».

El poder de la palabra

Tras los talleres hubo una puesta en común, con Carlos Magro (de la Asociación Educación Abierta) y Mónica Cantón (de Design for Change) como moderadores. Y allí volvió la palabra, porque la palabra fue hilo conductor de toda la jornada, ya a través de los binomios fantásticos de Fernández o con las pruebas de Pérez y sus términos inventados.

Público y ponentes hicieron sus propuestas, tan diferentes como miedo, caos, mejora, superación, sacrificio, seguridad, generosidad y una apuntada por un profesor como definición de su trabajo: arte-sano. Y habiendo palabra, hubo debate: ¿Cambiar también lo que va bien?

El espacio como aprendizaje para todos

El espacio puede servir al propósito del aprendizaje igual o más que cualquier lección. Un espacio que inspire, que permita descubrir e investigar, en el que todos encuentren su lugar, que se vean en el sitio correcto. Es lo que Irene Fernández, arquitecta al servicio de la educación, denomina «escenografía del desarrollo». Su taller El binomio fantástico empezó con una doble propuesta: en una hoja se pinta un árbol y en la de enfrente, tres triángulos; tras analizar los dibujos (el modelo clásico, el árbol invernal y unos pocos, poquitos, originales) Fernández propuso hacer un árbol con los tres triángulos de la otra página. Y algunos volvieron a hacer el dibujo de dos líneas paralelas y «rizos» como hojas.

Después llegó el momento de expresión corporal, donde en una maraña de suaves cuerdas algunos de los maestros quedaron abrumados de paz, y muy cerca, un suelo de sal sirvió de marco para que los docentes dibujasen la música, que terminó con sus propias voces (que no palabras).

Después fue más fácil que el taller se centrase en el binomio, ese que une dos palabras, dos mundos, como música y elefante o como emociones y pelo. Palabras que los docentes escribieron en un disco que, a su vez, era una pieza de un todo, un todo creado por los profesores como una escultura de palabras e ideas.

De aplausos, dictados y combas dobles

Pidió Ángel Pérez a un profesor que aplaudiese pensando en que tenía que sacar un diez con ese aplauso. La respuesta del elegido mereció un 0, un 7, un 8 y un 10 de sus compañeros. Pérez presentó entonces una rúbrica (técnica habitual para la valoración de los proyectos) con el peso de cada aspecto del aplauso (intensidad, ritmo...) pero la valoración podía ser la misma en aplausos muy diferentes. Y llegó la polémica: ¿se sabe qué intensidad debe tener el aplauso diez de un niño de tercero, o de sexto, o de ESO? «Tenemos que trabajar en la misma clase con diferentes ritmos de aprendizaje sin que nadie tenga la sensación de que es tonto», insistía Pérez Pueyo mientras describía con mucho humor cómo se hace un dictado en una clase y proponía una forma nueva. Frente a lo habitual, Pérez apuesta por un dictado entre dos niños, un sistema de verdadera colaboración para aprender. Que no es trabajar en equipo, como demostró una prueba que exigía operar con minim, toks, tiks, flips y flops, palabras imposibles que lo enredaban todo, y que dejaron claro que la cooperación es más difícil de ejecutar que de proponer.

Al final, gracias a la colaboración, una maestra sin experiencia pudo saltar en una comba doble, haciendo posible lo imposible.

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