Las víctimas de violencia machista tardan siete años en contar su situación

Miedo, culpa, pena, vergüenza o falta de conciencia del maltrato alargan la agonía

Los alumnos del IES Castro Alobre de Vilagarcía celebraron este año un San Valentín sin estereotipos machistas
Los alumnos del IES Castro Alobre de Vilagarcía celebraron este año un San Valentín sin estereotipos machistas

redacción / la voz

Ser joven, con estudios y buen sueldo no garantiza estar a salvo de la violencia machista, pero sí invita a aguantar menos tiempo el maltrato. Esta es una de las conclusiones del Estudio sobre el tiempo que tardan las mujeres víctimas de violencia de género en verbalizar su situación, encargado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Fueron 1.219 encuestas a víctimas de toda España que pidieron ayuda o denunciaron, y la mitad dijeron que el miedo al agresor fue fundamental para haber estado calladas tanto tiempo. Pero admitieron que hay otros condicionantes, como creer que lo pueden resolver solas (45 %), no reconocerse como víctimas (36 %) o sentirse culpables (32 %); solo el 28 % aludieron a motivos económicos para aguantar, el mismo porcentaje que lo hizo por vergüenza.

La edad parece ser el dato diferenciador para mantenerse en una relación tóxica: entre las mayores de 65 años que denunciaron el tiempo medio de maltrato superó los 26 años, entre los 26 a los 35 años se reduce a 4 años y medio. Las jóvenes acuden a los servicios sociales o a la policía, mientras que las mayores informan primero a familiares o amigas.

El 45 % de las maltratadas lo empiezan a ser antes de casarse, pero en cualquier caso el 98 % tenían una relación de pareja cuando comenzaron a sufrir; en poquísimas ocasiones el problema surgió tras haber terminado la relación, y el 74 % vivía con su pareja (aún siendo solteras) cuando se convirtieron en víctimas. Las casadas son las que más tiempo resisten estas situaciones, aunque este dato puede estar relacionado con la edad de las denunciantes. Ocurre lo mismo con la edad de los hijos, siendo las que los tienen mayores las que más tiempo soportaron a sus verdugos, mientras que para una de cada tres (jóvenes, sobre todo) fue precisamente que sus hijos se comenzasen a dar cuenta el motivo por el que denunciaron.

Que la violencia machista afecta por igual a mujeres de cualquier clase social y cultural lo dicen varios indicadores: el 16 % de las víctimas son licenciadas o doctoras y el 48 % viven de su trabajo. De hecho, las doctoras han esperado una media de 12 años para denunciar la violencia, mientras que las graduadas o licenciadas tomaron la iniciativa a los siete años, más o menos lo mismo que las mujeres con la EGB, bachillerato o FP.

El estudio reconoce la existencia de seis tipos de violencia: psicológica, física, sexual, económica, ambiental y social, así como que es posible haberlas sufrido todas. Quienes así lo indican resistieron durante diez años y medio, aunque la violencia más frecuente, la que todas las víctimas reconocen, es la psicológica (90 %), seguida de la física (68 %), la económica (42 %) y la ambiental (una versión de la violencia psicológica que destruye y degrada el entorno de la víctima, como objetos queridos o puertas y ventanas, y que un 25 % de las afectadas reconocen haber vivido). La violencia sexual aseguran haberla sufrido el 23 % de las encuestadas y estas estuvieron con sus violadores prácticamente 11 años antes de denunciarlo. Un 15 % reconocen haberlas sufrido todas.

Galicia, menos tiempo

Los datos del estudio son generales, excepto el número de encuestas (50 para Galicia) y el tiempo de sufrimiento del maltrato, que en la comunidad es de 7 años y 2 meses. Esto sitúa a Galicia entre las de una media más baja (solo la superan Asturias, con 6 años, y Murcia, con 4), que puede no significar mucho, ya que al estar vinculado el tiempo a la edad, lo que puede ocurrir es que las víctimas mayores de 65 años denuncien menos que en otros lugares.

Las denuncias llegan cuando no se puede más o si los hijos empiezan a darse cuenta

Si el miedo, la vergüenza, la culpa o la falta de conciencia de lo que les ocurre hacen que muchas mujeres no pidan ayuda, en la encuesta también se preguntó qué pasó para que sí denunciasen. Y aquí, nuevamente, hay respuestas muy interesantes: el 54 % dijeron haberlo hecho cuando ya no podían más -«psicológicamente me encontraba tan mal que tenía que salir de esa situación», es la frase concreta- y un 41 % aseguran haber tomado la decisión tras un último episodio. Ambas razones, dicen en las conclusiones del informe, «están relacionadas con la propia autopercepción y la valoración subjetiva del riesgo».

Por eso recalca el trabajo que «el apoyo social del entorno cercano se considera como un factor importante y puede actuar como factor de protección», y, de hecho, es esto lo que ha animado al 27 % de las mujeres a dar el paso, igual que un 21 % se vieron reforzadas por la intervención de la policía o la Guardia Civil. Eso sí, solo un 6 % dijeron que les habían influido las campañas de concienciación.

Todo ello da pie a los autores del texto a animar a que las campañas incluyan también al entorno de la víctima, haciendo que sea toda la sociedad la involucrada. También propone que se incorpore un enfoque de diversidad cultural, social y económica, porque el maltrato es algo transversal, y que se ponga el foco en la identificación de situaciones de riesgo. La situación económica -que obligó a un 28 % de las víctimas a seguir en la relación- tampoco es tan definitiva para marcharse, ya que solo el 1 % dijeron que tras una mejora pudieron por fin abandonar a su maltratador.

El «shock» de oír un minuto el timbre con cada asesinato, a veces dos por semana

En lo que va de año, en el instituto Castro Alobre de Vilagarcía ha sonado 16 veces el timbre durante un minuto a las doce del mediodía, una por cada mujer asesinada en España a manos de su pareja o expareja. Es un gesto más de la política de concienciación contra la violencia machista en el centro, y resulta aterrador: «Hai veces que o facemos en dúas ocasións na mesma semana [han pasado 19 semanas lectivas este año], e iso impresiona aos alumnos», explicaba el director del centro, José Carlos Cid.

Este instituto arousano ha hecho de la igualdad su bandera, después de ver que el machismo se disparaba en los comportamientos de los jóvenes, especialmente los de primero y segundo de ESO. El centro fue pionero en pedir a la Xunta la asignatura de Igualdade (materia de libre configuración para estos primeros cursos de secundaria) y la han completado con una asignatura nueva, Igualdade e Imaxe, en bachillerato.

El plan de coeducación es transversal y supone una unidad didáctica específica. Hay una visión feminista de las materias, ya sean Literatura o Historia, para que ellas y ellos puedan comprobar cómo el papel de las mujeres ha quedado minimizado y apenas trasciende, aunque en su momento haya sido importante.

Todo lo anterior se completa con un apoyo al colectivo LGTBI, ya que la adolescencia es un momento especialmente difícil para estos jóvenes. Aceptar las diferentes opciones en materia afectivo-sexual es una seña de identidad del instituto, que además potencia el programa TEI (tutoría entre iguales) para detectar cualquier atisbo de acoso.

La filosofía que mueve al claustro es que, si bien los conocimientos son importantes -y ellos están en la media gallega en selectividad-, no lo es menos enseñar a cada persona a aceptarse a sí misma y a las demás.

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