Comandó el Plan General de Ordenación Urbana que dio un vuelco a la capital vizcaína. Ibon Areso (Bilbao, 1944) era el concejal más veterano del pleno cuando sustituyó a Iñaki Azkuna en el 2014. Está considerado como el padre del desarrollo urbanístico de la urbe.

-En todas las conferencias se lo preguntan: ¿Cómo lo hicieron?

-Caímos en el fondo del pozo. Salir fue nuestro life motive. No es políticamente correcto decirlo, pero lo que nos preocupaba en los 90 cuando proyectamos el nuevo Bilbao no era el medio ambiente, sino el empleo. La capacidad de reaccionar no es la misma cuando te has muerto y hundido. De hecho, la capacidad de reacción de Bilbao ya no es la misma. 

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Bilbao, la vieja ciudad industrial del norte que se salvó gracias a la cultura La capital vizcaína es un ejemplo mundial de transformación urbana, un salto en el que la necesidad, dicen, se hizo virtud

-¿Cuál fue su fórmula?

-Nos conjuramos. Los ciudadanos nos mataban si no hacíamos algo. Nuestro éxito fue el encuentro entre lo público y lo público. Un liderazgo institucional, coral, y no personal. Todas las administraciones, Estado incluido, remamos a una. Los colores políticos eran secundarios. Estuve hace poco en A Coruña en un foro sobre el puerto y no vi ese consenso.

Con un paro del 30 %, el 95 % de los bilbaínos estaban en contra del Guggenheim
bilbao.El museo Guggenheim es el símbolo más internacional de Bilbao. Diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, se inauguró en 1997
El museo Guggenheim es el símbolo más internacional de Bilbao. Diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, se inauguró en 1997

-¿El Guggenheim fue clave?

-Es un milagro que esté aquí. Cuando la Fundación llegó a Bilbao a principios de los 90 se quedó horrorizada. Quería contar con una sede en Europa, pero ninguna ciudad estaba dispuesta a asumir el coste de una obra así. Nosotros éramos la novia fea, pero la única propuesta de matrimonio seria. O nosotros o se volvían para Nueva York solteros. Tuvimos que costearlo. Fueron 133 millones de euros (67 los puso el Gobierno vasco y los 67 la Diputación Foral). La prensa y la oposición nos llamaron «los tontos de Europa». Con un paro del 30 %, el 95 % de los bilbaínos estaban en contra. Tuvimos una oposición vecinal muy dura, también cuando proyectamos los paseos al lado del río. En aquellas circunstancias, gastarse 24.000 millones de euros en hacer un museo de arte contemporánea era una frivolidad. 

-Apostar por la cultura, no fue una utopía.

-Teníamos un cambio de chip mental. Para las Administraciones, la Cultura se suele ver como un gasto (socialmente necesario). No está en la partida de ingresos, sino de gastos. Es cambiar la mentalidad de que no es un gasto, sino que, bien planteado, es una inversión. 

-¿Se recuperó la inversión?

-Estábamos tan desesperados que nos tiramos al río, sin saber si había agua o no. En la vida, a veces el riesgo no viene mal. Antes de decidirnos encargamos un estudio a una consultora. Para que el Guggenheim fuera rentable, en un año tenía que alcanzar las 450.000 visitas ¡En el año de la inauguración tuvimos 1.350.000 visitantes al año! Ahora, que pasó el furor, tenemos un millón de visitas anuales. En el año de su apertura, el turismo generó 144 millones de euros. La Administración recuperó la inversión en cinco años en impuestos. Pero, el museo no puede fagocitar todo el proceso. Fue solo una parte de un plan global. La regeneración de la ría y el metro fueron mucho más trascendentes.

-Un gran museo no tiene por qué ser sinónimo de éxito.

-No, y sería un mensaje equivocado transmitir eso. Que con hacer una gran infraestructura cultural se soluciona todo. Tenemos ejemplos en España de cómo no ha sido así.

-¿Cómo se costeó el cambio?

-En gran medida, con las plusvalías que sacamos de la especulación pública bien gestionada. Sin llevarse nada para el bolsillo. Los ciudadanos pueden ver en un paseo a la largo de la ría dónde se invirtió el dinero. No se trata solo de hacer proyectos, hay que gestionar. El concierto vasco, que siempre se dice que tenemos mucho dinero, ayuda, pero porque nos da autonomía para autogestionarnos. El coste del Guggenheim son 5 kilómetros de autopista en Galicia. Borrell, como ministro de Fomento, se portó bien al ceder los terrenos portuarios de la ría. En los suelos públicos cedidos por el Ministerio se han hecho viviendas, oficinas u hoteles que nos han ayudado a hacer todo esto.

-¿Se vive ahora mejor en Bilbao?

-La ciudad ha ganado en calidad medioambiental, es más agradable, pero no tenemos el pleno empleo de los años 70. Hay más paro. Y, para que una ciudad aporte bienestar, tiene que haber trabajo en ella. De qué me vale vivir en un sitio muy bonito si no tengo qué comer. 

Bilbao.«El museo no puede fagocitar todo el proceso. Fue solo una parte de un plan global», dice el exalcalde de Bilbao y urbanista Ibon Areso
«El museo no puede fagocitar todo el proceso. Fue solo una parte de un plan global», dice el exalcalde de Bilbao y urbanista Ibon Areso

-¿Tiran la toalla con la industria?

-No debemos renunciar a la industria, ojalá que llegue a ser el 25 % del PIB del País Vasco. Pero ha cambiado. Hemos comprendido que las industrias contaminantes en el centro de una ciudad no son el camino y el sector terciario no se desarrolla en lugares deteriorados. Está la industria 4.0. Además, tenemos que tener en cuenta que no genera empleo masivo como antes. La Acería Compacta de Bizcaya, ACB, es capaz de producir las mismas cantidades de acero que los antiguos Altos Hornos, pero con el 10 % del personal por tonelada. 

-¿Qué podríamos copiar en Galicia?

-No tengo la percepción en Galicia de una zona que se haya hundido económicamente por la industria. En Vigo, en los años de la reconversión naval, la pesca y la automoción siguieron muy vivas. Lo que le sucedió a Bilbao no fue una crisis coyuntural, sino un hundimiento masivo. 

Lo que las ciudades gallegas deberían aprender de Bilbao

Mila Méndez
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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». La cita de Dickens en su Historia de dos ciudades encaja a la hora de resumir la tan alabada transformación de Bilbao. Una ciudad que se visita andando, donde la velocidad no se aplica al tráfico, el Bilbobus conecta cada 15 minutos el centro con los barrios periféricos y los turistas con acento francés e inglés hacen cola para adentrase en el fosterito, las bocas del metro diseñado por Norman Foster.

El Teatro Arriaga y el Mercado de la Ribera en el lado de las construcciones históricas, el puente Zubizuri (Calatrava), la puerta de Isozaki y el Guggenheim (Frank Gehry), en el de las vanguardistas, salpican la ría.

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