«Á miña idade non é fácil facer de nai, antes se lles daba unha bofetada, agora falo con eles»

Carmen y Gloria cuentan su experiencia acogiendo a tres nietos y una sobrina, respectivamente


SANTIAGO / LA VOZ

A Carmen le brillan los ojos y se le enciende la sonrisa cuando le hablan de sus nietos. A sus 63 años, circunstancias familiares la han llevado a acoger en su hogar a dos de los vástagos de su hijo y al primogénito de una de las parejas de este. «Á miña idade non é fácil», reconoce. A ella, que no quiso tener más que un hijo, la vida le ha cargado encima la crianza de tres chavales de 10, 14 y 17 años. En un momento en que su función debería ser la de malcriar a sus nietos, le toca reaprender cómo es eso de la maternidad en pleno siglo XXI. «Eu son moi berrona. Poñíame nerviosa e chilláballes moito aos críos pero tamén son moi branda con eles», explica. «Pero agora cambiei moito», asegura. El punto de inflexión fue su derivación al programa de apoyo. «Non vía maneira de tirar para diante con eles e os servizos sociais dixéronme se queriamos axuda», explica.

Llegaron así a su vida los técnicos de Aldeas Infantiles. Hoy Toño y Carlota, son sus ángeles de la guarda. Sus nietos los adoran y entre todos van aprendiendo a sacar adelante la convivencia familiar, que se resintió cuando hace tres años falleció de cáncer el marido de Carmen. «Antes eramos dous, agora véxome eu soa para coidar dos rapaces, da casa, seguir traballando e encher a neveira...», cuenta Carmen, a la que se le empañan los ojos con la misma facilidad con la que le aflora la risa.

Se percibe en esta abuela de Roxos un coraje especial que también reluce cuando se habla con Gloria. Ella acogió hace casi seis años a su sobrina Uxía. «Estaba en un centro. Allí la conocí. No la había visto nunca pero cuando llegué, ella fue la única niña que me echó los brazos», cuenta sobre su primer encuentro. Tras mucho pelear logró que la pequeña se fuese a vivir con ella, su marido y sus dos hijos (a día de hoy ya son tres). «Fue como una bomba», explica. La enorme mochila que Uxía traía consigo estalló de todas las maneras posibles, incluida la agresividad contra sus cuidadores y contra sí misma. «Llegó un momento en que no podía más. Me sentía impotente. Lloraba y no entendía por qué no podía atajar los problemas con ella», recuerda. Tirar la toalla nunca fue una opción y Aldeas Infantiles se convirtió en el respaldo que necesitaba: «Ahora ya no es la misma carga. Sé que tengo a quien preguntar cuando las cosas se complican». Ella es una alumna aplicada y busca las mil y una maneras de poner en práctica las estrategias que los técnicos le recomiendan.

Merece la pena porque hago lo mejor para ella aunque a veces dude si lo hago bien»

La pequeña es, desde siempre, una hija más. De hecho, llama mamá a su tía. «Mi hermana viene a verla y la niña sabe que es su madre, pero siempre me recuerda que yo también lo soy. “Acuérdate de que te quiero, mamá”, me dice muchas veces». Para Gloria no hay diferencia entre ella y sus tres hijos: «Los quieres igual», afirma rotunda. Y, aunque el camino es a veces duro, asegura que «merece mucho la pena porque sé que estoy haciendo lo mejor para ella, que lo estoy intentando aunque a veces aún dude de si lo estoy haciendo bien o no».

Carmen también va adaptándose poco a poco a una nueva manera de educar que nada tiene que ver con la que empleó hace décadas con su hijo: «Antes se lles daba unha bofetada. Agora as cousas non son así, vou aprendendo a falar con eles». El esfuerzo da sus frutos: los niños van mejor en el colegio y los conflictos, aunque no han desaparecido, van a menos. Algo que según Carmen, no sería posible sin la ayuda de la ONG. «Fixéronme ben a min e así eu fíxenlle ben aos rapaces», resume.

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