Pontecesures se queda pequeña para dar el último adiós a María y Alberto, los jóvenes asesinados en Sri Lanka

M. Alfonso / La Voz REDACCIÓN

GALICIA

Las familias tuvieron que atravesar la multitud para poder entrar en la iglesia

27 abr 2019 . Actualizado a las 21:36 h.

No hubo sitio. Ni en la iglesia, ni en las calles, ni en el cementerio. Pontecesures se quedó ayer pequeña. Pequeña para recibir a todos los que quisieron despedir a Alberto Chaves Gómez y a María Vicente González, los dos jóvenes que fallecieron en el atentado terrorista de Sri Lanka. Pequeña para acoger todo el dolor que se reflejaba en los rostros de los presentes por lo «perverso e injusto» de su muerte, como lo calificó el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, que se encargó de oficiar la misa. Los féretros llegaron a la iglesia de San Xulián minutos antes de las seis y media de la tarde. Una hora después, los dos ataúdes negros eran conducidos al cementerio acompañados de esa misma multitud que, de nuevo, volvió a dejar pequeñas las calles de la localidad.

A primera hora de la tarde comenzó a congregarse la gente alrededor de la Plazuela, que da acceso a la iglesia de San Xulián. Una hora antes de que los cuerpos salieran del tanatorio de Padrón, donde fueron velados, el lugar estaba ya lleno y ni siquiera acceder a la iglesia era tarea sencilla. La multitud fue tal que hubo pequeños problemas de organización. Porque los féretros fueron traslados en los coches fúnebres hasta la puerta de la iglesia, mientras que la familia tuvo que atravesar la multitud para poder acceder al templo. Lo mismo le pasó a las autoridades. Fueron muchas las que quisieron estar presentes en el último adiós a estos dos jóvenes. Desde el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, al delegado del Gobierno en Galicia, Javier Losada, pasando por la candidata al Congreso del PP, Ana Pastor, o el secretario general de los socialista, Gonzalo Caballero. No faltaron tampoco los alcaldes.

«Con esta tragedia todos hemos perdido a unas personas que formaban parte de nuestra comunidad, de nuestra cercanía», aseguró Julián Barrio en su homilía ante una iglesia abarrotada, de la que algún que otro vecino tuvo que salir por el calor que hacía en su interior. Fuera hacía también un sol de justicia, pero muy pocos se movieron del atrio durante la hora que duró la ceremonia. El arzobispo destacó que «la muerte de nuestros hermanos por un ataque terrorista es injusto, indiscriminado y perverso». Y reconoció que «todo parece un mal sueño del que uno espera salir en cualquier amanecer». Una hora después los ataúdes negros volvían a hacer su aparición. El de Alberto salió el primero, el de María a continuación. El silencio volvió entonces al atrio de la iglesia y ya solo se escucharon llantos. Lágrimas de dolor de los familiares y amigos de la pareja que se encontraba en Sri Lanka de vacaciones. Que estaba desayunando cuando unos terroristas decidieron hacer saltar por los aires el hotel en el que se alojaban. Pontecesures se quedó ayer pequeña. Pequeña para acoger tanto dolor y rabia.