redacción / la voz

Nos acompañaban en aquellos largos viajes en los Seat 600 por aquellas estrechas carreteras con curvas imposibles en las que sí se justificaba preguntar cuánto quedaba para llegar. Eran la única referencia kilométrica y fueron concebidos como un aparatoso mojón pétreo que se situaba al lado derecho de la carretera, pensado para que se viera en ambos sentidos. Con el tiempo, fueron sustituidos cuando se ampliaron aquellas angostas calzadas, por motivos de seguridad -como sucedió con muchos árboles plantados en las orillas- y por su complejo mantenimiento. Apenas han sobrevivido, visibles, algo más de 300 en toda Galicia, según un trabajo de localización realizado por un grupo de aficionados en el blog En la carretera classic.

Eran básicamente de tres colores: rojo para las carreteras nacionales, verde para las comarcales y amarillo para las locales. Aunque también había algunos de color azul en rutas de competencia provincial. Podían ser hitos kilométricos, pero también miriamétricos (cada diez kilómetros), y en cierta medida su antepasado remoto serían las piedras miliares con las que los romanos jalonaban sus calzadas cada milla. En muchos aspectos, estos hitos kilométricos reflejan buena parte de la historia de este país desde la posguerra hasta el renacer económico de los sesenta.

La profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha, Rita Ruiz, ingeniera de Caminos especializada en la historia de las carreteras, llama la atención sobre todo este patrimonio viario en riesgo de desaparición. «Paradójicamente, estos hitos son uno de los elementos que más se han conservado, aunque eran muchos y ahora quedan muy pocos», explica, mientras da cuenta de otros elementos arqueológicos de nuestras carreteras que prácticamente han desaparecido y de algún proyecto que prepara Fomento para conservar parte del patrimonio viario.

El proceso de sustitución de estas señales se hizo de forma progresiva a partir de la década de los ochenta, después de estar durante cuatro decenios marcando el kilometraje de las vías públicas. Su estética se concibió en 1939, con la Instrucción de Carreteras que se aprobó tras la Guerra Civil, con objeto de reconstruir las vías de comunicación, maltrechas tras la contienda. Este documento también es conocido como el Plan Peña, por el ingeniero que diseñó las instrucciones, Alfonso Peña Boeuf, que también fue el primer ministro de Obras Públicas de Franco. En un breve prefacio, Peña Boeuf aclara que dada «la gran extensión que debe alcanzar el programa de construcción de carreteras y caminos, hace pensar en la notoria conveniencia de dictar normas de orden técnico» con el objeto de conseguir «un régimen de uniformidad», escribía el político que era más bien un técnico al que se debe la creación de Renfe tras la nacionalización de las empresas ferroviarias privadas.

Ochenta centímetros

Según estas instrucciones, los postes kilométricos -como se denominan en la guía- debían tener una altura en su prisma recto de 80 centímetros, y el lado de la base triangular, sesenta, «quedando reducido a 50 después de biselado». Estos, a diferencia de los miriamétricos -diez centímetros más altos- no llevaban reflector para ser más visibles en la oscuridad.

Muchos fueron víctimas de pillaje y reventa -aún hoy aparecen con un precio en páginas de Internet- y pueden verse en algunas fincas privadas, constata Rita Ruiz, que precisa que los que se diseñaron para marcar los límites provinciales «solo conozco que se conserven unos pocos», dice. En Fomento aseguran que tienen un número indeterminado de estos hitos en los centros de conservación de carreteras, lo que Rita Ruiz llama «cementerio de mojones», pero carecen de un inventario. En Galicia también hay alguno almacenado. En Nuevos Ministerios, donde está la sede de Fomento en Madrid, hay un pequeño museo exterior con la evolución de los mojones kilométricos.

El grupo de amantes de las carreteras antiguas que emprendieron el arduo trabajo de geolocalizar estos mojones coinciden en la necesidad de reivindicar esta herencia. «Nuestro objetivo es divulgar todo este patrimonio para concienciar sobre su conservación», explica Javier García Leal, que en la página firma como Javier Pozuelo. Fueron recopilando los mojones en sus viajes por carreteras olvidadas, a través del street view de Google, «sabiendo dónde hay que buscar», y con la colaboración de muchos otros entusiastas.

Tanto Fomento como la Xunta han restaurado algunos de estos mojones colocándolos en rotondas, medianas, o lugares visibles que no supongan riesgo para el tráfico. «Pero se hace con los de granito, pues hay otros de hormigón que no tienen tanto valor», explican en la Consellería de Infraestruturas. Fomento, aparte de sus aportaciones a distintos centros expositivos, asegura que ha pintado hace unos años los hitos antiguos que quedaban en la N-640, N-547 y N-VI en Lugo. En Galicia hay algunas carreteras que destacan por el número de hitos conservados, como la Nacional VI y especialmente su continuación hacia Ferrol, que posteriormente se rebautizó como N-651. Pero también la N-120 (Logroño-Vigo) o la N-525 (Zamora-Santiago). Llama la atención que apenas quedan en la N-550, la antigua columna vertebral de la Galicia atlántica. Cuando no existía la AP-9.

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Tras la pista de los mojones kilométricos que guiaban a los Seiscientos