Carmen, la okupa que no quería ser okupa

Tras lograr una prestación de la Xunta, una vecina de A Coruña llamó al dueño de la casa donde estaba para devolverle las llaves porque ya podía pagar un alquiler

Carlos, a la izquierda, dialogando con Carmen tras recibir las llaves de la casa okupada
Carlos, a la izquierda, dialogando con Carmen tras recibir las llaves de la casa okupada

a coruña / redacción

Hay okupas y okupas. Los hay que se encadenan a las puertas o ventanas y no responden ni a las órdenes judiciales. Tampoco a las de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que no son capaces de echarlos sin el uso de la fuerza. Existen otros que, además de residir en viviendas que no son suyas, se afanan por hacerse con todo aquello de valor que hay en las casas, lo roban y lo malvenden. Hay hasta aquellos que cuando saben que el desahucio ya no tiene marcha atrás, la toman con el inmueble y acaban convirtiéndolo en una ruina a base de golpes.

Pero también hay gente sin techo que entra en una casa de forma provisional y ruega a sus propietarios que tengan paciencia hasta que logre encontrar un sitio en el que residir de forma legal. Es gente que trabaja y que hace gestiones para conseguir ese objetivo y, cuando lo logra, llama al titular de la vivienda que ocupó para quedar con él y entregarle la llave de la casa.

Una de esas personas es Carmen. Es «de toda la vida» del barrio de Eirís, en A Coruña. El día de los enamorados cumplió 54 años. Tiene cuatro hijos y varios nietos. Cuenta que trabajó hasta que tuvo fuerzas como mariscadora de la ría de O Burgo, pero el frío y las nieblas del estuario le pasaron factura. «Enfermé de artrosis y de artritis y tuve que dejarlo», dice. La enfermedad no llegó sola. Dice que su marido la dejó «por otra y con los cuatro niños».

Fue sacándolos adelante como podía y cuando se independizaron la suerte tampoco les sonrió: «No me podían ayudar y yo no podía pagar un alquiler», explica Carmen. Vio una casa unifamiliar en su barrio de toda la vida. En el número 27 del alto de Eirís. «La puerta estaba abierta y me metí en ella. Allí ya habían estado okupas y dejaron la vivienda destrozada», cuenta.

«Carlos es muy bueno»

El dueño de la vivienda, Carlos Caramés, se enteró de que otra persona había entrado en su vivienda y fue hasta allí para pedirle a Carmen que abandonase la casa. Ella le dijo que no tenía adonde ir, que la puerta estaba abierta y que por eso se metió. Intentó negociar con el propietario: «Le dije que se la alquilaba por 100 euros al mes». Carlos no aceptó. «Lo entiendo, tenía la casa destrozada. Eso tiene que doler mucho. También entiendo que me denunciase. La casa es suya y yo no tenía derecho a estar en ella. Desde aquí quiero agradecerle todo lo que hizo por mí. Don Carlos es muy bueno».

Mientras se iniciaban los trámites judiciales, Carmen se puso en contacto con Carlos y le dijo que tan pronto como consiguiese una ayuda se iría de allí. Visitó Servicios Sociales y los técnicos comenzaron a estudiar su caso.

La mujer trataba de vivir lo más dignamente posible. No tenía agua, «pero la pobreza no está reñida con la limpieza», dice. Cada día se levantaba, iba a una gasolinera que hay frente a la casa a por cubos de agua y se aseaban ella, además de su nuera y sus nietas cuando la visitaban. «Y limpiaba la casa», apunta. Además, acudía a los puntos limpios para buscar chatarra, «y también cogía lo que podía en los contenedores de basura».

No hace mucho le anunciaron que podía cobrar los 403 euros de la Prestación Económica de Integración Social de la Xunta (risga). Y le dan otros 200 euros. Carmen utilizó el dinero para alquilar una casa, a escasos metros de la que tenía okupada. Paga 50 euros, además de la luz y el agua: «Soy muy feliz porque sé que ahora no le hago daño a nadie, como se lo hice al señor Carlos».

Entrega bajo la lluvia

Nada más firmar el contrato de arrendamiento, Carmen llamó al propietario del número 27 del Alto de Eirís. Le dijo que se marchaba de su casa, «que me dijese un día para entregarle las llaves y para que la revisase, que supiese que no le había robado nada», recuerda. Se encontraron el miércoles. Llovía mucho. Carmen le entregó la llave. Le dijo que revisase la vivienda, pero ella no quiso entrar. Le dio las gracias con los ojos llorosos, se despidió y se marchó bajo la lluvia.

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