«No nos asusta volver a empezar»

El clima y el carácter gallego son algunos de los muros que han de sortear los inmigrantes en los primeros meses de estancia

Gabriela, en primer plano, con su madre Ana María y sus hermanas Estefanía y Viviana
Gabriela, en primer plano, con su madre Ana María y sus hermanas Estefanía y Viviana

redacción

«Una vez mi padre me dijo que el que emigra, después es emigrante en su país, pero en el otro también». José Luis Mancebo nació en Venezuela. Su padre, en Galicia. Igual que su madre. Hace tres años, este abogado de Los Teques se trasladó a A Bandeira junto a su esposa Roxana Soto, una enfermera de cerca de Caracas. Trajo también a su padre, pero este regresó. Un problema con la jubilación y una morriña inversa que le hacía echar de menos a amigos forjados a lo largo de toda una vida en un país al que llegó en 1954 lo empujó a volver. Roxana y José Luis se quedaron «por cómo están las cosas por allá». Después de dos años y medio en A Bandeira se trasladaron a Lalín y hace poco más de cuatro meses abrieron Happy Day, un bar donde hacen arepas, patacón, cachapa, jugos con pulpa de guanaba, maracuyá... «La gente entra, algunos por curiosidad. Otros tienen cierto recelo... hay de todo», dicen.

Aunque la comarca del Deza fue una de las áreas más tocadas por la emigración, los que llegan desde el otro lado del Atlántico aprecian, al principio, ciertas reservas a intimar por parte de la población local. Es, quizá, producto de un choque cultural. Unos han crecido en ese invierno seco y frío del interior de Galicia. Los otros celebran la Navidad al sol. «El que emigró te entiende. Al que no, le cuesta un poco», explica José Antonio, un venezolano de padre gallego que llegó hace catorce años, justo antes de que estallara la crisis, un momento en el que había un amplio debate sobre conceder la nacionalidad a los nietos de emigrantes, una norma aprobada en el 2007.

«Una oportunidad»

A él Galicia le dio «una oportunidad». Está agradecido. Lo mismo que Ana y su marido Celso, también con raíces en el Deza. Ambos llegaron en el 2003. Desde la perspectiva de ser unos de los primeros en desembarcar en Galicia, han visto los cambios que se han ido produciendo a lo largo de los últimos dieciséis años en la comarca, una muestra que representa lo ocurrido también en el resto de Galicia. «Encontrar trabajo aquí resulta más complicado ahora. Antes el polígono era muy activo, pero actualmente muchas empresas han cerrado. Hay menos oferta», aprecian.

Galicia es un lugar del que desconocía su existencia, pero en el que toda mi vida quise estar

Precisamente uno de esos extranjeros que llegaron a trabajar a Lalín en los primeros años del 2000 desde Brasil fue el que, indirectamente, Regina y su marido, como en una carambola, acabaran viviendo totalmente integrados en el kilómetro cero de Galicia, una comunidad que como dice ella ahora «es un lugar del que desconocía su existencia, pero en el que toda mi vida quise estar».

;
Hablan los nuevos gallegos Emigrantes llegados a lo largo de dos décadas cuentan los motivos que les trajeron a Galicia

Ella era funcionaria en Sao Paulo y junto a su marido regentaban un negocio que empezó a zozobrar. «El hermano de una compañera estaba trabajando aquí. Vinimos en principio para unos cinco años, pero él acabó regresando cuando estalló la burbuja. Nosotros nos quedamos», dice. Ahora regenta la taberna Segrel, su hijo mayor hace trabajos de investigación en la USC, mientras que el pequeño es una promesa del deporte rey.

Conocimos Lalín por el hermano de una compañera  que trabajaba en el polígono. El regresó cuando estalló la burbuja. Nosotros nos quedamos. 

Justo tomando una caña en Segrel está Soledad Jarmolchuk Quinteiro, una argentina que pisó Lalín por primera vez a los dos años, regresó a Buenos Aires a finales de los ochenta y, tras estar en Madrid quince años, recaló otra vez en Galicia hace tres. «La diferencia que veo con los gallegos es que nosotros estamos acostumbrados a ir de crisis en crisis, no nos asusta volver a empezar en otro lugar. Pero aquí hay una crisis y la gente se deprime», dice esta mujer que, ahora entre otras cosas, es voluntaria en la asociación Carabelo, un colectivo con presidenta uruguaya que trabaja con inmigrantes.

Las que acaban de llegar son Ana María y sus hijas Gabriela Estefanía y Viviana. Huyeron de Venezuela buscando refugio en la tierra de los padres de Ana. La última en aterrizar fue Estefanía. Hace solo dos meses. Su padre se quedó allá, pero confían en que pronto vendrá. De momento, le cuesta. Nota que, a veces, «te miran feo». Quizá porque sus vecinos todavía no saben eso, «de quen veñen sendo».

La Galicia multicultural del siglo XXI

María Cedrón
Ihcene Bouchaila abraza a su padre Abdelhalim en la mezquita de Lalín
Ihcene Bouchaila abraza a su padre Abdelhalim en la mezquita de Lalín

Familias llegadas a la comunidad cuentan los motivos que les hicieron abandonar sus países

Cuando Ihcene Bouchaila tenía unos cuatro años aprovechó su paso por el edificio del Ayuntamiento de Lalín para preguntar qué era aquello de LKM0 que veía impreso en decenas de anuncios repartidos por el pueblo. Aquel día supo que aquella villa a la que su padre había llegado desde Argelia, previo paso por Valencia, era el centro de una comunidad en la que su familia ha acabado echando raíces. Esa pequeña llegada a Galicia con dos años y medio ha cumplido ya los doce, tiene un hermano y dos hermanas nacidos en Lalín, habla cuatro idiomas, le gustaría estudiar lenguas o, quizá algún día, pilotar un avión «porque un día en el vuelo de Madrid a Argel, a donde vamos todos los veranos, me dejaron ir en cabina. Me gustó, aunque es complicado. Hay muchos botones», cuenta mientras abraza a su padre Abdelhalim Bouchaila.

Seguir leyendo

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
10 votos
Comentarios

«No nos asusta volver a empezar»