Greta Thunberg tenía 15 años cuando en agosto del 2018 decidió dejar de ir a clase los viernes para exigir a los políticos suecos medidas reales contra el cambio climático, después de una ola de calor e incendios en su país. Para hacerse ver, convocó una sentada ante el Parlamento sueco. Hoy son más de 20.000 los estudiantes que exigen una herencia respirable ante los parlamentos de Australia, Austria, Bélgica, Francia, Canadá, Alemania, Finlandia, Dinamarca, Japón, Suiza, Reino Unido o Estados Unidos. 

Entre ambas cosas, Thunberg ha proclamado su filosofía con una sencillez que desarma a quien la escucha: «Si nuestros líderes se comportan como niños, los niños tomaremos la responsabilidad que ellos deberían haber tomado hace tiempo». Y pone ejemplos fácilmente entendibles: «Es como si un hombre que se está muriendo dice ''no me opero. Voy a esperar a que aparezca una píldora mágica que me salve''. Eso es lo que hace el mundo hoy». Cosas como esas las dijo ante la COP24, cumbre del clima de Naciones Unidas posterior a París o el pasado mes en el Foro de Davos, donde no dudó en señalar las contradicciones de los poderosos y los adultos en general: «Es una locura reunirse para hablar del cambio climático y llegar en jet privado». Por si había dudas, ella se plantó en Davos después de 32 horas de tren desde Estocolmo.

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Greta Thunberg o la lógica de los herederos