El Congreso es el pozo sin fondo de los deseos de Galicia


santiago / la voz

Cuando un partido quiere salvar su imagen y asegurarse que un tema complejo queda en vía muerta solo tiene que promover una comisión parlamentaria. A Galicia, desde el 2015, le basta con elevar sus problemas al Congreso de los Diputados para garantizarse que no se arreglarán jamás. No se recuerda en los últimos cursos políticos una mañana o tarde gloriosa en la que alguno de los representantes gallegos que allí se sientan ­­-y que se embolsan unos cinco mil euros al mes- pudiesen salir entre los leones de la Carrera de San Jerónimo con el pecho por delante, porque el balance político es pésimo. A lo sumo, conquistas menores o avances pírricos en temas de calado que, más tarde, han decaído por la sucesión de elecciones y gobiernos.

En el catálogo de fracasos en la Corte los hay que son compartidos con todas las comunidades autónomas, otros que afectan a una parte de España y unos pocos que llevan el sello del ninguneo histórico a Galicia, pero todos los tropiezos tienen sustancia y repercusión ciudadana. Un Gobierno acosado hasta el derribo por la corrupción, el del PP, y otro por su propia precariedad, el de Pedro Sánchez, se han esmerado en los últimos años en dejar en nada el intento de rediseñar una financiación autonómica más justa. El secesionismo fue la disculpa velada de ambos para no abrir un melón podrido que empobrece a Galicia a un ritmo exponencial, mientras Cataluña alimenta su deuda.

La alarma demográfica fue un grito sordo de seis comunidades que representan a la mitad del territorio del Estado, pero la España de los balcones se ha impuesto en el discurso a la España vacía, cuya reclamación quedará para las próximas generaciones, si es que las hay.

Los retrasos del AVE, las demoras en los contratos de las fragatas y las diferencias económicas con Montoro o con Montero han dado munición menor para Feijoo, que a fuerza de señalar desde su privilegiada mayoría la inestabilidad de España empieza a ser una víctima de ella, y por extensión, todos los gallegos.

En funciones pero activo

A la legislatura más inestable le quedan semanas de vida, y no hay motivos para pensar que serán un remanso de paz. El tono mitinero del presidente desde el atril de Moncloa augura movimientos para engrasar la maquinaria, como hizo José Blanco en sus últimos días como ministro en funciones, cuando firmó el acuerdo para que Audasa financiase las obras de Rande y Santiago a cambio de subir los peajes cada año hasta convertir a la AP-9 en la tortura del goteo de agua.

El discurso de ida y vuelta sobre las competencias acabará aflorando, porque el Congreso se ha convertido en el pozo sin fondo de los deseos de Galicia. El único consuelo ha sido la demolición anunciada de unos presupuestos que eran, esos sí, una bofetada certera en la cara de los infieles que votan (o no) al PP. «La ciudadanía ha visto lo que queríamos para este país», presumió ayer Sánchez sobre sus cuentas. Los gallegos, también.

Tijera para las fotos de Alexandra 

El grupo de En Marea en el Congreso no se corta a la hora de airear sus diferencias con Alexandra Fernández, que votó en contra de los presupuestos. En las últimas fotos utilizadas para sus redes y medios ya no aparece a pesar de estar presente.

Candidatos poco populares

Más que la tendencia negativa que marca la encuesta de Sondaxe o los batacazos que se dan por descontados, en el PP preocupa el bajo nivel de conocimiento de al menos tres de sus candidatos urbanos. Y eso que fueron los primeros en presentarlos.

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