«ETA habría perdido apoyo social de admitir los crímenes de tres gallegos»

Una novela reconstruye el triple asesinato de 1973, que quedó impune. Aún no se localizaron los cadáveres

Coral Rodríguez Fouz era sobrina y ahijada de Humberto, uno de los asesinados
Coral Rodríguez Fouz era sobrina y ahijada de Humberto, uno de los asesinados

VIGO / LA VOZ

Todo empezó en la plaza de María Pita. José Humberto Fouz vivía en la calle Sinagoga, Fernando Quiroga en Riego de Agua. Allí jugaron de niños en los años cincuenta y descubrieron la vida en los sesenta, ya con Jorge Juan García, de la ronda de Outeiro. «El primero en irse a Irún fue mi padrino, Humberto. La tía Isabel vivía allí con mi tío, que trabajaba en Renfe. Humberto era muy viajero y ya había recorrido Europa... jo, es que... [silencio] me cuesta... me cuesta hablar, no resulta fácil...». La voz que se apaga es de Coral Rodríguez Fouz, sobrina y ahijada de Humberto, asesinado junto a Fernando y Jorge Juan el 24 de marzo de 1973. Un triple crimen que, atribuido a ETA, sigue impune 46 años después.

Humberto llegó a Irún con 29 para trabajar en una empresa de transporte internacional: «Hablaba varios idiomas y eso le ayudó mucho». Luego se sumó Fernando (25), que se empleó en Aduanas, y un mes antes del crimen, Jorge Juan (23), que ni llegó a ocuparse. El relato oficial dice que los gallegos comieron en Irún, tomaron café y jugaron la partida en el Bar Castilla. Llevaron al cuñado de Humberto a su trabajo y, a las 16.30 horas, cruzaron a Francia. San Juan de Luz era el destino, ver El último tango en París, censurada en España, la motivación. Tras el cine, en algún bar, comenzaron los problemas. Los gallegos tuvieron un encontronazo con etarras cargados de alcohol.

Los vascos los confundieron con policías españoles. Cruces de reproches, amenazas y una botella de cristal reventada en la cabeza de Humberto desató el resto. Los coruñeses acabaron, a la fuerza, en dos coches para llegar a una granja de Saint-Palais. Torturados y vejados, murieron a manos de ETA. «Ni lo reconoció ni lo hará. Vieron que no eran policías y se asustaron de la reacción, temían perder apoyo social. Por entonces, ETA, no había matado ni a diez personas. Por eso aún tenían aureola de libertadores antifranquistas», explica Coral, también concejala y senadora (1996) del PSOE del País Vasco, condenada durante años a vivir con escolta por figurar en la lista negra etarra: «La policía investigó, pero Francia aún no colaboraba, en parte, por la dictadura. Tampoco nos hicieron mucho caso a las familias».

Tomás Pérez Revilla, alias Hueso y asesinado por el GAL en 1984, habría sido el máximo responsable del triple crimen ayudado por Manuel Murua Alberdi, El Casero; Ceferino Arévalo Imaz, El Ruso; Jesús de la Fuente Iruretagoyena; Prudencio Sudupe Azkune y Sabino Atxalandabaso. El escritor Adolfo García Otero los ha seguido de cerca para reconstruir el crimen, y denunciar la impunidad, en su última novela, Una tumba en el aire. «Incluso Lobo (apodo de un agente español infiltrado en ETA) dijo que Peixoto (entonces líder) le aseguró que fue algo brutal». Para García Otero resulta imprescindible contextualizar el momento que vivía ETA para constatar que la cúpula también se manchó de sangre.

«En 1973 había un debate interno con varias corrientes, un momento muy delicado. Nadie se atrevería a hacer algo así sin consultarlo, más con los jefes al lado. Hubo autorización de la dirección, no fue una pelea de borrachos, como hicieron creer. Pero incluso el nacionalismo vasco, que viajaba a San Juan de Luz, fue próximo a aquello». Años después, ya con HB, o ahora con Bildu, tampoco se vio excesivo interés por dar con las fosas. Mientras, ETA, habló por última vez el 7 de noviembre. Reconoció 16 asesinatos que siempre negó, olvidándose, otra vez, de los gallegos Humberto, Fernando y Jorge Juan.

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