Una víctima del psiquiatra de Santiago: «Este hombre me destrozó la vida. Todas deben denunciar para hacer justicia»

Tras una década de angustioso silencio por miedo a no ser creída, ahora habla para que salgan a la luz todos los casos

Una decena de víctimas han denunciado a Emilio González, en una imagen de archivo
Una decena de víctimas han denunciado a Emilio González, en una imagen de archivo

Santiago / La Voz

Tras una década de angustioso silencio, diez voces se han alzado hasta el momento para denunciar al que fue su psiquiatra, Emilio González Fernández, por, presuntamente, abusar sexualmente de ellas cuando fueron sus pacientes. La mayoría han callado todo este tiempo y solo algunas interpusieron quejas ante el Sergas o el Colegio Médico de A Coruña. Por miedo o, más bien, por miedos. A ser juzgadas por sus parejas, por un injusto sentimiento de culpa por no haber sido capaces de evitar la situación y, fundamentalmente, por temor a que no las creyeran. «Él era mi psiquiatra y pensé que cómo iba yo a demostrar que no estaba loca», explica una de ellas con la voz aún quebrada por la tristeza pese a que han pasado más de diez años. «Este hombre destrozó mi vida. He estado todo este tiempo mirando el periódico todos los días con la esperanza de que el caso saliese a la luz», explica. Su deseo se cumplió la semana pasada. Y se fue directa al Juzgado de Instrucción número 1 de Santiago para denunciar los hechos ante la magistrada que dirige la investigación judicial, Ana López-Suevos.

«He tenido que pasar el trago de tener que cruzarme con él por la calle»

Sus palabras, sus sentimientos, sus angustias, coinciden casi punto por punto con los de otra denunciante que ha aceptado relatar su caso. Ha vencido sus temores y ha hallado la valentía necesaria en la convicción de que es necesario romper el silencio para hacer justicia. «Me habría gustado tener esta oportunidad hace años, pero me alegra haber participado en este proceso. Aquello me cambió la vida, la verdad, y ahora ha llegado el momento de hablar. Espero que esas otras mujeres que sabemos que aún no lo han hecho y que se estarán pensando si contarlo o no también den el paso. Todas deben denunciar. Deben pensar que así nos ayudan a todas. A nosotras, pero también a nuestras familias y a esta sociedad, que así podrá ser más justa», explica.

Ella acudió a la consulta de Emilio González porque fue el que le tocó en el Sergas. Pasaba la veintena y la vida le había dado algunos golpes que le provocaron ansiedad. «Las primeras consultas fueron normales, aunque me extrañó que desde el principio me medicó a dolor, tanto que incluso llegaba a desmayarme», relata. Teme que la sobremedicara para hacerla más vulnerable, sospecha que también ronda a otras de las mujeres que ya han declarado en el juzgado.

Poco a poco, comenzaron a suceder cosas extrañas en la consulta. «Se levantaba de la silla, se colocaba detrás de mí y decía que tenía mucha tensión y me masajeaba los hombros. Yo flipaba, porque aquello era muy raro, pero no veía malicia, pensaba que sería majete», recuerda. En otra ocasión, al explicarle ella que los nervios le cerraban el estómago la tumbó y le masajeó el vientre. Otra excentricidad previa «al día en que ocurrió todo», adelanta. Habían pasado más de dos años desde la primera consulta «porque eran muy espaciadas» ?añade? y aquel día, relata esta mujer, él volvió a masajearla «pero esta vez fue en las orejas. Yo estaba tensa, quería irme de allí, pero de pronto me agarró y me abrazó tan fuerte que no podía moverme y me besó en la boca. Fue asqueroso. Le empujé y escapé de allí sin volver a pedir cita. No volví», asegura.

Lo primero que hizo fue contárselo a su madre y a su novio. En familia, debatieron sobre la conveniencia o no de denunciar «pero al final pensamos que era mi palabra contra la suya, que no me creerían y que nos gastaríamos un dineral en abogados», rememora. En aquella «mala» decisión ?así lo ve ella ahora con el paso del tiempo? pesó quién era Emilio González. No solo un prestigioso médico, sino una persona muy conocida por su participación en política, en la izquierda nacionalista, como concejal en la primera corporación democrática de Santiago en las filas de Unidade Galega.

«Me abrazó tan fuerte que no podía moverme y me besó en la boca. Le empujé y escapé»

Una eminencia en su campo

González tiene hoy 75 años, está jubilado y también cerró su consulta privada. Formó parte de aquella nueva psiquiatría que luchó para que los manicomios dejaran de ser manicomios, humanizando la asistencia. Fue jefe clínico del sanatorio de Conxo de 1970 a 1975 en una época en la que se organizaban asambleas en el centro en las que también participaban los pacientes. De allí pasó a Ferrol, donde fundó el Centro Psicosocial, que dejó en 1978 para volver a Compostela. Trabajó en el Hospital Clínico y en el ambulatorio Concepción Arenal. También fue profesor asociado en la Facultad de Medicina compostelana y miembro de la sección de Etnomedicina del Museo do Pobo Galego.

El doctor González estaba considerado como una eminencia en su campo y era requerido como experto por los medios de comunicación. En la Red aún se puede ver su participación en 1990 en el programa de TVE A debate, presentado por Josep María Balcells y que en aquella ocasión trató sobre la figura del diablo. «Yo un día haciendo zapeando le vi con Iker Jiménez en la tele», apunta esta mujer.

Su buena consideración también influyó a la hora de que optara por no denunciar, aunque sí presentó reclamaciones en el Sergas y en el Colegio Médico de A Coruña. La Xunta respondió casi tres años después dándole la razón y le comunicó que habían suspendido tres meses de empleo y sueldo al psiquiatra. Curiosamente, aquel expediente se resolvió años después de la sentencia del 2003, cuando Emilio González ya fue juzgado por abusos sexuales a una paciente y se declaró culpable. «Es increíble que sabiendo eso solo le suspendieran tres meses. Aquí parece que todo el mundo sabía lo que pasaba y no hicieron nada. Nadie nos hizo ni caso», se lamenta.

Como todas las denunciantes, asegura seguir teniendo secuelas. «Yo he tenido que pasar el trago de cruzarme con él por la calle casi a diario porque vivimos cerca», afirma. Hoy cree haberlo superado, aunque no está segura. «Quizás, de haberme tocado otro psiquiatra hoy no tendría que seguir medicándome. Nunca lo sabré», se queja.

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