Los gallegos que vieron al lobo: «La primera vez no me lo creía, es un animal imponente»

En el rural gallego aseguran ver a este animal a plena luz del día; no les temen, pero sí los ven más osados

No hay punto de la geografía rural gallega donde no te cuenten una historia del lobo. La diferencia entre los argumentos actuales y los de hace décadas tienen que ver con su osadía. Si antes el lobo era aquel animal huidizo, al que se presentía en la noche, son muchos los gallegos que aseguran verlo hoy a la luz del día. De sus paseos se quejaba hace unos días Soledad Soneira, una vecina de Muxía que se niega a mandar a su hija por «unha pista chea de xabarís, pero sobre todo lobos» para coger el autobús.

Dicen los expertos que la Costa da Morte es una zona «lobeira», al igual que muchas otras de Galicia. Según la Xunta, este animal está en algo más del 72 % del territorio. Donde más, en las provincias de Lugo y Ourense. Los vecinos de Pena Trevinca lo saben bien. «En toda a Serra do Eixe hai movemento. Na aldea podes ver os excrementos preto das casas e as pegadas cando hai neve», explica Antonio Fernández «Cholo», vecino de Vilanova de Trevinca y experto montañero. «Aquí non andan moito ao gando. Eu vinos cerca da aldea tres veces, pero seguen a ser desconfiados. Non lles teño medo. Dáme bastante máis a xente. O que pasa en Galicia é que temos ao lobo como un animal maléfico», sentencia como defensor de este animal protegido que, en este punto, está «controlado» por la alta presencia de mastines.

En estos perros confía precisamente Gemma Sampedro. Desde septiembre no se han repetido ataques en su granja, como en el que perdió más de 40 cabras. «Tengo seis perros. Espero que el lobo se recoloque de forma natural al saber que están aquí». Esta ingeniera forestal está en contra de las batidas, aunque puede decir que ha visto al lobo a pocos centímetros. «Son descarados. Es normal verlos cerca de las cabras a plena luz del día. Yo les grito y les tiro lo que tenga en la mano, pero no se inmutan. La primera vez que lo vi no me creía que fuese un lobo. Uno se estaba llevando una cabra y otro daba saltos como para entretenerme». Su instinto fue defender a sus animales. «Sé que no me van a atacar. Cuando ve a los mastines, corre como alma que lleva el diablo, pero esos segundos son eternos. Es imponente. También es impresionante ver cómo los animales sienten su presencia poco antes de que aparezcan». Ella se ha gastado un «dineral» en cerrar su finca. Incluso tiene cámaras instaladas. «De noche recojo a los animales y con los perros estoy tranquila, pero es verdad que, cuando salgo de casa, pienso: 'qué estará pasando allí'». En su parroquia son muy pocos vecinos, pero ya hay quien siempre tiene a sus vacas en la cuadra. Otros las sacan, pero hacen guardia junto a los animales. Y es que los ataques de lobos han aumentado. Si en 2010 se registraban 691, en 2017 han pasado de 1.200. Influye que ahora se denuncian mucho más.

Sergio Boado ha dado la batalla por perdida. En su explotación de Irixoa tiene vacuno, porcino, aves y caballos. Ovejas no. «En cuatro años he sufrido ocho ataques. Me quedé sin 40 animales». A él tampoco le llama la atención ver lobos. «Vivimos en la Serra da Loba, con eso digo todo. Mis ovejas estaban en extensivo y los mastines aún eran pequeños. Al lobo lo he visto a todas horas. Incluso después de ataques. Vuelves a la finca y siguen allí, no se cortan. Los he visto incluso de día con sus camadas. Cuando ves un lobo no dudas de que es uno», apunta. No tiene miedo. Defiende su presencia y cree que el problema reside en que el campo está sin vida.

«Al lobo lo he visto a todas horas. Incluso después de ataques. Vuelves a la finca y siguen allí, no se cortan», dice un ganadero de Irixoa

La familia de Bienvenido Romero, de Lires, puede contar una historia de película. Hace nueve años, a su tío, de entonces 78, le atacó un lobo. «Cando era neno xa os vía moito en Muxía», dice a sus 50 años, «pero agora tamén os vexo abondo. Ao meu tío mordeulle o brazo nunha leira. Atacou ao gando, el meteuse no medio e feriulle. De primeiras pensou que era un can». Este carnicero y ganadero de 300 ovejas también asegura que los ha visto de día y de noche en la Costa da Morte. «No mesmo día os vin en Vimianzo e en Cee. Teñen que ser os mesmos. Incluso vin dous hai pouco no monte. Non estaban como son, espelidos», sentencia. «Eu penso que había que ter un control, pero acabar con eles, non».

Precisamente en la Costa da Morte desarrollan parte de su afición dos de los observadores de este animal más reconocidos de la comunidad. Francisco Santiago y Francisco Lema los buscan en su hábitat, sin intervención. Los esperan. «En Galicia as aldeas están no medio do monte. Os veciños saben que o lobo anda preto. De aí a que Galicia estea chea de lobos, hai diferenza. Cando hai caza, andan agochados. Se non, saen á noitiña. Os galegos sempre convivimos con este animal. Non se bota á xente e non lle temos medo», explica.

Lema también cree que en la Costa da Morte «sobreviviu nunhas condicións de densidade e dispersión humana tremendas. Tenlle respecto ao home, pero non a andar en certos momentos por onde están as persoas. Nesta zona sopórtanse ben os ataques. O gando é de autoconsumo e as perdas non son tan importantes. É moi emocionante velo. Tamén entendo que aos paisanos non lles faga graza», concluye.

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