Galicia y narcotráfico: la condena que no cesa

Doce toneladas de coca aprehendidas este año, nuevos socios en Holanda, el regreso de viejos capos, la reactivación de rutas o la sobreproducción en Colombia mantienen a los gallegos en la cresta del negocio


VIGO / LA VOZ

La Galicia honrada, que es mayoría, lleva 35 años soportando el estigma del narcotráfico por el lucrativo mal hacer de criminales con mucha codicia y ningún escrúpulo. Policía Nacional, Guardia Civil y Vigilancia Aduanera elevan a 25 las organizaciones especializadas en el tráfico de cocaína a los pies del Atlántico y cifran en más de 500 las personas que integran, con diferentes roles, la conocida como mafia gallega. El perfil es muy variado, pero siempre ejerciendo de comisionistas. Desde el joven al veterano vecino de O Salnés que no ha visto mundo, ni pretende hacerlo pese a su dinero, al empresario aparentemente honrado que participa de vez en cuando para clarear sus obscenas ganancias mediante negocios lícitos.

Luego están los grandes jefes actuales, dos principalmente, con antecedentes policiales pero ninguna condena por tráfico de coca. Ni siquiera por mover un gramo. Da igual, los responsables de la lucha contra el narcotráfico los sitúan en lo más alto del negocio a ambos lados del Atlántico y prometen que no pararán hasta cerrarles el chollo. Ya lo denunció el jefe de la Brigada Central de Estupefacientes, Antonio Duarte, el 8 de octubre en La Voz: «Los narcos con mayor capacidad para meter coca en Europa siguen en Galicia». Las 11,8 toneladas de polvo blanco decomisadas por la Policía Nacional desde enero a organizaciones gallegas, o relacionadas con las Rías Baixas, son el mejor ejemplo. Ya el 2017 fue un gran año al requisar 12, sobre todo si se compara con las 6,2 del 2016.

Origen y explicación

«La causa del problema, que no deja de crecer, está en Colombia y en la sobreproducción de coca que se esnifa en todo el mundo. A Europa llega principalmente por España, y ahí Galicia sigue siendo la favorita de los colombianos. Ellos prefieren usar el método tradicional de barco pesquero o buque para salir al Atlántico, hacer un trasvase en alta mar y la descarga final», explica un mando del Grupo de Respuesta contra el Crimen Organizado (Greco) de Galicia, que añade: «El éxito policial es un hecho, pero no podemos olvidar que ellos también evolucionan. Sobre todo en tecnología, van diez pasos por delante. Ahora casi no hablan, todo por mensajería, tienen aparatos que borran automáticamente todo sin dejar rastro».

La internacionalización del narco gallego es otro hecho que diversifica el negocio en casa, tradicionalmente ligado a los colombianos tanto para comprar en origen como para distribuir en España y Europa. «Ahora trabajan mucho con holandeses de origen marroquí, especialmente violentos. Otro problema es que en Holanda tampoco lo hacen bien. Las autoridades no investigan, las incautaciones se cogen por informaciones concretas pero casi nunca hay detenidos. No interesa económicamente. Allí, antes de investigar, un inspector fiscal analiza el capital a perseguir para calcular qué rendimiento generaría al Estado su posterior subasta. Si ven que son cinco matados ni entran, ya se arrepentirán cuando empiecen los ajustes de cuentas», dice otro agente de Greco.

El narco gallego hace también buenas migas con sus iguales en Europa del Este tras coincidir en cárceles. Ahí Bulgaria se lleva la palma. «Sobre todo en el puerto de Varna, el 99 % de las tripulaciones de barcos están metidas en el ajo. Cualquier medio flotante que entre o salga de allí es sospechoso». Inglaterra es otro buen socio. «Pagan más, tienen mucho dinero y resulta muy jugoso y tentador una vez que ya estás dentro. En barco o por carretera, cualquier ruta les sirve». África, ligada de siempre a los narcos gallegos por su ubicación y los tratados internacionales de pesca (ideales para camuflar fardos entre pescado), se ha subido nuevamente a la cresta de la ola invitada por los colombianos, deseosos de usar su costa como depósito o lanzadera para alcanzar la península ibérica.

La reciente caída de dos peces gordos gallegos huidos de la Justicia española evidencia hasta qué punto la cantera arousana exporta profesionales especializados en el envío de toneladas de un continente a otro. En septiembre fue Víctor Manuel Lemiña Cores, detenido en Perú. Interpol lo bautizó como «el barón de la droga marroquí» por sus contactos en el país y lo ubicó despachando alijos, desde Centroamérica, a España, Holanda, Italia o Estados Unidos. Actualmente sigue en Perú a la espera de ser extraditado a Marruecos para responder por un alijo de 2.000 kilos de coca gestionado con más gallegos. La detención, en noviembre del barbanzano José Carlos Pombar Cameán en Panamá supone otra medalla. Fugado desde el 2004, no dejó de trabajar al más alto nivel en países de la costa oeste de África.

«Sobran narcoestados y corrupción, hasta los colombianos tienen allí delegaciones como en su día las montaron en España. Hasta compraron unas pequeñas islas frente a Guinea Conakri», detalla el agente antes de retratar la pérdida de poder del narco gallego frente a sus proveedores históricos: «Los colombianos ya conocen las rías y la costa para hacer las descargas y manejan información por sí solos. Incluso la comisión que cobran por transportar fardos es mucho menor ahora que hace 20 años. Pero ni así, las reuniones que se detectan son numerosas, y las gestiones, hay demasiado movimiento y mercancía en la calle». La primera consecuencia es el precio actual del kilo de coca, que se puede comprar entre 28.000 y 32.000 euros. Más es caro. Hace diez años no bajaba de 35.000, ahí está la evidencia de que sobra.

Definición y realidad

La intensa actividad policial y judicial del 2018 contra el narcotráfico demuestra que la parte judicial y policial van de la mano pero no acompasados. Uno de los grandes problemas pasa por la puesta en libertad de narcos, casi siempre reincidentes, a los que se suspende la prisión provisional. «Es raro que en una gran operación no se crucen investigados ya condenados o implicados en otros procedimientos abiertos. Dado el riesgo evidente de reincidencia que presentan se justifica que estén entre rejas». El segundo gran problema, las penas de prisión bajas, molesta especialmente a los investigadores. El gran problema es probar, atendiendo a la definición penal, el delito de organización criminal a mayores del cometido contra la salud pública. «Es un corsé legal que condiciona. Si una gente contrata un servicio a narcos durante dos meses, y no casa con el concepto de organización criminal, se complica todo. Es muy difícil que cuadren los criterios policiales con los penales. Es la asignatura pendiente».

El 2018 deja también la vuelta al ruedo, en forma de arrestos, de viejos capos del negocio que, atendiendo a los cargos que arrastran, se resisten a cortar la coleta: Sito Miñanco, Manuel Charlín, su hijo Melchor (estos dos en libertad con cargos), Jacinto Santos Viñas o David Pérez Lago son algunos. «No saben hacer otra cosa, lo han vuelto a intentar siempre que han podido. También están los que aparecen en reuniones, o conversaciones, y no se les puede probar participación, numerosos también», explican fuentes judiciales. El caso de Miñanco resulta llamativo por la posición que le atribuye la Policía Nacional al frente de la mayor organización de narcos de Europa. Con él en activo (cayó en febrero) eran, a ojos de la Brigada Central de Estupefacientes, tres los grandes señores del narcotráfico en Galicia. Pero el negocio es movedizo y cambiante, incluso se globaliza y digitaliza con el uso de la criptomoneda. Lo que no merma, más bien se expande sin parar, es la presencia de gallegos y de Galicia.

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