La fábrica cultural se quedó en esqueleto

La construcción industrial llegó a tener diseño virtual y fondos públicos, pero solo se realizó el plan de descontaminación


Culleredo / la voz

Las estructuras de hormigón armado de la Cros miran desafiantes en una de las zonas de mayor crecimiento de Culleredo. Lucieron con paredes desvencijadas durante años afeando la fachada de O Burgo y ahora lo hacen de un apagado blanco dañado por las pintadas sin que haya fecha para que tengan contenido.

Los restos de una planta con la matriz en Cataluña y que llegó a dar trabajo a un centenar de empleados iban a convertirse en la factoría cultural de un municipio con gran desarrollo urbanístico a partir de los noventa, pero todo se quedó en realidad virtual. El imponente esqueleto es lo que queda de una planta que comenzó a funcionar a finales de los años veinte en el mercado de los productos para el abono y que amplió mercado, posteriormente, hacia materiales para otras industrias, desde la salazón a la conserva de pescado e incluso al sector de la porcelana. Llegó a ocupar 125.000 metros cuadrados y fue señalada como uno de los principales focos de contaminación de la ría de O Burgo, con la mirada puesta en uno de sus símbolos, una chimenea de 36 metros que se derribó, tras doce horas de intensos trabajos, en junio del 2002, cuando ya llevaba sin actividad 11 años.

Proyecto para la instalación
Proyecto para la instalación

A partir de su cierre fueron constantes y recurrentes las propuestas para ese espacio, siempre en la línea de destinarlo a centro cultural, y en el 2000 se concretaron avances entre varias Administraciones para recabar fondos para lo que Culleredo consideraba su proyecto estrella. Sin embargo, los acuerdos fueron siempre parciales y el presupuesto fue aumentando con el tiempo, aunque, para alivio de muchos, solo en el papel. Los arquitectos gallegos Gustavo Díaz y Santiago González incluso llegaron a diseñar el complejo cultural, que fue presentado en mayo del 2003, fijando su coste en 7,2 millones de euros para levantar un auditorio de 600 butacas, un espacio más pequeño con 200 plazas, biblioteca, cafetería y espacios culturales. Todo realizado con un diseño que permitiría salvaguardar las naves originales.

Mientras el dinero no llegaba, aunque hubo compromisos por parte de la Xunta, distintos ministerios y el Concello, las paredes de la Cros sirvieron como soporte publicitario, lo que, al menos, ocultó el feísimo y el abandono en el que quedaron unas instalaciones que eran señaladas como símbolo de la arquitectura industrial de otra época.

Descontaminación

El último impulso para convertirla en una fábrica cultural, con el referente del Guggenheim bilbaíno en el punto de mira y marcándose como objetivo ser ejemplo de rehabilitación de arquitectura industrial a nivel nacional, llegó con la descontaminación de los terrenos, paso imprescindible ya que la zona tenía materiales pesados y contaminantes como cromo, níquel, cadmio o pirita. Los trabajos incluyeron la demolición y retirada de los antiguos hornos, de los restos procedentes de la actividad industrial, de los elementos en estado ruinoso y de la tierra contaminada, y también el vaciado de las estructuras.

Las obras fueron adjudicadas a mediados del 2010, por 2,5 millones, para convertir una «fábrica de productos químicos en una de cultura». Era el primer paso real para un proyecto para el que ya se elevaba el coste total a 14 millones, aunque al acabar de limpiar se aumentaba a 22 sin que el diseño hubiese variado. Fue el único avance desde las primeras negociaciones y supuso una consolidación de las estructuras que ha permitido que resistan el envite del tiempo y que la Cros no sea señalada ya como foco de contaminación.

Una vertiente más social

Ahora, cuando la crisis del ladrillo hizo mella en los grandes proyectos arquitectónicos, la propuesta del Concello es distinta. El regidor, José Ramón Rioboo, que en la oposición siempre cuestionó una iniciativa que llegó a comparar con el Gaiás, quiere una instalación con un uso continuo, no solo para grandes eventos. Llevó a cabo reuniones con varias empresas para encontrar apoyos para llevar a cabo su idea, pero no hubo acuerdo, en cuanto que lo que le proponían no se ajustaba al interés público.

Su alternativa, actualmente, pasa por trabajar en un proyecto museístico y cultural con alguna entidad tipo fundación. Desde el Concello se remarca que el proyecto inicial se supeditó a una ayuda estatal que nunca llegó y se entiende que está superado en estos momentos por el propio crecimiento de Culleredo. Lo único que se indica es que se pretende una vertiente más social, con la vista puesta en mantener el «patrimonio industrial catalogado e poñelo en valor».

Evolución

El pasado 

El proyecto incluía un auditorio con 600 butacas y otra sala con capacidad para 200 plazas, además de una amplia biblioteca, cafetería y espacios culturales, en unos inmuebles con una falsa fachada acristalada.

El presente 

El gobierno local apuesta por un «proxecto vivo», con uso más continuo, y anuncia que trabaja en una propuesta museística y cultural en la que pueda colaborar alguna entidad tipo fundación.

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