«Alfonso está muerto, pero no creemos que se suicidara: pudo ser asesinado»

La familia del médico de Santiago que lleva 11 meses desaparecido pide que los buzos vuelvan a buscar el cuerpo en el río Ulla

Una imagen de hace cuatro años del psiquiatra Alfonso Mozos
Una imagen de hace cuatro años del psiquiatra Alfonso Mozos

santiago / la voz

Solo hay algo más desgarrador para unos padres que perder a un hijo: no saber qué le ha pasado. Que se esfume sin dejar más rastro que un reguero de preguntas sin respuesta. La familia de Alfonso Mozos Ansorena, el psiquiatra de Santiago desaparecido hace ya once meses, sobrevive desde entonces como puede a una espera angustiosa, verdaderamente opresiva. En la tarde del 5 de diciembre del 2017, un martes, su coche fue hallado en un vial que da acceso al puente del ferrocarril de Ponte Ulla, un escenario que hizo pensar a la policía en un suicidio. Pero el cuerpo no apareció y la investigación no ha logrado esclarecer qué pudo pasarle a este joven doctor que trabajaba en el Hospital do Barbanza, que antes lo había hecho en el Clínico compostelano y que era secretario de la Asociación Galega de Psiquiatría.

La Policía Nacional mantiene desde entonces abiertas todas las posibles líneas de investigación. Incluida la de la desaparición voluntaria. Una opción en la que, sin embargo, ya apenas confía la familia por descorazonador que le resulte. «Alfonso no está vivo, está muerto, pero nosotros no creemos que se suicidara, no nos encaja, creemos que quizás pudo ser asesinado», afirman los padres del doctor Mozos Ansorena. «Si se hubiese ido por voluntad propia, no nos tendría así, nos habría enviado un mensaje o algo», añaden. Hasta ahora han mantenido un dolorosísimo silencio que rompen porque no quieren que el caso se archive y, sobre todo, porque reclaman que se vuelva a buscar el cuerpo de su hijo en el Ulla y que esta vez sean los buzos del Grupo Especial de Operaciones (GEO) los que bajen a la profunda poza del río en la que muy probablemente pudo haber quedado el cadáver en caso de haberse precipitado desde los 85 metros de caída que hay desde el conocido como puente de Gundián.

El último año de Alfonso fue agitado y tanto sus padres como sus seis hermanos estaban al tanto de sus vaivenes. Había roto con su novia de siempre tras 17 años juntos y estaba inmerso en otra relación por momentos tormentosa. Tantos cambios le habían tenido más inquieto de lo normal, es verdad, pero a la familia no le cuadra que nada de lo que le preocupaba pudiera llevarle al suicidio. Y menos de esa manera. «Era médico, sabía qué pastillas tomar para hacerlo de otro modo», apunta el padre, que también fue doctor. Además, le veían ilusionado, con planes de futuro. Quería navegar y tan solo le faltaba una práctica para obtener el título de capitán de yate. También quería comprarse una casa y seguía tan activo como siempre en su profesión, dando ponencias e investigando sobre la esquizofrenia, enfermedad en la que había centrado su tesis doctoral, concretamente en un novedoso sistema de diagnóstico a través del movimiento de los ojos durante la lectura.

Los temores de la familia apuntan en otra dirección, mucho más terrible e inquietante. Creen que Alfonso pudo ser asesinado y quieren que la policía investigue al entorno del psiquiatra porque en los últimos meses habían aparecido a su alrededor personas conflictivas y con alguna de ellas mantuvo enfrentamientos e incluso una discusión airada. Hubo quien, como poco con muy mal gusto, al enterarse de la desaparición del psiquiatra colgó en una red social un comentario burlándose de él que después borró.

Suicidio o crimen, el mayor interés de la familia Mozos Ansorena es encontrar el cuerpo que no apareció pese a que lo buscaron con buzos, un helicóptero y numerosos efectivos en tierra. «Pedimos por favor que lo busquen hasta que se tenga la certeza de que no está allí», reclama el padre. Allí es la poza que hay bajo el puente desde el que pudo tirarse. O desde el que pudieron tirarlo. Una inmersión complicada en agua muy fría, turbia y con un fondo cubierto de sedimentos. En aquellos días el temporal llevó una gran crecida que arrastró piedras, tierra y ramas que pudieron haber tapado el cadáver. Pero, si fue eso lo que ocurrió, la familia necesita saberlo y poder recuperar el cuerpo para darle sepultura. Solo así podrán dejar de hacerse preguntas, de aliviar su tormento para dejarlo en profunda y perpetua tristeza.

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Un mes antes comió con sus padres y aquel día fue al gimnasio y a inglés

Los Mozos Ansorena son una familia unida, que disfrutaba reuniéndose y ayudándose. Un mes antes de su desaparición, Alfonso comió en casa de sus padres y se mostró alegre, en modo alguno deprimido. Desde luego, no les mostró signos de que por su cabeza pasase la idea de acabar con su vida. En días posteriores y hasta aquel fatídico 5 de diciembre del 2017, el psiquiatra habló por teléfono con su madre con asiduidad e instó a su padre a navegar juntos en cuanto obtuviese el título de capitán de yate. Sus últimos movimientos conocidos tampoco apuntalan la tesis del suicidio. Aquel martes fue al gimnasio y a su clase de inglés. Todo normal. Por eso no les cuadra que se suicidase y se decantan por pensar que algo aún más terrible se cruzó en su camino.

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