El tercer viaje de Consuelito

Una chantadina afincada en Cuba conoce a su nieto de 11 años en uno de los viajes financiados por la Xunta

Consuelo Gil (Chantada, 1950) parece frágil. Quizás porque Alberto, su marido cubano, siempre la lleva de la mano. Es solo una percepción. No puede ser muy frágil una mujer que ha pasado por las vicisitudes que ella ha vivido. En un bar de Santiago, mientras esperamos que su nieto de 11 años acabe de entrenar con sus compañeros de fútbol, nos recuerda algunas cosas. Habla frente a su marido, -«una bendición de Dios»-, y su hija Milagros. Dice que apenas tiene recuerdos del lugar donde nació, Santa María de Arcos: «Me acuerdo un poco de la casa y de una gran mata de uvas que había allí. Cuando volví por primera vez, en el año 2002, la casa no tenía techo y estaba en ruinas, pero la mata de uvas aún seguía allí. Me hizo muchísima ilusión volver a verla».

Consuelo forma parte de una minoría. Entre los 40.000 gallegos que hay en Cuba, solo 400 nacieron en Galicia. Se fue de la mano de sus padres, con 4 años cumplidos. Embarcó en el Santa María en el puerto de Vigo y a bordo de ese barco, se perdió. «Me llevó con mi familia un negro. Era el primero que veía en toda mi vida. Me cogió de la mano y yo se la frotaba pensando que era como betún, ja, ja». Y ríen los tres con el viejo cuento de Consuelo, a quien todos en La Habana llaman Consuelito. Allí, las cosas no fueron demasiado bien. No tiene recuerdos nítidos de la revolución, pero sí de cuando su padre, un trabajador de la construcción y con su esposa ya enferma, decidió regresar a España y dejó al resto de la familia en la isla, en la estacada. Consuelito tenía 18: «Fueron años duros», recuerda. «Tuve que dejar de estudiar y cogí un curso de maestra. Luego daba clase a los trabajadores en la escuela nocturna».

«Si me gusta, me quedo»

Luego vinieron el amor, el matrimonio, los hijos, el divorcio, Alberto, los nietos... Milagros, su hija, explica que un día apareció un programa para viajar a España cuando ella tenía 17 años: «Pensé: 'me voy y, si me gusta, me quedo'». Y le gustó. Y detrás se fue otro de sus hijos. El mayor también emigró, a Estados Unidos, pero le dejó un nieto para que lo criara, hasta que el nieto también se fue. Al final, Consuelito, que se pasó la vida cuidando de su madre, de sus hijos y de sus nietos, se quedó sola en su casita de La Habana. En el 2002, Milagros la convenció para que moviera papeles y viajara a verla. «Yo no me atrevía, pero Alberto me animó mucho». Y allí se lanzó Consuelito, a cruzar el Atlántico de nuevo, casi medio siglo después, para volver a ver aquella mata de uvas, como ella la llama: «No tengo palabras para expresar lo que sentí», dice ahora. Aún regresó una segunda vez y, de esta tanda, ha podido venir gracias al programa Reencontros na Terra. El viaje le ha dado la oportunidad de conocer a su nieto de 11 años, el hijo de Milagros. Así que Consuelito está feliz.

De la mano siempre de Alberto vamos al campo de fútbol a buscar al chaval. Para él sí que es la primera salida al extranjero y lleva unos cuantos días con los ojos muy, muy abiertos: «Me llama mucho la atención cómo critican aquí al presidente», reflexiona. Milagros se ríe un poco. Dice que le llama la atención hasta los semáforos que hablan. En uno de ellos, miraba hacia todas partes buscando al propietario de una voz que le invitaba a cruzar: «Es el semáforo», aclaraba su hijastra. Y él no daba crédito.

De mocita, Consuelo pensaba en Galicia, pero no mucho. Era su padre quien le hablaba de su tierra. Su madre no. Y como él se fue antes de tiempo, el vínculo quedó más bien quebrado. Además, recuerda Consuelo, no eran año muy buenos para ser gallega en Cuba: «Cuando iba a la escuela me cantaban cosas, se burlaban de mí». De todos modos, admite Consuelo que esa llama que vive en el interior de todos los que tuvieron que salir de su casa y alimenta el interés por volver permaneció también encendida para ella: «Pero nunca podía, porque casi siempre estuve pendiente de cuidar a mi madre».

¿Se quedaría si pudiera, si tuviera los recursos y una forma de vida? «Sí, me quedaría», responde. A Consuelo le gusta Galicia, su hija y su nieta, la comida... y solo tuerce el gesto cuando piensa en el frío, en la lluvia. Su clima ya es caribeño y, pese al cálido otoño, la pareja va bien abrigada con dos anoraks. No tienen ganas de que llegue la fecha de partida, están aprovechando este viaje a tope; el tercero para ella. Seguramente no será el último. Esta vez han recorrido media Galicia invitados por la Xunta, por sus paisanos que le han levantado el orgullo de ser gallega. Ahora, en Cuba, cuando le dicen gallega, ya lo hacen con otro tono. Así lo siente Consuelo, que se va a buscar a su nieto más joven, cogida de la mano de Alberto, por supuesto.

La araña que demostró el genuino espíritu caribeño en O Carballiño

Durante la estancia de la pareja cubana en O Carballiño, con el resto del contingente desplazado en el marco del programa de la secretaría xeral da Emigración, Alberto, el marido de Consuelo, tuvo un desagradable incidente: le picó una araña. «Pero no fue una araña cualquiera, ¿eh?». El hombre se levanta la pernera del pantalón y enseña la desagradable cicatriz que le dejó el artrópodo. «Me tuvieron que pinchar tres veces en el centro de salud. Pero me pinchaban y yo les hacía un chiste, porque el cubano que se queja en una situación así, no es cubano. Nosotros somos así». Consuelo lo mira y se ríe. Y antes de que acabe la conversación vuelve a agradecer la ayuda prestada por la secretaría xeral de Emigración de la Xunta: «Nos ayudan mucho en Cuba», dice. «No nos abandonan».

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