«Cuando me vi en el hospital supe que nunca debí haber cogido el móvil»

Lo que pretendía ser una prueba para denunciar una persecución acabó siendo la causa de un accidente


A Coruña / La voz

«Pues cuando te ves con el collarín, en el hospital, y el cuerpo magullado, claro: ¿qué vas a pensar? Pues que no debí haber cogido el móvil... Pero es que ese día, justo ese día, tenía un motivo para hacerlo». María (nombre ficticio) asegura que no ha vuelto a coger el teléfono mientras conduce desde aquella noche del 2016. Ya puede el WhatsApp bombardearla desde el asiento del copiloto. «Si estoy esperando un mensaje muy importante y me pilla al volante, aparco y lo miro... No voy a decir que todo el mundo lo haga, pero no seamos cínicos, la gran mayoría sí, y hay que vivir un susto como el que viví yo para aprender que el móvil y el volante son una mezcla muy peligrosa», señala María, quien insiste en que aquella noche del accidente no fue el WhatsApp, ni el Facebook ni la revisión de una llamada perdida: lo que hizo fue activar la cámara del teléfono para grabar: «Pero no vayas a pensar que era en plan selfi como esos idiotas que se graban haciendo burradas al volante, lo mío era diferente».

A María la estaban persiguiendo por las afueras de A Coruña. Notó que dos coches se le ponían a la par, dos conductoras que empezaron a bloquearla por zona urbana, que se pusieron a su altura, bajaban la ventanilla para insultarla con palabras irreproducibles en esta página, además de golpearle el cristal con los puños. «Obviamente, me confundieron con alguien». Y luego comenzó la persecución. Ella, con 18 años y el carné recién sacado, huía de dos coches a cuyas conductoras no conocía. «Sentí miedo, no sabía qué podían hacerme, pero por donde me metía me seguían». Pese a su poca destreza al volante, se zafó de sus perseguidoras en el tramo urbano, pero la persecución fue rocambolesca. «Me metí por carreteras estrechas, pero ellas seguían detrás, dándome las luces, dibujando curvas…». Y entonces, intuyendo que aquello podía acabar mal, a María se le ocurrió coger el móvil para ponerse a grabar la persecución y tener así una prueba con la que denunciarlas. Pero, en medio de la tensa situación, a una velocidad inconfesable, su cerebro no fue capaz de gestionar a la vez la correcta conducción y la activación de la cámara. «Sin darme cuenta, frené en seco». Y entonces el primer coche perseguidor la arrolló. Instantes después notó un nuevo golpe. Era la segunda conductora que chocaba contra el coche del medio. «Eran amigas entre sí, y creo que desde ese día dejaron de serlo», explica la joven coruñesa.

La grabación, además de causar el accidente, no le sirvió de mucho en los juzgados. El conflicto se resolvió como esos múltiples choques en cadena en el que paga quien da por detrás por no guardar la distancia de seguridad. Sin salir del coche, asustada, María llamó a su madre. Esa noche la pasó en el hospital, regresó a casa con collarín y estuvo varias semanas con tratamiento para los infinitos dolores por todo el cuerpo. Sigue pensando que cogió el móvil por una causa legítima. Pero aún tiene más claro que no debió cogerlo.

Aprovecha el encuentro con el periodista para alertar de otro peligro que está presenciando en las carreteras, como son los ajustes de cuentas al volante. «Una de las chicas ya me ha dejado en paz, pero la otra no: recientemente me vio en la autopista y se puso a hacer maniobras muy peligrosas para intentar asustarme, y sé que el mío no es el único caso, no se pueden usar los coches para lanzar ningún tipo de mensaje», concluye.

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