Manuel Mandianes: «No hay otra cultura con un sentido de la vida como la gallega»

Mantiene que hay un hecho diferencial de los gallegos, y apunta a la retranca como su máximo exponente


vigo / la voz

Ha estudiado de manera muy profunda antropológica, cultural e históricamente lo que es ser gallego. Manuel Mandianes (Os Blancos, 1942) ha llegado a la conclusión de que los gallegos presentan diferencias respecto a otros pueblos, y entre otros marcadores lo encuentra en la retranca y el sentido tragicómico de la vida. «No la tienen ninguna otra cultura del mundo», mantiene.

-¿Como antropólogo advierte un hecho diferencial gallego? ¿Hay diferencias con otros pueblos?

-Por los conocimientos que tengo de los gallegos y de otras culturas, pienso que sí hay diferencias y hechos diferenciales, por copiar un poco a los catalanes. Lo estudié buscando de dónde vienen los tópicos, porque estos tienen una razón histórica sin duda ninguna, son la expresión simple de la sabiduría popular, de miles de años de experiencia. Por ejemplo, el de que los de fuera no saben si subimos o bajamos cuando estamos en una escalera. Esa pregunta nunca se la va a formular un gallego a otro, porque están en la misma clave lingüística, de pensamiento y experiencias. Cuando los de fuera dicen que no lo saben, por algo es, no nos entienden, por lo tanto hay diferencias.

-¿Esas diferencias nos hacen mejores, peores, diferentes...?

-Nos hacen distintos, nada más. Las primeras ciencias sociales no pueden hacer juicios de valor.

-Además de ese frecuencia de entendimiento propia, ¿qué marcador nos haría exclusivos?

-La retranca. Ya es un término aceptado universalmente, es un profundo sentido del humor. Los gallegos no contamos chistes de manera habitual, sino que los gallegos expresamos nuestro sentido del humor contando historias. La retranca no se parece en nada al humor andaluz, al castellano... Nuestra retranca, que es humor e ironía, no se suele entender por los de fuera.

-¿Se ha encontrado alguna filosofía de vida similar en otros pueblos?

-Los gallegos no somos fanáticos porque tenemos un profundo sentido del humor de la vida, que es tragicomedia. Conozco directamente y por estudios muchísimas culturas y no encontré ninguna que tenga un sentido de la vida tragicómico como nosotros los gallegos. Basta leer a Valle-Inclán, Rosalía, Torrente...

-¿Y el apego a la tierra nos define también de forma exclusiva?

-En todos los países lo hay, pero ese apego se convierte en la mayoría de los países en una nostalgia del pasado, casi siempre mejor. La morriña del gallego no se puede traducir directamente por nostalgia. Emigrantes que incluso han hecho fortunas fuera pían por volver a Galicia y aquí quieren morir. Rilke decía que el paraíso del hombre es la infancia, y nadie puede entender más a Rilke que un gallego. El paraíso del gallego es donde se socializó, donde tomó noción del tiempo y el espacio, no es el terruño, es lo que viviste en esa tierra.

-Aseguran que los gallegos que participaron en el frente ruso con la División Azul se sentían más afines al pueblo ruso que al alemán, con quienes compartían trinchera. ¿Ve factibles conexiones semejantes?

-Nunca lo había oído, pero es muy interesante, porque llegué a esa misma conclusión leyendo a Turguénev, Dostoyevski, Tolstói. ¡Totalmente!, lo firmo totalmente, esa misma conexión y sentimiento de apego a la tierra, a la familia, a la tradición...

-Y porque el gallego es un pueblo históricamente adaptado al sufrimiento.

-También. Y por la riqueza espiritual que tenemos.

-Mencionó los tópicos, ¿acepta a los que dicen que somos un pueblo desconfiado, morriñoso y pesimista?

-No, no, no. La morriña no nos priva de adaptarnos a las nuevas situaciones. Haciendo encuestas en varios países para mi libro Viaxe sen retorno, nunca me encontré un patrón que no elogiara especialmente al trabajador gallego. Y sobre la desconfianza, lo que el gallego quiere antes de responder es tener conciencia plena de aquello que le preguntan. Por eso aquello de ¿vostede quen vén sendo?, qué se quiere saber y para qué lo quiere saber. Eso no es más que prudencia. Los gallegos somos prudentes y queremos saber a quién, qué y para qué respondemos.

-¿Cómo conjugamos el tener morriña con ser de los más exploradores del mundo? Ahí está la inmensa emigración.

-Ya lo dijo Castelao en Sempre en Galiza: somos almas viajeras. Hay pueblos más pobres que Galicia que no emigraron nunca, se lo recordaría a la gente de En Marea cuando dice que el gallego se ve obligado a emigrar por pobreza. Claro que hubo y hay motivos para emigrar y fuimos un país aislado, pero tenemos un alma metafísicamente viajera y exploradora. Los gallegos somos curiosos por naturaleza, queremos siempre saber qué hay detrás de ese monte primero, y como los montes no se acaban nunca...

-¿Es un mito que somos conservadores?

-Solo son conservadores los que tienen una historia plena, que espiritualmente les llena. En ese sentido sí somos conservadores. Hay otras culturas que son cruces de otras y tanto les da la que tienen como la que va a venir. Pero el que llegó a Fisterra, paró ahí y enraizó. No somos conservadores en no querer movernos o no aceptar innovaciones, de hecho el mundo rural gallego tiene una densidad de maquinaria mayor que ninguna otra autonomía.

-Pero políticamente sí.

-Ahí entra otro factor. El gallego se identifica mucho con su país y los partidos de izquierda gallegos son radicales, cuando el gallego, por su equilibrio, no lo es. El BNG hablaba para universitarios y no enraizó y el PSdeG tardó en hacerlo. Y fue el PP el que acabó representando el nacionalismo gallego por ser el que más se identificó con la gente.

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