15. Etapa en bicicleta para ponerse la botas pasando por Melide y Arzúa

La ruta del pulpo y el queso. La etapa más gastronómica permite al peregrino deleitarse con manjares tradicionales

La ruta del pulpo y el queso La etapa más gastronómica permite al peregrino deleitarse con manjares tradicionales

Para hacer el Camino hay que ponerse las botas. En todos los sentidos. Los pies mueven músculos que queman miles de calorías al final de cada etapa. Y no queda otra que reponer fuerzas. En nuestra penúltima jornada el recorrido nos va a dar la oportunidad de recibir el mejor avituallamiento hasta la fecha. Las morcillas de Burgos y la cecina de León estuvieron bien. Pero nada para un gallego como un pulpo á feira cocido en Melide y un queso de Arzúa bien madurado.

La ración, eso sí, habrá que ganársela. De Palas a Melide, 15 kilómetros. Al pulpo llegamos respirando el aire fresco de la hiedra que abraza a los troncos y el musgo que tiñe la tierra en los márgenes de la ruta. Una paz interrumpida por peligrosos cruces con la carretera N-547. A través del monte dejamos atrás San Xulián do Camiño, rebasamos el río Pambre y llegamos a Pontecampaña. Se agradece que las corredoiras estén secas. Están mantenidas correctamente, pero siguen siendo de roca y tierra. La entrada a Melide, cercana a un polígono industrial, nos hace aumentar la cadencia del pedaleo para sentarnos a la mesa.

Ernesto Pereira tiene su pulpería A Garnacha estratégicamente colocada en la ruta. No hay peregrino que no se gire para ver las grandes ollas donde se cuece el cefalópodo. «Este mes hai moita excursión de estudantes e non deixan moito», se lamenta. Pero no son ni las 11 y ya tiene varias mesas ocupadas. Pillamos a Virginia y Ana, amigas andaluzas que empezaron en Sarria, compartiendo tabla con Luci, de México. Esta última devora los productos españoles: «No sé cuánta tortilla habré comido ya». Las otras dos, sin embargo, saben al dedillo lo que ofrecen los fogones en Galicia. «Tenéis el caldo gallego, la empanada, los chorizos... Coméis casi tan bien como nosotros», comentan mientras clavan el palillo en los trozos.

«Aquí hasta el pan es bueno», dicen en la mesa contigua Ricardo, Juan Damián y José Ignacio. Un trío de colegas ciclistas que agradecen ya la cercanía a Santiago: «Como sigamos así... Ayer nos comimos panes de un kilo: subiendo las cuestas íbamos más lentos que los de a pie».

Probado el pulpo, toca seguir otros 14 kilómetros hasta Arzúa. La ingesta de proteína nos ayuda en un trazado con constantes cambios de pendiente, subidas y bajadas. En Castañeda, por cierto, el Códice Calixtino señalaba que los romeros dejaban una piedra traída desde Triacastela con la que se conseguiría cal para las obras de la catedral de Santiago. Nos acompaña la sombra, ahora también de los eucaliptos. Evitando la polémica, todo lo que rebaje la temperatura se agradece en la ruta.

Estudiantes de La Salle de diferentes centros comparten en O Furancho de Santiso arzuano raciones de queso. «Lo probamos el año pasado y este repetimos», dice Juan Aguaisa. Estrenada la mayoría de edad y dada su predilección por el Camino, esperan seguir viniendo en el futuro: «Fuimos peregrinos y seremos monitores de otros peregrinos». Si quieren más queso, al menos ya saben cómo ganárselo.

Proliferan rentables negocios gracias a los peregrinos

Sin los peregrinos, las localidades por las que pasa el Camino Francés se resentirían. De ese negocio depende su población, el empleo en el sector servicios y también la actividad económica. En Triacastela el censo no llega a 700 habitantes, pero además del albergue de la Xunta, hemos contado otros cinco. Una ratio altísima por habitante de este tipo de establecimientos. «Aquí a actividade principal sempre foi o campo e o gando, e veunos moi ben o Camiño para poder diversificar», dice Eva López, encargada del restaurante Complexo Xacobeo. La empresa cuenta también con albergue, lavandería y taxi, lo que cubre de manera integral las necesidades del romero. Ella y su hermano hacen un balance positivo de su relación con el Camino de Santiago, que les permitió emprender en su tierra tras estar emigrados en Suiza: «Non só é bo para nós. Toda a xente de fóra que vén dálle un toque cosmopolita á vila». En Portomarín, Ovidio Fandiño carga la furgoneta de reparto de mochilas de Xacotrans. A partir de tres euros por etapa es posible liberar la espalda de cargas. «Para eles é moi cómodo: recollémolas pola mañá no albergue no que durmiron e estarán alí onde acaben a xornada», explica abriendo la puerta lateral. En su caso la ruta jacobea le dio una nueva oportunidad. «Traballei na construción e hai sete anos, en plena crise, atopei isto». Iria Barba, responsable del albergue Zendoira, en Palas de Rei, estudió el mercado antes de decidir abrir en el año 2016. «A esixencia é cada vez maior. Nós temos liteiras, cápsulas e decoración orixinal para poder competir», señala. Junto con su tío, Santiago Fernández, apostaron por la localidad en la que tienen vínculos familiares, animados por un volumen de negocio que se mantiene año tras año y que, pese a la competencia, da para todos. Sin los peregrinos, asegura, no sería lo mismo. «Sen eles isto non funcionaría. Teriamos que orientalo de maneira diferente», explica Barba. Por ahora el mercado jacobeo sigue generando grandes beneficios.

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