«Sigo a tratamiento psicológico»

Cinco años después, las familias de los muertos no olvidan y los heridos tienen secuelas físicas y psicológicas

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Rebeca Cordobés l. l.
redacción / la voz

Las vidas que descarrilaron con el Alvia 04155 luchan hoy por volver a la vía que recorrían antes de las 20.41 horas del 24 de julio del 2013, hace exactamente cinco años. Cientos de heridos se recuperan todavía de las secuelas, tanto físicas como psicológicas, que les dejó el accidente. Ese que para 81 pasajeros supuso un fundido a negro, el mismo color que tiñó la mirada de quienes los esperaban en la estación. 

Margot Veiga

«No puedo coger el metro ni un tren». Margot acudía a A Coruña en un viaje de última hora. Su padre había sufrido una caída e iba a ser operado de urgencia. Como le da miedo volar, optó por ir en tren. «Sigo a tratamiento psicológico, una vez por semana. No llevo una vida normal. No puedo coger el metro, no puedo coger un tren. A raíz de los nervios del accidente me ha salido psoriasis, tanto en pies como en manos. También estoy con un tratamiento de fototerapia. En el accidente me rompí la frente, la nariz y la mandíbula. Me pusieron 67 placas de titanio por la cara. Una oreja estaba prácticamente colgando. Me aplasté varias vértebras. También me rompí la tibia y el peroné de un pie, y el tobillo y un dedo del otro. Tuve un neumotórax, se me clavó una costilla en el pulmón. La mujer que venía conmigo sentada estaba encima de mí, muerta. Había muchísima gente muerta y atrapada a mi alrededor. Noté un silencio espantoso, un silencio que se oía. Intenté ponerme de pie para ayudar a la gente atrapada, pero no pude. Tenía las dos piernas destrozadas. En la ambulancia sí sentía la velocidad, y le pedía que por favor no corriera».

Nora fermoso

«En ningún momento, ni Renfe, ni ADIF, ni nadie se hizo cargo o preguntó». Lo que iba a ser un fin de semana de celebración, rodeada de sus amigas en Santiago, terminó convirtiéndose en un mal recuerdo. «Sufrí traumatismos, me rompí varias costillas. Sigo recibiendo tratamiento, tanto psicológico como de rehabilitación. Como me lo tengo que tramitar yo, porque el seguro no me ha pagado nada, suelo ir una o dos veces al mes. Todo me lo he tenido que buscar yo, y hasta donde he podido. En ningún momento, ni Renfe, ni ADIF, ni nadie se hizo cargo o preguntó. Mi vida ha cambiado, solo el hecho de no ser capaz de coger un tren ya me condiciona. No recuerdo el accidente, pero sí el caos. A los pocos días fui a Angrois para localizar al chico que estuvo conmigo. Me acordaba de él, pero no sabía cómo se llamaba. Todos, en esos momentos en los que estás allí y no sabes qué ha pasado, estuvieron allí y no nos dejaron solos. No logré localizarle, pero en el primer aniversario del accidente sí estuve con él y le pude dar las gracias».

.Javier Cabido
Javier Cabido

javier y marian

«¿Tú sabes lo que es acordarse de ella y no poder hablarle?». Su hija y su sobrina (Celtia Cabido y Eva Pérez, respectivamente) viajaban en el tren para encontrarse con antiguos compañeros de universidad la noche del accidente. A día de hoy a Javier Cabido le palpita la rabia en las venas por un proceso en el que dice que la humanidad ha brillado por su ausencia. «O señor Celso Delgado veume dar o pésame e a man e díxenlle que non quería o pésame, que quería que isto non se repetise. Xuroume que ía facer todo o posible por conseguilo. E despois votou en contra da comisión de investigación. E Ana Pastor? E Pepiño Blanco? Todos seguiron ascendendo, ninguén asumiu responsabilidades de ningún tipo. É todo un despropósito e temos a sensación de que se rin de nós», señala con la indignación en los ojos. Su mujer, Marian Prado, no cree que la comisión de investigación sirva para nada y se aferra a su hija pequeña para verle el lado bueno a la vida. «Yo llevo muy mal pensar en todo el tiempo que llevo sin verla. ¿Tú sabes lo que es acordarse todos los días de ella y no poder hablarle ni oírla? Pero todavía nos queda una hija por la que luchar y de la que estamos orgullosos».

loreto mena

«Desde el principio tuve que subir a un tren, aunque no hubiera querido». Natural de Chile, había montado en un tren hacia Madrid la noche anterior. En su país, su hermana vivía sus últimas horas. Pese a lograr poner en regla su documento, no llegó a tiempo de despedirse. Dando por finalizada su estancia en la capital, se subió en el siguiente tren hacia Galicia. «Me quedé con un brazo malo y un montón de cicatrices. Del codo para arriba no me anda. Me dijeron desde el principio que no tiene arreglo». Reconoce que tuvo que pagarse ella misma un tratamiento quiropráctico, del que no se arrepiente, y se muestra disgustada con el trato recibido por parte de las instituciones: «Quedaste vivo y punto, arréglatelas como puedas ahora». Loreto vive en Piloño, pero cuando sufrió el accidente trabajaba y tenía el médico en A Coruña, ciudad adonde iba cada vez que tenía consulta: «Desde el principio tuve que subir en tren aunque no hubiera querido. Llorando, pero subía [...], porque con una mano no me puedo subir a un bus». Las secuelas físicas le impiden realizar gran parte de las tareas domésticas, pero su situación económica le impide contratar a alguien que le ayude: «Tras el accidente me jubilaron con 505 euros y con eso tengo que comer y vivir». Sin embargo, mantiene una actitud positiva y un ánimo sorprendente: «Gracias a Dios, no me morí todavía y estoy saliendo adelante».

Esperanza Fernández
Esperanza Fernández

esperanza fernández

«Dejar a mis hijos ir a una excursión del colegio me supone un mundo, se me caen las lágrimas». Esperaba en la estación de Santiago a su hermano, su padre y su cuñada, pero solo el primero llegó. Lo que iban a ser fechas de celebración en familia, el 27 iba a bautizar a su hijo, se convirtieron en «días muy muy duros». Aunque su manera de superarlo es «no pensar en ello», porque se volvería «loca»: «Llega esta época y vuelves a revivir otra vez los mismos días de hace cinco años». «Tienes muchas fases que vas pasando a lo largo del día, porque todos los días te vienen recuerdos, te vienen lágrimas o te vienen imágenes». Aun así, ella y su familia lo van llevando: «Cada uno con sus más y con sus menos, pero echando para delante y volviendo a resurgir de nuestras cenizas». Ni Esperanza ni su hermana necesitaron tratamiento: «Pero eso no quiere decir que no hayamos pasado situaciones de tristeza muy duras». Su hermano mayor sí, y «de vez en cuando todavía lo necesita». Isidoro, el único superviviente de la familia, «se ha vuelto más introvertido, más extraño [...], ahora se relaciona menos con la gente», pero se encuentra «bien» y «consiguió acabar sus estudios».

Esperanza confiesa que se ha vuelto «más temerosa, más controladora», sobre todo, por lo «inverosímil» que le pareció el accidente. De aquellos días, aunque todavía tiene lagunas, se acuerda de casi todos los detalles. Por ejemplo, recuerda las primeras listas de heridos: «Llegaba un momento que no era capaz de leer, porque quería leer ciertos nombres, y no los leía. Era como si la vista me obligara a querer ver los nombres de mi padre y de Marta», su cuñada. Y el momento en que un amigo, policía, la llamó para decir las últimas palabras que quería oír: «Si no te aparecieron ya, aquí no hay nada que hacer».

elena moreno

«Estuve cinco meses en el hospital. Fui la última víctima que salió». Iba de vacaciones a Sanxenxo, a visitar a una hermana, y lo siguiente que recuerda es el hospital: «Recuperé la consciencia al cabo de dos días». A Elena no le gusta hablar del accidente, prefiere centrarse en el futuro que acordarse del pasado: «En realidad lo veo todos los días, porque veo cómo estoy, pero procuro olvidarlo». Sobre cómo se encuentra, es clara: «La chapa y la pintura bien, pero la mecánica muy regular. Tengo muchas secuelas». Las lesiones cambiaron por completo su vida, «para muy mal»: «Yo era una persona que viajaba, iba en avión... Ahora no puedo». Sin embargo, a diferencia de otras víctimas, son las secuelas físicas las que se lo impiden: «Tengo las vértebras rotas, siguen sin estar fijadas, tengo muchos mareos. Necesito una asistencia en casa, no puedo hacer camas, no puedo planchar... No me puedo lavar la cabeza en casa, por ejemplo». Aún no ha recibido la indemnización: «Eso está en el juzgado y creo que hay que dejar trabajar a los jueces [...] para que se termine de una vez esta historia».

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