El declive demográfico amenaza la hegemonía del PP en Galicia

Los populares obtienen sus resultados más contundentes en una zona rural envejecida y menguante

A pocos días de unas elecciones municipales, Manuel Fraga le afeó a un alcalde del interior gallego la pérdida de votantes en su concello. «Non os perdo, don Manuel. A min mórrenme», le respondió. Rural, de edad avanzada y galegofalante. Es el perfil predominante que se ha asociado al Partido Popular en Galicia, donde es fuerza hegemónica desde los noventa pese a perder la Xunta durante cuatro años en 2005. Así se desprende tras comparar los resultados de los 314 concellos con los que entonces contaba Galicia y los datos sociodemográficos de cada uno de ellos.

Núñez Feijoo superó la barrera de la mayoría absoluta con tres escaños, respaldados por más de 670.000 votos que pintaron de azul el mapa político de Galicia. La oposición, fragmentada en tres partidos tras la irrupción de En Marea, se quedó a 30.000 de igualarle. Apenas una decena de municipios se resistieron a colocar la papeleta del Partido Popular como la más utilizada hace dos años. En lugares como Avión, por ejemplo, el PP arrasó con un 88,7 % de los votos.

La edad más habitual en este concello de la comarca do Ribeiro, que solo conoció a dos alcaldes desde el fin de la dictadura -ambos de sello conservador-, es 60 años. Aunque el Partido Popular logró ser la primera opción en la inmensa mayoría de municipios en las elecciones al Parlamento, su peso cae según aumenta el año de nacimiento de sus habitantes. En Ames, el más joven de Galicia con una edad media que no llega a los 40, los tres partidos de la oposición alcanzan el 49 % de los votos frente al 42 del PP. Lo mismo sucede en Salceda de Caselas o Ponteareas, los siguientes en la lista de los menos envejecidos. En los doce municipios donde se superan los 60 años, la lista de Feijoo sobrepasó el 60 % de los votos.  

Pese a los resultados de las elecciones autonómicas, el politólogo Enrique José Varela Álvarez recuerda que «el PP no siempre gana por mayoría absoluta. Hay unas características muy especiales en demografía y cultura política, tenemos un entorno que condiciona el voto». El experto analiza que Galicia podría estar «asistiendo a una vuelta a la complejidad de la década de los ochenta». La fotografía de la política gallega incorporó en 2012 un nuevo elemento con la aparición de Alternativa Galega de Esquerdas, germen de lo que acabaría siendo En Marea en las siguientes elecciones, y que con Xosé Manuel Beiras superó los pronósticos con 9 escaños, suficientes para relegar al Bloque a la cuarta posición.

«Es el año clave porque se rompe el modelo de sistema de partidos en el Parlamento de Galicia. No es simbólico a efecto de mayorías, pero sí en el sociopolítico», explica. Varela observa una nueva estructura de relaciones de poder, con una parte de la sociedad «que empieza a estar representada». Supone, además, el fin del tripartidismo que se había mantenido en la comunidad desde que Camilo Nogueira perdió su escaño en 1993.

El panorama cambia hoy con las cuatro fuerzas que ocupan el pazo do Hórreo y la anunciada llegada de Ciudadanos, aún sin representación importante en la comunidad. Todavía no hay una cabeza visible en la formación naranja, que en 2016 fracasó tras sumar menos de 50.000 votos. La encuesta de Sondaxe sobre intención de voto para las elecciones municipales de 2019 le abre nuevos horizontes, otorgándole al menos un concejal en las principales ciudades gallegas, salvo en Vigo.

El punto de inflexión en 1993 estuvo en el cambio del sistema electoral. «Cando Fraga gaña en 1989 faino con 34 escanos, máis os catro que lle presta Victorino Núñez de Centristas de Galicia. Aí refórmase a barreira electoral do 3 ao 5 %», recuerda el politólogo Álvaro López Mira, de la Universidade de Vigo. El Partido Socialista Galego-Esquerda Galega, que entonces superaba ese 3 % de los votos, se queda sin representación. «Un efecto non buscado daquela reforma foi que os electores galegos decidiron cal dos partidos nacionalistas de esquerda ía quedar», subraya el analista. El voto nacionalista útil se dividía entre Nogueira y Beiras, que acabaría desplazando al líder del PSG-EG del Parlamento con 13 diputados.

El fin del tripartidismo coincidió con un ligero declive del Partido Popular en las elecciones autonómicas, al no volver a traspasar los 700.000 votos que antes habían obtenido Manuel Fraga y el propio Feijoo. «El cambio demográfico es inexorable. Dentro de diez años, es posible que el PP tenga mucho más difícil conseguir las mayorías hegemónicas [en los comicios al Parlamento] que ha disfrutado, al menos, en los años 90. Por una cuestión demográfica, no por desgaste político», añade Varela. 

Sin superar la barrera de la mitad de escaños, el PP tiene prácticamente imposible gobernar ante la dificultad de firmar alianzas. El último ejemplo tuvo lugar en 2015, tras las elecciones municipales que cambiaron el signo de dos ciudades gallegas gobernadas anteriormente por los populares. En el caso de A Coruña, la lista de Carlos Negreira logró un empate técnico con Marea Atlántica [solo cuatro votos de diferencia] que le apeó de la alcaldía. La diferencia fue mayor en Ferrol, donde Jorge Suárez gobierna con cinco concejales menos que los populares. 

Hace más de treinta años que en Galicia mueren más personas de las que nacen mientras el rural languidece. El número de concellos con menos de 5.000 habitantes pasa de los 200, y este registro cada vez va a más. El declive es tal que, hace cien años, había 224 municipios con más habitantes que hoy. Es en esas zonas no urbanas donde los populares cosechan sus resultados más contundentes. «Una parte de sus votos se corresponde con un modelo de país, de territorio, relaciones sociales y cultura política. Si pierdes esos espacios, pierdes ese voto», apunta.

Mientras se mantenga el rural, el PP conservará su nicho de votos. Así lo entiende el sociólogo Francisco Haz: «Los resultados en el rural se suelen mantener pese a la aparición de nuevos partidos o nuevas figuras. Es un voto mucho más estable que el urbano».

La antigua Alianza Popular logró desplazar a la UCD de la hegemonía que gozaba en Galicia a principios de los ochenta. Y lo hizo, principalmente, en las zonas rurales. «Os primeiros votantes do PP eran monolingües en galego, algo que pode chocar agora visto dende fóra. Daquela, os medios diferenciaban a boina do birrete. Agora que este último predomina, o galego vai desaparecendo», dice López Mira sobre la clasificación que se dio a una presunta bifurcación entre la rama urbanita y la más rural dentro del partido conservador.

Hace poco más de un mes, la líder del BNG apuntaba de nuevo al Gobierno de Feijoo por atacar al gallego. «Feijoo leva 10 anos facéndolle un escrache a nosa lingua», denunciaba Ana Pontón desde su escaño en el Hórreo. Pese a la defensa del idioma, una de las banderas básicas del partido, el Bloque cosecha su mayor número de apoyos en ayuntamientos donde el castellano es la opción prioritaria de los hablantes.

«La variable del idioma no condiciona el voto», aclara Haz. López Mira refrenda el argumento: «O galego é identitario, pero só comunitariamente. Hai unha tendencia errónea a identificar lingua co nacionalismo político».

El politólogo advierte sobre los posibles conflictos que el BNG plantea al votante: «Se lle pide ser nacionalista e tamén de esquerdas. Son dous factores que no PP se suavizan coas palabras galeguismo, centrismo… Canto máis ao centro, menos compromiso esixes aos votantes». El conservador es uno de los partidos que los autores bautizan como catch-all, aquel capaz de atraer al electorado con programas más genéricos. «Ningún renega de palabras como progreso ou defensa do medioambiente. Pero outros máis marcados ideoloxicamente como o BNG esíxenlle moito máis aos seus electores».

Leiceaga, candidato del PSdeG en 2016
Leiceaga, candidato del PSdeG en 2016

Ambos politólogos coinciden en la «gran responsabilidade» de la oposición por no llegar al poder político. Ya en 1997, López Mira firmaba un estudio donde recogía la «crisis interna» en el PSdeG que «parece no cesar». «Hai unha especie de reino de taifas que non permite a súa composición como partido», observa. Para Varela Álvarez, el «planteamiento del partido es ese». Mientras en el Partido Popular ve un correlato de ida y vuelta entre Madrid y Galicia, en el PSOE solo ve un flujo desde la capital a la comunidad gallega. «El PP tiene su reguero de votos aquí, es la comunidad autónoma con más afiliados. La realidad social indica que no puede haber la misma influencia», completa.

La próxima cita de los gallegos para elegir al presidente de la Xunta será en dos años, con las municipales de 2019 en medio. Tanto BNG como PSdeG parecen tener despejada la incógnita sobre quién será su candidato, ante la continuidad de Ana Pontón y el ascenso de Gonzalo Caballero a la secretaría general de los socialistas. Más dudas hay en En Marea y en el Partido Popular, con Feijoo pidiendo «respirar un pouco» antes de confirmar si hará campaña en 2020 y las fricciones internas en la coalición.

Está por ver si Galicia continúa impermeable a los cambios que llegaron hace ya tiempo a Madrid; donde los populares viven su mayor crisis en años, Ciudadanos aparece efervescente en las encuestas y Pedro Sánchez fue capaz de alcanzar la Moncloa tras una moción de censura con la que nadie contaba. Mientras, Galicia abraza un estribillo del que parece no despegarse siquiera en política. Sitio distinto.

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