Cristina Fernández: «Ser farera me lo dio todo»

Dentro del faro, con wifi y son de mar, a las puertas de casi 44 años como guardiana de cabo Vilán, el primero con luz eléctrica de España, Cristina Fernández empieza a palillar historias


redacción / la voz

Dentro del faro, con wifi y son de mar, a las puertas de casi 44 años como guardiana de cabo Vilán, el primero con luz eléctrica de España, Cristina Fernández (Camariñas, 1951) empieza a palillar historias. A contar. 250 peldaños a diario para llegar arriba de todo. «¡Antes los subía corriendo! Ahora, con tranquilidad; en cada escalón pienso en lo que llevo a mi espalda». Recuerda el Banora, aquel naufragio del 65 que llenó el agua de naranjas. Pero ella no era aún la farera de Villano («Es Villano, así pone en la puerta, pero la isla que está detrás del faro es Vilán»), la vixía das ondas a la que vio enamorarse, vivir, temblar y criar a tres hijos el mar.

-Fue una de las tres primeras fareras de España. Pero no será la última, asegura.

-No, no seré la última farera. En la autoridad portuaria de Ferrol hay dos y la de la isla de Sálvora creo que irá también a Ferrol. Es Carmen Carracedo, la última farera de Sálvora, que vivió realmente aislada, ningún helicóptero podía bajar a rescatarla en un temporal en Sálvora. Carmen es joven, por eso digo que aún quedan puntales. Pero yo soy la única y la última farera da Costa da Morte.

-¿Qué harán los marineros cuando se jubile?

-No sé... Yo oí de boca de marineros que navegaron nuestro Atlántico: «Cuando las nubes cubren las estrellas, cuando estamos en la noche, qué gratificante es ver la luz del faro». Por la luz que emite, se distingue cada uno. Todos los destellos tienen su característica.

-¿Cuándo nos dice la luz que estamos en cabo Vilán?

-Damos un grupo de dos destellos cada 15 segundos. La tecnología nos ha dotado de lámparas de emergencia, pero los marineros de la zona me dicen: «Cris, tes o faro apagado!». E dígolles: «Non, temos a lámpada de emerxencia». E din: «Boh! Non vale para nada». La tecnología ayuda, pero se necesita a un ser humano que, si falla la máquina, dé la luz. Un faro no es una torre, como a veces creen los niños, es un servicio de luz.

-Algunos quieren ir a su faro porque oyeron que hay un bicho que produce luz.

-Si, por una anécdota de una magneto que está en el centro de interpretación. Un niño la comparó con un bicho. «É como un bicho que toleou!», dijo, y ahí quedó.

-¿Es farera por amor?

-Sí, porque mi vocación era la enseñanza. Y me encanta transmitir a los niños los valores, la esencia, del faro. Pero mi padre enfermó cuando era una niña. Soy de familia humilde, me pagué los estudios palillando. También me gustaba la medicina, pero era para los ricos... La vida no quiso, me tenía preparada otra cosa. El faro para mí no significaba nada hasta que empecé a tontear con Antonio, el hijo del farero. Él era maravilloso, altruista, tan inteligente. Transmitió a nuestros hijos los mejores valores, los inmateriales. Él casi nació en el faro, se crio en el faro, vivió toda la vida en el faro y quiso que sus últimos días fuesen en el faro. Así fue.

-¿Cómo se vive ahí, cara a cara con el mar, iluminándolo?

-Es difícil describirlo. Lo que para mí es normal para el turista tan terrible como curioso. Cuando el mar está enfurecido notas las piedras revolverse...

-Como la cuchara en la pota del caldo, dijo una vez.

-Sí, sí... Cuando eran pequeños, mis hijos me decían: «¡Mamá, va a entrar!». «¿Pero quién?», decía yo. «¿Quién va a ser? ¡El mar!». Para el turista significa soledad, belleza, curiosidad. Me gusta esperarles en el hall si los veo despistados. Esta es la casa de todos. Entran y dicen: «¿A qué huele?». Y yo digo: «¡A faro!», una mezcla de gasoil, humedad, salitre.

-¿La mejor sensación?

-Llegar a la linterna. Dices: «¡De aquí al cielo!». Ponerte un abrigo y unos guantes, subir las escaleras, y ¡quedarte en bañador!, por el calor que da la luz. Arriba aprendo a ahuyentar las maldades que quieren entrar en el faro.

-Usted y su marido palillaron lo suyo, en sentido literal...

-Quisimos recuperar el encaje de Camariñas, que se volviese a palillar pero proyectando su venta. Lo engendramos y lo parimos aquí en el faro.

-Un deseo...

-Que el faro se utilice bien, que no se explote. Los hijos tienen una humildad especial, esa forma infantil de ver las cosas, tan bonachona. Es gracias al faro. En un faro siempre estás activo. Siempre haciendo algo. ¡Por la mañana nosotros nos levantábamos tocando la gaita! De verdad.

-¿Recuerda el «Prestige»?

-Claro. Antonio se entregó de lleno en los trabajos de limpieza.

-Volvamos al principio. Su padre la llamó «loca» cuando decidió convertirse en farera.

-Sí. «Ti es como o teu abuelo, sempre tes que facer o máis difícil!», me dijo. «Unha cousa é que traballes, e outra, que vaias facer un traballo de homes no medio dos homes. Estás tola! Pero cuando aprobé la oposición, se sintió muy orgulloso. Estuve en el faro de Trafalgar, sola y sin comida. Bueno... comía arenques.

-¿Qué es lo mejor que le dio el mar?

-Miras al mar y echas los problemas al oleaje. La vuelta de la ola trae la respuesta, la solución. Y si no, a la siguiente será. A mí ser farera me lo dio todo, energía, fuerza ante el temporal. En años voy para adelante, pero en deseos, para atrás.

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