El PP confía en Feijoo para el relevo

La mayoría del partido quiere un proceso ordenado de cambio de liderazgo en el que Sáenz de Santamaría parte con la desventaja de su enfrentamiento con Cospedal


MAdrid / La Voz

Después de perder el Gobierno, toca abrir de inmediato la carrera por la sucesión en el PP. O no, que diría Mariano Rajoy. Aunque la mayoría del PP apuesta por un proceso de renovación que vaya incluso más allá de un cambio de liderazgo, nadie se pronuncia en público, a la espera de escuchar a Rajoy en el comité ejecutivo del partido que ha convocado para el próximo martes. Se trata de comprobar si el destituido presidente del Gobierno tiene intención de abrir el melón sucesorio de inmediato, abandonando incluso su escaño, o si pretende abordar el relevo de forma más pausada y ordenada, dejándolo para después del verano. Algo que casa más con el estilo político del líder popular. 

No habrá espantada de Rajoy

Nadie espera en todo caso una espantada de Rajoy. Y no faltan tampoco quienes apuestan por que pretenda aguantar durante algún tiempo liderando su partido y la oposición, a la espera de que un rápido desgaste de Pedro Sánchez le brinde la oportunidad de volver al Gobierno. La mayoría de los barones son partidarios, sin embargo, de celebrar, sin prisas pero sin excesiva demora, un congreso extraordinario abierto para elegir un nuevo líder del partido. Y ahí, el preferido de casi todos es Alberto Núñez Feijoo, el único que gobierna con mayoría absoluta y el que menos recelos despierta. Si fuera el elegido, en caso de que Pedro Sánchez alargara la legislatura nacional, Feijoo podría ser el candidato del PP a las generales cumpliendo prácticamente su mandato autonómico.

Adiós entre lágrimas, orgullo y esperanza

fran balado

Rajoy, despedido con gritos de «¡presidente, presidente!», reivindicó su gestión, mientras unos diputados del PP mostraban su tristeza y otros anunciaban ya una dura oposición

La olla exprés en que se convirtió el Congreso desde que Sánchez tramitó su moción explotó ayer al certificarse el resultado de la votación, liberando un torrente de emociones. Al fin se desataron las sonrisas contenidas que se habían ido esbozando en las últimas horas en el rostro de los que se sabían triunfadores. También hubo muchas lágrimas, incluso entre los vencedores. De emoción, como las que afloraban en los ojos de Pilar Cancela, cuyo teléfono amenazaba con bloquearse por la multitud de felicitaciones entrantes que la diputada gallega no lograba a atender. Pero sobre todo lágrimas de dolor que resbalaban por las mejillas de muchos diputados y asesores del PP que marcaban el fin de un ciclo político. Los llantos se concentraron al fondo del pasillo de entrada al hemiciclo, zona por la que suelen acceder los parlamentarios populares, por estar en esa zona su bancada. Alicia Sánchez Camacho, María del Mar Blanco, Bermúdez de Castro y muchos otros. Pero especialmente impactantes fueron las de Ana Pastor, que durante un momento abandonó su papel de árbitro de la Cámara para fundirse en abrazos con sus compañeros de partido. Ella, además de perder el Gobierno, también lloraba por el palo que acababa de recibir su gran amigo, Mariano Rajoy.

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«Yo estoy a disposición de Galicia y del partido, pero de Galicia», dijo ayer el presidente gallego, que, aunque reiteró que le quedan dos años en la Xunta que espera y desea cumplir, considera no obstante «determinante» que Rajoy explique la situación en el comité ejecutivo del martes y «cuál es su punto de vista». «Dirá lo que cree que es mejor para reconstruir una oposición leal, efectiva y que vuelva a ganar las próximas elecciones», señaló el líder gallego, que agradeció a Rajoy en Twitter el «compromiso demostrado con Galicia». Nadie duda, sin embargo de que antes de la reunión del martes Rajoy mantendrá contactos con Feijoo y con los principales líderes populares para analizar qué rumbo debe tomar el partido y consensuar la mejor fórmula para abordar la sucesión.

La otra gran aspirante a hacerse con las riendas del PP es Soraya Sáenz de Santamaría, que ayer, al ser preguntada, pedía tiempo para que el partido se reponga de la pérdida del Gobierno antes de hablar de la cuestión del posible relevo. A la hasta ahora vicepresidenta no le faltan apoyos, pero cuenta con la desventaja de mantener un largo y evidente enfrentamiento con María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, que ha tejido durante años una red de complicidades en los diferentes territorios. 

Cospedal aspira a influir

Aunque la propia Cospedal está muy desgastada por la gestión del caso Gürtel como para aspirar a ser ella la elegida, la secretaria general podría influir en contra de las opciones de Sáenz de Santamaría, a la que muchos en el PP reprochan el haberse puesto de perfil en situaciones muy difíciles para el partido. Rajoy mantiene excelente relación con ambas, pero en los momentos de su amarga despedida se ha mostrado más próximo a Cospedal, con la que compartió horas en un restaurante mientras se desarrollaba la moción de censura, que a la vicepresidenta.

Pero el debate de la sucesión no se agota ahí. Hay sectores, especialmente ente los dirigentes más jóvenes, que ven necesaria una renovación mucho más profunda del partido y que consideran incluso que tanto Feijoo como Sáenz de Santamaría están demasiado ligados a la etapa de Rajoy. Apuestan además por un cambio de discurso y de tono que afecte al grupo parlamentario y por una regeneración que permita afrontar las próximas elecciones sin el lastre de la corrupción.

Al contrario que Aznar, Rajoy llega debilitado al momento de la sucesión 

Al contrario que José María Aznar, que diseñó con mucho tiempo su sucesión y llegó al momento decisivo en su apogeo político, lo que le permitió escoger a quien quiso sin consultar con nadie -aunque luego se arrepintiera de su elección-, Mariano Rajoy afronta el instante de su posible relevo por sorpresa y en el momento de mayor debilidad de toda su carrera política, por lo que será difícil que designe a su sucesor a dedo, método por el que él accedió a la presidencia de PP. Al ya expresidente del Gobierno no le faltan detractores en algunos sectores del partido. Y su decisión de ausentarse del Parlamento en plena moción de censura para refugiarse en un restaurante con sus más próximos provocó, por ejemplo, que algunos diputados populares, especialmente del PP de Madrid, se fueran del hemiciclo al sentirse abandonados. Aunque hasta hace dos días Rajoy seguía controlando el partido sin que nadie le plantara cara, existe el temor a que algunos traten de aprovechar la pérdida del Gobierno para pasarle factura. Y otro sector crítico lo forman quienes consideran que debería haber previsto las consecuencias de las sentencias del caso Gürtel y depurado a fondo el partido para que, cuando llegara el caso, el Gobierno no se derrumbara, como ha ocurrido, con el peligro de llevarse también al partido por delante.

El PPdeG, entre la olla exprés o la pota a fuego lento

Los focos sobre el presidente de la Xunta distorsionan la hoja de ruta para las locales y la sucesión gallega

juan capeáns

El plan de Feijoo para el PPdeG no ha saltado por los aires todavía, pero su hoja de ruta se ha quedado en blanco por los focos que le alumbran con insistencia. El de mañana podría haber sido un domingo como otro cualquiera para mandar un escueto comunicado agradeciendo los servicios en la Xunta de un par de conselleiros, aprovechar para darles galones a dos nuevos aspirantes a entrar en el Gobierno gallego y confirmar a alguno de los candidatos cantados a las alcaldías urbanas. Ese era el plan, sin demasiadas ataduras de calendario. El hipotético movimiento, que solo se aplaza días o semanas porque es obligado, daría pie para seguir divagando sin criterios demasiado sólidos sobre una sucesión a cámara lenta que, en condiciones normales, se iba a resolver a comienzos del 2020. Parece un horizonte lejano, pero son solo 18 meses que pueden comprimirse como una olla exprés este martes, cuando Rajoy desvele cómo y cuándo será su inevitable inmolación.

Nada de lo que sostiene Feijoo como un mantra -su compromiso con Galicia hasta el 2020- es incompatible con que el de Os Peares sea el sucesor de Mariano, bien por vía digital -la menos recomendable para cualquiera que sea el próximo líder del PP-, bien por aclamación de los referentes más autorizados. En todo caso, será siempre a través de un congreso y sin conspiraciones territoriales, que él no va a promover: «Ni lo hice ni se me ocurriría hacerlo», garantizó el pasado jueves.

Uno de los mayores orgullos orgánicos de Feijoo es el haberse hecho con las riendas del PPdeG en el 2006, con Fraga en modo retirada e ignorando el reino de taifas que dejaba como legado. Aquel chico con fama de buen gestor en Madrid, que consiguió borrar el acertado cliché de las boinas y los birretes, se encuentra ahora con el mismo dilema sucesorio, solo que en el punto contrario: los populares gallegos son como una masa monolítica uniforme y gris, sin fisuras ni aristas que permitan adivinar nuevos perfiles para ocupar el cartel y renovar el poder en la Xunta. Y, sobre todo, sin voces críticas, porque la pataleta de Javier Guerra no cuenta. «Hay mucha gente bien preparada en el PPdeG», suele decir para animar a los suyos. No tanta, y lo sabe.

Despejar incógnitas en el universo Feijoo obliga a recurrir a algo tan extraño en estos tiempos como la lógica. Cuando un líder se desmorona, como ha ocurrido esta semana, o se va a otras misiones de altura, como podría ser su caso, la opción más razonable es que irrumpa la figura del segundo de a bordo, que para eso está. Ocurrió en Madrid con Ángel Garrido, y por eso sigue Soraya en las quinielas. Ese papel le toca en Galicia a Alfonso Rueda, que siempre ha ligado su futuro político a su jefe de filas, pero ni así tendría el puesto garantizado para el 2020.

La cómoda mayoría y el despiste de la oposición le dan a Feijoo la opción de seguir cocinando a fuego lento, pero ha llegado la hora de echar los ingredientes. El presidente de la Xunta tendrá en breve la oportunidad de remodelar su equipo, que está a solo tres semanas de ser el más longevo de sus tres legislaturas, y con el inestable panorama que se avecina, lo suyo sería elevar el perfil político del Gobierno a su punto de sal. Sin que San Caetano se convierta en un delfinario.

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