La estación depuradora de Ourense, un gigante donde muere el agua residual

Esta instalación ourensana abrió sus puertas hace menos de dos años e incorporó un sistema pionero que minimiza los residuos de retorno a la planta


ourense / la voz

Supuso un coste de 59,3 millones de euros y tiene capacidad para tratar un caudal medio de 72.000 metros cúbicos al día y la carga contaminante de una población de 350.000 habitantes. Detrás de los números que dan cuenta de la magnitud de la depuradora de aguas residuales (EDAR) de Ourense se encuentra un equipo humano que hace posible que una estación puramente mecanizada funcione a la perfección. El control de la generación de olores, uno de los principales problemas de este tipo de instalaciones, se ha minimizado con una concepción de planta en la que todos los procesos necesarios para el tratamiento están cubiertos o alojados en edificios. Esto significa que en ningún momento el agua y los residuos están a la vista. Solamente en la cascada de salida al Miño.

María Micaela Sánchez García es la jefa de la planta, donde trabajan por turnos de 16 personas los 365 días del año, las 24 horas del día. Diez operarios, un capataz, dos electromecánicos y dos analistas, además de la jefa de planta, son los responsables de que diariamente el agua con residuos que se genera en la ciudad regrese al Miño en perfectas condiciones. El trabajo en la estación depuradora está perfectamente pautado. Todos saben lo que tienen que hacer, cuándo y cómo. Y nada puede dejarse al azar, ya que el simple hecho de que un día llueva más que otro puede variar las formas de depuración. Por eso todas las mañana se celebra un reunión por si hubiera que realizar alguna tarea extraordinaria. Los operarios hacen controles visuales diarios y realizan limpiezas generales. En caso de detectar anomalías abren un parte para que las brigadas electromecánicas hagan un mantenimiento más estricto. De forma paralela es necesario ir tomando muestras para enviar al laboratorio de control en continuo, que se encuentra en otro edificio de la planta. Tanto de la línea de agua como de la de fangos. El resto del trabajo, si no hay ninguna emergencia, depende de las máquinas.

La estación ourensana ha sido diseñada para que pueda acatar las normativas europeas que llegarán, cada vez más estrictas, sobre el tratamiento de los residuos y las aguas. Pero el aspecto más novedoso, y en la actualidad único en el mundo en una planta depuradora, es el denominado ClearGreen. «Na liña de fangos hai unha serie de escurridos que nas plantas normais volven á cabeceira para ser tratados. Considérase unha autocontaminación. Pero nesta planta estes escurridos trátanse antes de súa implementación á liña de proceso, á cabeceira». Un sistema piloto que permite minimizar la cantidad de oxígeno necesario en el tratamiento biológico de las aguas, que se hace con los denominados soplantes, los equipos de mayor consumo energético.

Dar valor a los subproductos que se generan en la EDAR, a los fangos, es otros de los objetivos. Y en Ourense se convierten en abono. La gestión de estos residuos, el pago al personal, la compra de reactivos y la energía son los principales gastos de esta planta depuradora. Y los fangos ayudan en Ourense a minimizarlos.

Se acumulan en unos depósitos durante un mes, tras hidrolizarlos, lo que hace que generen biogás, en su mayoría metano. Tras pasar por unos filtros, este se acumula en un gran tanque en forma de esfera. Antes, han necesitado tener una temperatura de 40 grados, que se genera mediante una caldera que se alimenta del propio biogás. Es la pescadilla que se muerde la cola. De forma paralela, la parte del biogás que no se necesita en este proceso se convierte en energía eléctrica, gracias a un motogenerador, y cubre parte del suministro de la planta. Los fangos, además, permiten crear reactivos. Y el agua que ha sido tratada -que no se puede beber, ya que no es una planta potabilizadora-, se reutiliza para el riego de las zonas ajardinadas del recinto. Se trata de recibir, tratar y reutilizar.

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