Alfredo Vara, exsubdirector de La Voz y maestro de periodistas

Empezó en el periódico en 1974, dirigió Diario16 y fue delegado de La Voz en Ourense durante 14 años


redacción / la voz

La familia de La Voz ha perdido a uno de los suyos. Uno de los nuestros, uno de los mejores. Nos ha dejado Alfredo Vara. Ourensano, periodista, hombre de confianza de La Voz y de todos los que le conocieron. Subdirector de Organización de este periódico hasta su reciente jubilación, fue a lo largo de su carrera una persona cercana y comprensiva, siempre dispuesta a escuchar antes de tomar cualquier decisión, por difícil que fuera. Recordaremos a Alfredo por esa admirable vocación por entender al otro, por buscar el camino más fácil ante cualquier dificultad. También por su aguda retranca ourensana, siempre bienintencionada, como todo lo que hacía. Nos ha dejado una buena persona, el requisito esencial para ser un buen periodista. Mesurado y analítico cuando la información necesitaba reposo, pero también audaz cuando la situación lo requería. Era honesto e inteligente. Y tenía un excepcional olfato para las noticias. Ni más ni menos, las cualidades que deberían seguir guiando a esta profesión hasta el fin de los tiempos. Lo que le guió a él desde que llegó a La Voz en 1974, cuando todo estaba a punto de cambiar.

Muchos lo recordarán en aquella sección de Nacional de la calle Concepción Arenal, inundada por una montaña de teletipos en papel que él revisaba uno a uno, venciendo al aburrimiento con la disciplina que solo da la experiencia. Pero también con el ánimo del periodista entusiasta e impulsivo que siempre hay que conservar, pese al paso de los años. Ese deseo de que, en medio de la rutina, surja al fin la noticia.

En La Voz, tanto en la redacción central como en la Delegación de Ourense que dirigió durante catorce años, fue maestro de periodistas. Aunque su objetivo no era en realidad instruir, sino simplemente compartir lo que sabía, con un talante siempre plácido y amable.

Mantenía la calma como nadie ante las presuntas debacles. Y apenas con un par de preguntas, siempre las que había que hacer, podía desarmar a cualquier periodista que, ingenuamente, pensaba que tenía una noticia. Como buen gallego, pese a haber nacido en Benavente, era más certero con las preguntas que con los dogmas. Y quizás, por esa razón, en algunos de sus últimos artículos nos dejó interrogantes que aún siguen sin respuesta. Alfredo era el periodista necesario, imprescindible en cualquier redacción. Capaz de sentir la vibración mágica de una noticia y, al tiempo, tener una capacidad organizativa que fue clave cuando esta empresa puso en sus manos y en las de otros compañeros la resurrección de Diario16 a finales de los noventa, o la subdirección de Fin de Semana.

Por mucho que aparentemente cambien los tiempos, siempre se necesitarán periodistas como él. Sus compañeros de La Voz de Galicia, ahora que ya no está, seremos aún más conscientes de su legado. El resto de la profesión, a través de la Asociación de la Prensa de A Coruña, recordó ayer con tristeza a «un gran periodista y un gran compañero».

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