Iglesias y Montero, los Kirchner españoles

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño MADRID / LA VOZ

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El chalé en Galapagar culmina el proceso de humillación a una militancia obligada a defender privilegios y fechorías de sus jefes

21 may 2018 . Actualizado a las 15:45 h.

El mayor signo de que Pablo Iglesias e Irene Montero, la pareja que dirige Podemos, ha perdido la conexión con esa «gente» a la que dicen representar no es que se hayan comprado una dacha de 600.000 euros con piscina y casita para invitados incluida, alejada del mundanal ruido de la capital y a 55 kilómetros de esa Vallecas idealizada por el propio Iglesias cuando se hacía entrevistar en el destartalado piso de su abuela en el que decía residir, aunque casi nunca pasaba por allí. Lo que deja claro hasta qué punto ignoran ya la sensibilidad de la mayoría de su electorado es el hecho de que ni uno ni otro previeran el malestar que esa compra iba a generar en las propias bases de Podemos.

El chalecito de Galapagar es en realidad la culminación de un proceso por el que no solo Iglesias, sino la mayoría de los dirigentes de Podemos, han ido sometiendo a sus inscritos y simpatizantes a la humillación de tener que salir a defender cada día en público privilegios y fechorías de sus jefes que no tolerarían jamás a políticos de otros partidos. Mucho antes de que existiera el caso Cifuentes, esas «brigadas moradas» con las que Iglesias presume de controlar las redes sociales tuvieron que tragar y defender el hecho de que el entonces número dos  Íñigo Errejón cobrara una beca universitaria de 1.200 euros sin trabajar. Lo mismo que hicieron cuando Juan Carlos Monedero creó una empresa con un único empleado, él mismo, para facturar como sociedad, y no como una persona física, y evitarse así el pago de impuestos por unos supuestos trabajos por los que se embolsó 425.000 euros. Y, cuando se descubrió que el senador de Podemos Ramón Espinar dio un pelotazo de 30.000 euros especulando con una vivienda de protección oficial, las bases y los votantes tuvieron no solo que callar, sino apoyar su posterior nombramiento como líder de Podemos en Madrid. Espinar, el que ordenaba a su militancia boicotear a Coca Cola, pero se tomaba esos refrescos de dos en dos. Esa misma militancia es la que tuvo que defender, haciendo de tripas corazón, el hecho de que su actual secretario de Organización, Pablo Echenique, pagara en negro y sin seguridad social a su asistente. Y la que tiene que tragar también con el hecho de que Iglesias compatibilice su escaño y su liderazgo en el partido con un trabajo de presentador de televisión que le reporta pingües beneficios, o mirar a otro lado cuando el comunista Alberto Garzón se casa a todo lujo y vestido de chaqué.

Hay decenas de ejemplos de esa doble moral por la que los dirigentes de Podemos creen que les está permitido todo aquello que reprochan a «la casta». Hasta ahora, los suyos no solo se lo han perdonado todo, sino que han salido siempre a defenderlos. No es extraño por tanto que Iglesias y Montero se atrevieran a dar el paso final del chalé en la sierra, aspirando a convertirse en un remedo de sus admirados Kirchner, liderando en pareja a los descamisados desde el confort de Galapagar, como Néstor y Cristina lo hacían desde El Calafate. Pablo e Irene creen que la resistencia de los materiales no tiene límite. Y por ello someten ahora a los inscritos a la humillación de defender su sueño pequeñoburgués si quieren que sigan.