«En el Camino todo va poco a poco; llevo un año sin electricidad»

Vanessa Illanes compró una casa del siglo XVII a la vera del Camino que utiliza como punto de encuentro para su empresa de viajes para peregrinos


vigo / la voz

Tabernavella es una aldea de Arzúa en el kilómetro 33,6 del Camino. Allí se han asentado tres extranjeros en el último lustro. En una casa vive una mujer alemana, y en otra el aventurero y comerciante belga Bruno Lernout. La tercera habitante es Vanessa Illanes, de 37 años, una turoperadora que dejó su Nueva York natal para asentarse en Galicia, tierra de su padre, de Oleiros. Colabora con ella un guía de safaris, Alex Porras.

Hace cinco años, Illanes, que reside habitualmente en Santiago, compró una casa en ruinas de finales del siglo XVII a la vera del Camino. La usa como check-point para los clientes anglosajones de su empresa, Andaspain, que hacen la ruta jacobea en condiciones de lujo: tienen cáterin y duermen en pazos o casas rurales cerca del Camino. «A la gente de fuera le encantan las casas de piedra, la gastronomía y el vino», relata. Ella se metió a reformar la vivienda sin saber que las leyes de protección del patrimonio jacobeo y los criterios estéticos eran muy estrictos.

Vanessa se ha interesado mucho por la arquitectura nobiliaria gallega, casonas que jalonan el Camino, algunas en sitios que solo encuentras si sabes donde están en Monterroso o Arzúa. «Viví siempre en Nueva York, pero durante mi época universitaria vine y me enamoré del Camino. Ahora intento vivir aquí. Hace cuatro años compré una casa del siglo XVII en Arzúa y el año pasado empecé a restaurarla y a ver si comienzo a vivir ahí. La nota simple dice que es del año mil setecientos y algo, pero me han contado que estaba ahí antes. Está entre Arzúa y Pedrouzo y estoy luchando para restaurarla. Es una casa increíble y me gustaría compartirla con los peregrinos», relata.

Con lo que no contaba es con que la reforma iba a ser un calvario. Tardó tres años en obtener la licencia municipal de obras, desde el 2014 al 2017. «En el Camino todo va poco a poco», aclara. Después tuvo que pasar la comisión de arquitectos de la Dirección Xeral de Patrimonio y mover más papeles en el Ayuntamiento.

Tiene más problemas con la burocracia. Ahora está con una poca potencia de electricidad que le da un servicio, pero no le permite tener lujos. Pidió instalar 13 kilovatios, y lleva un año esperando. Quería un volumen de voltaje alto para alimentar el suelo radiante para calentar la casa porque no hay agua caliente. «Llevo un año sin electricidad», explica. Cuenta que Gas Natural Fenosa le quitó la potencia al terminar la obra. Tenía más servicio durante las reformas que cuando las finalizó.

Rehabilitar la casa le supuso algunas peleas con la comisión. Sigue sin entender por qué no le dejaron poner las ventanas cuadradas por cuestiones estéticas. «Me dijeron que tenían que ser rectangulares, más altas que anchas y que yo las tenía cuadradas», cuenta. Sigue sin dar crédito a lo ocurrido. Sin embargo, le dejaron instalar grandes ventanales en un espacio vacío para crear un vestíbulo. Otra odisea fue encontrar vigas de castaño rehusadas, unas de madera de pino muy antiguas que rescató. Ahora, se sienta en su huerto y ve pasar a los peregrinos.

Hay más casos en el Camino. En Parrocha, cerca de Portomarín, una vecina explica que nadie hace nada por rehabilitar las viviendas centenarias de piedra, algunas con los tejados caídos. «Los dueños viven en A Coruña, y ni venden ni las arreglan. Aquí hay cinco casas habitadas y 16 vecinos. Ves que el tejado se cae, los de Patrimonio pasan por aquí y nadie dice nada».

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