Burocracia, la mayor piedra en el Camino

Acabar con el feísmo en la ruta jacobea no es tan fácil: los vecinos que quieren reformar deben esperar más de un año para que una comisión de Patrimonio dé luz verde a cualquier cambio

Miguel Ángel Rodríguez, que regenta un albergue en Fonfría, Pedrafita, rehabilitó su casa siguiendo la normativa del Camino
Miguel Ángel Rodríguez, que regenta un albergue en Fonfría, Pedrafita, rehabilitó su casa siguiendo la normativa del Camino

vigo / la voz

El feísmo y el abandono de las aldeas son una losa en el Camino de Santiago francés a su paso por Galicia. Pero, paradójicamente, hacer obra nueva se convierte en una pesadilla burocrática. Si algún vecino quiere reformar su casa acaba hundido en las arenas movedizas del papeleo. La ley de protección del Camino no pasa ni una y para cambiar una ventana hay que esperar un año con inspecciones y comisiones antes de obtener la licencia o subvenciones de la Xunta. Eso, sin contar los tiempos de los concellos, que afrontan un bum de la construcción de casas rurales y tiendas en el Camino. Negocios nuevos afloran a lo largo de la ruta.

El número de solicitudes de intervenciones registradas por la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural en el ámbito del Camino de Santiago ha aumentado un 20 % desde el 2015, y rozan las 1.800 al año. Aquí se incluyen peticiones de reformas, construcciones, obras de infraestructuras y aprovechamientos madereros. Solo el año pasado hubo 1.798 peticiones a la Xunta.

Patrimonio ignora el número de las licencias que luego son concedidas, ya que esos datos los manejan los propios ayuntamientos, porque esa es una competencia municipal.

Para entender lo que está ocurriendo en el Camino hay que visitar San Cristovo do Real, una bella aldea de 500 años en la etapa entre Triacastela y Samos. El fin de la agricultura vació el pueblo. Quedan 16 personas. Hay 34 casas cerradas y diez abiertas. Gran parte del lugar está abandonado pero aún quedan 17 familias. Algunas casas cerradas conservan sus colores azules tradicionales en puertas y ventanas. Las tensiones con Patrimonio son constantes. Un vecino que prefirió guardar el anonimato explica la paradoja a la que se enfrenta al intentar arreglar su casa: «Obrígannos a pintalas de branco, non as podemos poñer á pedra, non lle vexo moito xeito porque o meu pai fíxoa en pedra. A igrexa zoscárona con cal, tiraron millóns. Quixen poñer un soportal e os de Patrimonio non me deixaron. Non nos deixan facer nada e así o lugar ten que caer. Para o meu fillo, que estudou e vive na cidade, isto perdeuse todo e non lle quere nada a isto».

«Rehabilitar é unha auténtica crebadura de cabeza»

Miguel Ángel Rodríguez, que regenta un albergue en Fonfría, Pedrafita, rehabilitó su casa siguiendo la normativa del Camino
Miguel Ángel Rodríguez, que regenta un albergue en Fonfría, Pedrafita, rehabilitó su casa siguiendo la normativa del Camino

Miguel Ángel Rodríguez regenta un albergue en la aldea de Fonfría, en Pedrafita, donde viven diez familias. Al reformar su casa, situada en el tramo del Camino de Santiago entre O Cebreiro y Triacastela, tuvo que superar un «labirinto burocrático» de normas de estética arquitectónica y someter su proyecto a la lupa de los técnicos para ver si cumplía con los requisitos. Además, comenta, con cierta precaución, que «dependes dunha comisión que é unha opinión subxectiva dunha serie de arquitectos, e a eles tenlles que gustar a rehabilitación. Tes que mandar o proxecto que queres facer e, se non lles gusta, eles dinche pois isto así ou isto doutra maneira». El hostelero añade que quiso cambiar las ventanas y le dijeron que no valía cualquier color. «A nós dixéronnos que as ventás tiñan que ser ou de aluminio branco, azul ou verde, ou de madeira. Aquí as de madeira non aguantan, só as ten unha palloza, e ao cabo de catro anos empezan a meter aire e auga e entón puxémolas de PVC de imitación de madeira, e xa nos meteron nun problema».

El empresario añade: «A nós pareceunos que a estética clásica era a da madeira, e o que saiba como son ao mellor distíngueas un pouco, pero os demais non. Nós o que queriamos é que illasen ben e que non entrase a auga, pero parece que iso é un problema».

El calvario burocrático de Miguel Ángel Rodríguez no terminó ahí, porque la comisión de arquitectos también le vetó la puerta de su casa. «Dixéronnos que estaba moi ao extremo da casa e que non debería ser así, e unha serie de consideracións que pensas ti: “Buf!”», comenta. La puerta de la discordia está en un lateral, en el aire. El hostelero dejó un espacio libre para, en un futuro, colocar unas escaleras que bajen hasta un anexo que será una tienda de alimentación. «Se algún día a facemos, facémola por alí», explica.

Añade que Fonfría no es O Cebreiro, donde no se venden las casas ni por un millón de euros. «Esta é unha aldea coma outras máis de paso no Camiño, a pena é que non se vexan máis casas rehabilitadas, pero é complicado cumprir con todo e esperar polos trámites; ao mellor pides o permiso e tárdanche ano e medio en dalo», explica.

Añade que «dentro do que cabe, das aldeas que hai na contorna nesta queda algo de vida, noutras é todo xente maior». «Aquí temos tres queixerías artesás, o albergue, as nosas casas e hai algo de vida grazas ao Camiño, pero o tema de rehabilitar as casas é unha verdadeira crebadura de cabeza», concluye.

«Se queres cambiar unha ventá, hai que ir ao arquitecto»

Ángel López, hostelero de Triacastela
Ángel López, hostelero de Triacastela

Para bajar a Triacastela hay que atravesar la corredoira de cuento por Pasantes y Ramil. Sin embargo, el peregrino se topa arriba con una aldea desordenada, con talleres mecánicos y casas sin recebar. Las huellas de tractor cruzan el Camino hacia las leiras. Abajo, los peregrinos fotografían el centenario castiñeiro de Ramil con suelo enlosado y casas arregladas. Un lugareño ironiza: «Arriba hai moito gandeiro e a estética non se coida moito, porque coas vacas dá igual que lles guste ou non». En cambio Ramil es muy bonito, pero viven pocos. En el albergue y restaurante Complexo Xacobeo, regentado por Ángel López y su hermana, admiten que «o tempo das subvencións para reformar casas rurais xa rematou». «No Camiño -añade-, se queres cambiar unha ventá, tes que levar o informe do arquitecto».

«En el Camino todo va poco a poco; llevo un año sin electricidad»

e. v. pita

Vanessa Illanes compró una casa del siglo XVII a la vera del Camino que utiliza como punto de encuentro para su empresa de viajes para peregrinos

Tabernavella es una aldea de Arzúa en el kilómetro 33,6 del Camino. Allí se han asentado tres extranjeros en el último lustro. En una casa vive una mujer alemana, y en otra el aventurero y comerciante belga Bruno Lernout. La tercera habitante es Vanessa Illanes, de 37 años, una turoperadora que dejó su Nueva York natal para asentarse en Galicia, tierra de su padre, de Oleiros. Colabora con ella un guía de safaris, Alex Porras.

Hace cinco años, Illanes, que reside habitualmente en Santiago, compró una casa en ruinas de finales del siglo XVII a la vera del Camino. La usa como check-point para los clientes anglosajones de su empresa, Andaspain, que hacen la ruta jacobea en condiciones de lujo: tienen cáterin y duermen en pazos o casas rurales cerca del Camino. «A la gente de fuera le encantan las casas de piedra, la gastronomía y el vino», relata. Ella se metió a reformar la vivienda sin saber que las leyes de protección del patrimonio jacobeo y los criterios estéticos eran muy estrictos.

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