Cincuenta días de pasión de En Marea

El caso Quinteiro deja roto el partido de Villares e instalado en el absurdo de un esperando a Godot


santiago / la voz

Han transcurrido cincuenta días desde la última reunión del plenario de En Marea, ese que cada cual celebró a su manera. De un lado, los alcaldes rebeldes de A Coruña, Ferrol y Santiago se rebelaron dando un plantón a la cita. Del otro, Xosé Manuel Beiras decidió acudir para criticar a la «casta» de dentro que reniega del partido. Y después está la diputada anticapitalista Paula Quinteiro, que se limitó a seguir las sesiones del plenario solo desde la cantina, coronándolo por la noche con el ya célebre incidente que mantuvo con la Policía Local de Santiago y que actuó de detonante de la crisis de no retorno que está ahogando las expectativas de En Marea.

El caso Quinteiro era un incidente menor que no hacía prever una catástrofe de tales dimensiones. Todo empezó porque Quinteiro hizo un uso indebido de su condición de diputada ante los agentes que intentaban esclarecer un acto vandálico, nada ilegal, aunque sí reprochable desde el punto de vista ético, por lo que la dirección de En Marea le pidió que renunciara al escaño para no lastrar al conjunto de la organización. Pero ella, sabiéndose con el apoyo de todos los sectores enfrentados al portavoz, Luís Villares, decidió aferrarse al cargo y prepararse para la guerra.

El incidente menor, el pequeño estornudo de Quinteiro, acabó desatando una gran epidemia. Y estos cincuenta días de pasión vividos por En Marea mostraron en toda su amplitud la fractura interna de la formación rupturista y empujaron contra las cuerdas a Luís Villares, al hacerse visible que no tiene el respaldo de su grupo parlamentario.

Para más inri, la discusión por la ejemplaridad ética que se inició con Paula Quinteiro se extendió a otros miembros de la organización. Y así salieron a la luz los historiales policiales de algunos representantes, sus titulaciones falseadas o las infracciones de tráfico de sus vehículos. Y el balance hasta el momento es de dos dimisiones entre los diputados de En Marea (Juan Merlo y Xoán Hermida, este último tras solo 10 días en el cargo), pero con Paula Quinteiro decidida a aguantar cualquier embestida desde el escaño que ocupa en el poleiro de la Cámara gallega. 

A un año vista de las elecciones municipales y europeas, En Marea está más fracturada de lo que nunca lo estuvo la antecesora AGE, de la que huyeron tres diputadas hacia el Grupo Mixto. Eso si, del nuevo partido instrumental nadie da el paso de marcharse por temor a ser penalizado.

Así que hay una resignación colectiva a seguir operando con los mimbres que hay, cada uno en su parcela, en su minifundio, por mucho que esto sea contradictorio con la filosofía que alumbró a En Marea, que aspiraba a impulsar la concentración parcelaria de la izquierda rupturista. El caso Quinteiro y la desautorización a su líder le arrebató potencia a En Marea y su condición de alternativa a Feijoo. Y los ideólogos de la cosa, los alcaldes del cambio, están ahora instalados en el absurdo de un esperando a Godot, aguardando a que las municipales del 2019 despejen cómo se llamará el próximo proyecto de unidad y quién será su cabeza visible.

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