Jorge Deza, espectador del último partido en el estadio Manuel Rivera: «La pérdida del templo racinguista»

Un encuentro de liga entre el Racing y el Avilés puso fin a 72 años de historia de un recinto en el que se vivieron los mejores momentos del club de fútbol ferrolano


FERROL / LA VOZ

Ferrol, ciudad de la Ilustración, pensada y proyectada por arquitectos e ingenieros militares, ha perdido muchas de sus señas de identidad con el transcurso de los años. Gran parte de la muralla que rodeaba la ciudad se destruyó, lo mismo que el histórico barrio de Esteiro o la Escuela Obrera. En otro plano, aunque no menos importante por el sentimiento que arrastraba, es la demolición del estadio Manuel Rivera, el templo del Racing, uno de los clubes históricos del fútbol gallego que el año que viene celebrará su centenario. No desapareció del todo, sobrevive en la casa de muchos aficionados que se llevaron un pedazo del césped o que a hurtadillas se acercaron, en pleno derribo, para llevarse un trozo de los escombros. El marzo pasado se cumplieron 25 años de su demolición. Un Racing-Avilés fue el último partido que se dirimió sobre su césped. Fue un adiós con sabor agridulce, lágrimas por la pérdida y la ilusión por irse a disfrutar del nuevo campo, construido muy cerca de la ensenada de A Malata.

Jorge Deza, autor de la historia del Racing, vivió en directo ese último encuentro y todavía lo recuerda con emoción. «El partido se disputó el 14 de marzo de 1993 -relata-, fue un Racing-Avilés Industrial de la jornada 28 de la Segunda B. Perdimos, los asturianos se adelantaron de penalti, empató Míchel, aunque a los tres minutos de la segunda parte los avilesinos hicieron el segundo, el gol que les dio el triunfo. Fue un choque de mucha tensión, la gente estaba nerviosa e incluso hubo peleas en las gradas. Realmente, la despedida oficial había sido dos semanas antes, en un Racing-Salamanca, en el que se homenajeó a más de un centenar de futbolistas que habían vestido la camiseta del club. Por problemas políticos y burocráticos, se retrasó un par de semanas el cambio al nuevo estadio y de ahí que llegara este partido a mayores».

La derrota de los ferrolanos ante el Avilés hizo amarga la despedida. «La gente abandonó el campo enfadada por la derrota. Solo con el paso del tiempo, muchos nos dimos cuenta de la trascendencia de este histórico partido, añoramos la instalación perdida, muy incómoda, aunque especial. Allí había jugado partidos el Racing desde 1921, el año en que se construyó, toda una vida. Yo era joven, aunque a mi lado había gente que llevaba 30 o 40 años en su localidad», explica.

Recuerda que este último encuentro se jugó en una instalación que ya había comenzado a demolerse. «Mucha gente había pasado página y lo único que se escuchaba era: A ver si nos vamos al campo nuevo. Las máquinas ya habían comenzado a trabajar. Yo era socio de fondo, a donde iba con mi padre y mi hermano, y media grada ya estaba desmantelada. Hasta el terreno de juego estaba hecho polvo, había habido allí un concierto de Mecano, que dejó el césped muy deteriorado».

Tras el pitido final, muchos aficionados se llevaron todo lo que pudieron. «Yo recuerdo -advierte Deza- a gente saltando al campo para llevarse terrones de hierba. Cuando se demolió, también se acercó mucha gente para llevarse algún trozo o incluso hierros. El propio Racing se llevó una piedra, que ahora la tiene expuesta en sus oficinas de A Malata. Un amigo mío plantó la hierba en una maceta y la tuvo mucho tiempo con vida».

Lamenta que no se remodelara la instalación, en lugar de demolerla. «Para los racinguistas -relata- fue la pérdida de nuestro templo. Allí vivimos muchas emociones. Era algo más que un estadio, la prolongación de nuestro hogar, en donde lloramos o reímos con partidos épicos o históricos como la doble visita del Real Madrid en los 70. Albergó de todo, partidos de fútbol, conciertos, manifestaciones y hasta un mitin de Santiago Carrillo en la Transición».

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