Los gallegos encuentran ahora en Suiza más temporalidad y competencia laboral

Hay nuevos emigrantes, como los kosovares y los «fronteliers», franceses con residencia gala y trabajo suizo

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«Los gallegos piensan que Suiza es el paraíso pero aquí también hay pobres» Loly Bolay y Ana Roch son gallegas y han marcado un antes y un después en la política suiza. Una fue la primera extranjera en presidir un parlamento cantonal. La otra es la actual líder del segundo partido más votado en Ginebra

La Voz en Suiza

Suiza siempre estuvo ahí como salida laboral para los gallegos. El despegue económico español de los noventa la dejó en un segundo plano, pero la depresión económica la situó otra vez en el mapa. Desde el 2009 la cifra de gallegos residentes en el país centroeuropeo no ha parado de crecer. De los 35.315 de entonces a los más de 40.000 de hoy. Más de 16.500 gallegos en edad laboral, de entre 16 y 65 años, viven en la Confederación Helvética. «Son moitos os que veñen aquí pensando en El Dorado», dice David Arosa. Pero ahora hay más temporalidad y la competencia de nuevos emigrantes, como la de los kosovares y la de los fronteliers, franceses que residen en su país y trabajan en Suiza por sueldos más baratos de lo habitual porque su coste de vida diario es inferior.

Arosa es «emigrante por segunda vez». Regresó hace cuatro años tras un intento fallido de volver «definitivamente» a su Vilagarcía natal. Trabaja en la construcción y es delegado del sindicato cantonal SIT de Ginebra. «Os salarios son altos, pero todo pasa por empresas de traballo temporal. A media está nuns 5.000 francos brutos ao mes na construción (4.250 euros) e 3.400 na hostalería (2.895 euros). Pero logo todo son descontos. Uns 450 euros para o seguro de enfermidade, mínimo 1.200 para o aluguer... Hoxe non compensa: se emigramos é porque as condicións en Galicia son peores».

«Escoitas máis xente falando español, pero de Castela», comentan un grupo de gallegos que esperan para cenar en el Nuevo Lido, restaurante regentado por un vecino de Ourense próximo a la zona universitaria y a la fábrica de Rolex. «Antes eran poucos os españois que viñan», explican. El padrón de residentes en Suiza del Gobierno les da la razón. Crecen las cifras de madrileños, catalanes o andaluces en el país helvético. Los gallegos son, aun así, el 40 % de los españoles.

Suiza también es ahora más plurinacional. En los sesenta la gran mayoría de los emigrantes eran italianos, seguidos de alemanes, franceses y turcos. Ahora, los portugueses suponen el 13 % de los foráneos, solo superados por italianos y germanos (15 %). Los galos son la cuarta comunidad, casi un 6 %; los kosovares, la quinta (5 %); y los españoles, la sexta, (4 %), por delante de serbios y turcos.

Rafael Herrera-Erazo es secretario sindical de Unia en el cantón de Berna, el cuarto que más españoles acoge tras los de Vaud, Ginebra y Zúrich. «El flujo continúa, también con mano de obra cualificada», insiste. Su país sigue queriendo extranjeros: «Mejor dicho, la economía suiza. Los necesita para mantener el crecimiento». Ahora hay más incertidumbre. «Con la liberación del mercado laboral, los contratos temporales y por horas van en aumento. A muchos no los dan de alta en la caja de las pensiones, aun cumpliendo los requisitos, y no les reconocen los años de experiencia laboral». El enfriamiento del idilio helvético se traduce en un porcentaje: el paro entre los españoles es superior al 7 %. De poco más del 2 % entre los suizos.

«Esto parece el paraíso, pero aquí también hay pobreza»

Ginebra celebra elecciones con cuestiones que preocupan a los gallegos de allí, como la de los «fronteliers»

Sus apellidos nunca lo dirían, y en Galicia somos mucho de preguntar eso de «e ti de quen ves sendo?». Hay una explicación. «Mi apellido es Reza», apunta Ana Belén Roch. En Suiza, al casarse, las mujeres todavía suelen adoptar el apelativo del marido. Lo mismo le sucede a Loly, que es Cruz Cousillas, aunque Bolay por su esposo. Pertenecen a dos generaciones diferentes, también a dos partidos opuestos.

La socialista Bolay, de Corme (Ponteceso), fue la primera presidenta extranjera que tuvo el Parlamento de Ginebra. Ana, la más joven, es la líder del segundo partido más votado en la actualidad en el cantón, el Mouvement Citoyens Genevois (MCG), conservador y proteccionista. «A veces nos dicen racistas. ¿Cómo voy a serlo si soy gallega y mis padres fueron emigrantes?», dice. Loly, que fue diputada durante 16 años, asiente: «La gente tiene que verlo: Suiza también vive una crisis. No tan grave como la de España, pero una crisis».

La cita para el almuerzo con las dos es en una de las brasseries más populares de Ginebra. En medio del Ródano, en una islita con vistas a la zona financiera en el río que desemboca en el lago Leman. Fuera nieva y los carteles electorales, algunos con la imagen de Ana, salpican la ciudad. Están en campaña. El 15 de abril se celebran los comicios al Parlamento y la primera vuelta al Ejecutivo, para los que la diputada es candidata. Loly la anima para que se presente a presidenta de la Cámara. «No soy de su partido, ahora ya no estoy en política, pero le doy todo mi apoyo», apunta la de Corme. Un sobrino suyo, Alfonso Gómez Cruz, también opta a ser elegido diputado cantonal por Los Verdes.

Una ciudad cosmopolita

De la emigración han pasado a decidir en la política helvética. Según la Oficina Federal de Estadística, el 48,4 % de los habitantes de Ginebra no tienen pasaporte suizo. Aunque en términos absolutos Zúrich es el hogar de más extranjeros, proporcionalmente, la capital ginebrina es la más cosmopolita. «El problema que vive ahora Ginebra se debe a la política utilitarista de la emigración aplicada desde los sesenta. «Suiza nunca hizo una política real de integración», remarca Loly. La ciudad tiene uno de los índices más altos de paro del país, de un 5,2 % en el cantón.

La proximidad a Francia, a apenas unos 20 minutos en coche, arrastra a miles de galos cada día a Ginebra. Trabajan allí y no les importa cobrar un poco menos que los suizos. Al terminar la jornada cruzan de nuevo la frontera. También los helvéticos. a los que les sale a cuenta hacer la compra en los hipermercados franceses. El programa electoral de Ana Roch es crítico con esta realidad. También lo es Loly, que denuncia: «Les quitan el trabajo a los de aquí. Pasa en la sanidad y en la banca».

Ana, que tiene una empresa y acaba de contratar a un gallego, opina: «Lo mejor es venir con un contrato, pero por ti. Desde Galicia esto se puede ver como un paraíso, pero también hay pobreza y desempleo, y la vida es muy cara». Loly concluye: «En los ochenta podías cambiar tres veces de trabajo al año. Hoy te lo piensas tres veces antes de hacerlo».

El «magic man» que da el «okay» final a obras en casas de ricos en Londres

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En algunas zonas de Londres hay tantas grúas, y tan grandes, que una ardilla podría cruzar la ciudad saltando de una a otra. El bum urbanístico aparece casi a diario en los grandes medios, pero también está en pequeños solares, donde se derriban antiguos edificios para edificar modernos apartamentos. El suelo es oro. La demanda, una mina. Existe una crisis de la vivienda, pero para los muchos que no la pueden pagar, un debate social abierto en aquellos municipios (boroughs) de la capital donde el problema es más acuciante. No todo es Londongrado, término ideado por Mark Hollingsworth para englobar a toda esa élite de millonarios rusos que han comprado lo mejor del centro, ni tampoco lo es todo operaciones como la venta de la planta de Arco del Almirantazgo, a cargo de un español y por 180 millones de euros. La explosión inmobiliaria tiene muchas ondas expansivas menores.

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