«Poco después del accidente volví a ir en el TER. Es una fortuna ser así»

El siniestro ferroviario que costó la vida a 28 personas cumple hoy 50 años. José María Lomba fue uno de los supervivientes


redacción / la voz

La memoria de los hombres es caprichosa. José María Lomba, superviviente del accidente del TER a Galicia del que hoy se cumple medio siglo, tiene grabada la cara que vio en la ventanilla del tren justo después del choque contra la locomotora. Golpeó con un zapato el cristal para que se percatara de que estaba vivo en un vagón donde la mayoría habían fallecido. Pero la persona que estaba al otro lado estaba tan impactada por lo que veía a través de la ventanilla que no reaccionó. Curiosamente, José María no recuerda la cara de la persona que finalmente lo rescató, después de arrastrarse por el pasillo en medio de un escenario dantesco de muerte, buscando la claridad, con la cadera rota y el fémur salido. «Jamás olvidaré aquella escena», dice José María, entonces un joven de 21 años que estudiaba Obras Públicas en Madrid. Siempre fue un hombre de piel dura, a pesar de lo que vio aquel día y en los largos meses que estuvo en el sanatorio de Renfe en Madrid. «En diciembre de ese mismo año volví a ir en el TER. Es una fortuna ser así. Pero... ¿si tienes un accidente de coche dejas de utilizar el coche?», se pregunta.

El TER (Tren Español Rápido) era la nueva joya de Renfe. Apenas llevaba tres años sobre las vías cuando una locomotora se cruzó en su camino en la ruta a Galicia tal día como hoy de 1968. Podía alcanzar los 120 kilómetros por hora, una velocidad que no estaba nada mal para aquellos años, pero que podría resultar mortal en una colisión contra una locomotora diésel «que era un tanque». La estructura y los materiales del tren estaban pensados para que fuera más rápido, de ahí que la colisión provocara tantas víctimas (28 muertos y más de una treintena de heridos de gravedad) a pesar de que en el primer vagón no había viajeros, pues era donde se almacenaban los equipajes. Era un tramo en vía doble, pero ese día se había establecido circulación en vía única. Parece que el maquinista de la locomotora debía parar en la estación de Santa María de la Alameda (Madrid) para esperar el cruce. Pero no lo hizo. El tren accidentado se componía de dos unidades y una de ellas fue desguazada en el mismo lugar del siniestro. Dos vagones se incendiaron al reventar el depósito de gasoil.

Estado en el que quedaron los vagones delanteros, donde iba Jose María y donde hubo más víctimas mortales
Estado en el que quedaron los vagones delanteros, donde iba Jose María y donde hubo más víctimas mortales

En medio de ese caos, tres betanceiros que iban en el tren sobrevivieron. El propio José María, con la lesión de cadera y fémur, su hermano Javier, hoy fallecido y que entonces tenía 24 años -solo sufrió un esguince-, y Juan Luis Martínez Lage, que salió ileso. Alguna estrella especial debía de guiar a estos tres jóvenes de Betanzos.

En el vagón de José María la mayoría perecieron en el accidente. Su hermano y él se salvaron: «Gracias a que estábamos cerca del pasillo». En el tren iba un sexteto de la ONCE que iba a dar un concierto en A Coruña. La mujer de uno de los ciegos pidió al hermano de José María que le cambiara el sitio para dar de comer a su marido. El matrimonio murió seccionado por la mesa plegable que utilizó para la comida. Su hermano salvó la vida por aquel cambio de asiento.

El accidente ocurrió sobre las 13.45 horas, pero hasta más de dos horas después no fue evacuado por un helicóptero. Recuerda el dolor infame. «Y el frío. La gente del pueblo nos atendió muy bien, nos dieron mantas», explica. Pero el rescate fue bastante caótico, recuerda. En el sanatorio de Renfe había una treintena de heridos en la misma habitación. Era una situación «deprimente». «No soportaba el dolor», pero a pesar de ello hizo «una buena amistad» durante los dos meses y medio que estuvo ingresado. Llegó a un pacto con uno de los ciegos que estaba allí convaleciente y que era guitarrista. Él empujaría su silla de ruedas y José María lo guiaría por los pasillos del hospital. «No lo volví a ver», lamenta.

José María Lomba no recibió indemnización alguna por el accidente. Tampoco le dejó secuelas. Hizo taekuondo y ha llevado una vida normal, sin traumas. Efectivamente, es un tipo con piel dura. Cuando ocurrió el accidente del Alvia en Santiago apenas resucitó fantasmas del pasado. «Lo sentí mucho, pero leía las crónicas como un lector más», dice. «Tampoco entonces tuve la sensación de volver a nacer. Ahora tengo coche, pero nunca le he tenido fobia al tren». Las autoridades del régimen de Franco no le explicaron nada sobre las causas del accidente. Tampoco volvió a Santa María de la Alameda. Pero dice que lo hará pronto. Una prima suya vive ahora allí. Otro curioso quiebro del destino.

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