En Fisterra trabajas y aprendes a leer

Profesores del colegio Nuestra Señora del Carmen enseñan español a inmigrantes senegaleses


carballo / la voz

Ibrahima Ndiaye, de 29 años, natural de Senegal, llegó hace once años a España en una patera. «Fue muy duro», recuerda. Buscó trabajo: «Yo vine aquí a buscarme la vida, a trabajar». Primero estuvo en Andalucía, en el campo, y lleva ya un tiempo en Fisterra, como marinero. «Aquí estamos muy bien, nos tratan bien». Y de paso ve el mar como en su Saint Louis natal.

Está contento, pero no solo por eso, que ya es bastante (tiene una esposa y un hijo a los que mantiene), sino porque ha podido por fin ir a la escuela y aprender español. A leer y escribir, con las mismas reglas y tiempos de un niño de infantil o primaria. Y, como él, una decena de compatriotas que residen en la localidad, la mayoría como marineros. Todos ellos acuden a diario al colegio Nuestra Señora del Carmen. Cuando salen los niños de clase, a las cinco de la tarde, entran los senegaleses. El curso pasado solo había una mujer, pero como la experiencia fue buena, lo comentaron entre ellos y ahora son unos once. No siempre los mismos, porque no todos los días pueden, y alguno solo puede por temporadas, pero hay un núcleo estable que va a clase a diario, una hora y media o más, y todo ello gracias al esfuerzo de otro grupo de docentes.

La directora, Susana Martínez, y la profesora Paz Traba explican que todo empezó cuando, el curso pasado, entregaron notas a los alumnos con el material necesario para el curso. El padre llegó al día siguiente con ese papel y les dijo que no entendía nada. Y fue cuando pensaron que había que hacer algo.

Así que durante el curso pasado decidieron poner en marcha unas clases básicas en las que solo tuvieron una alumna que se encargó de darlo a conocer a los demás, y empezaron a asistir en el curso actual. Cada vez más alumnos y cada vez más profesores (nueve en la actualidad). Un trabajo que hacen gratis, por el mero interés de enseñar y de ser útiles, y que no es tan sencillo como parece, porque cada alumno tiene un nivel y hay que adaptarse a él. Y preparar las clases, en atención a cada grupo, como las del día a día, una tarea de la que se encarga sobre todo Bárbara Canosa, una de las docentes, que hace carpetas específicas, fichas, trabajos para casa...

Si ya de por sí es complicado ponerse a enseñar a quienes no hablan casi nada de español, más en este caso, en el que los alumnos ni siquiera dominan el francés, porque su lengua es el wólof, propia de una etnia que también reside en Gambia. Las profesoras han tenido que conseguir un tutorial de este lenguaje. Y echarle mucha voluntad y paciencia, recompensada por la atención y voluntad de los jóvenes, de entre 16 y cerca de 30 años. «Es muy satisfactorio», señala la directora, contenta también porque los responsables del centro hayan dado su visto bueno sin ningún tipo de reparo.

Apoyo individual

Una jornada normal de clase permite comprobar un apoyo casi individualizado del que disfrutan los senegaleses, que se familiarizan, en libretas de dos rayas, con las sílabas, los fonemas, las palabras básicas, imágenes para facilitar la comprensión... Los que chapurreaban algo el castellano ya lo hablan decentemente, y los que no decían ni mamá empiezan a defenderse. Y a aprovechar las ventajas. «Saber leer nos ayuda a conseguir todos los papeles que precisamos para trabajar, es fundamental», añade Ibrahima. «La experiencia, para mí, maravillosa», señala Paz Traba, que como otras compañeras tiene aún más tareas fuera de su horario lectivo, por lo que el esfuerzo es, si cabe, doble.

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