Los planes para fijar población pinchan

Experiencias sociales o municipales para alquilar o vender casas a precios de saldo acaban en fracaso, como en Vilariño de Conso, o con resultados más que modestos, como en Entrimo


redacción / la voz

Concellos y asociaciones se devanan los sesos para dar con la fórmula mágica que frene la sangría demográfica. Pero no la hay. Y las experiencias puestas en marcha en distintos municipios gallegos para fijar población y, a ser posible, aumentarla, han tenido un resultado algo decepcionante. El ejemplo más claro de este fiasco es el del Ayuntamiento ourensano de Vilariño de Conso (con 558 habitantes). La asociación Xolo lanzó en el 2012 una campaña para captar nuevos pobladores con hijos para evitar el cierre de la escuela. Ofrecían viviendas en alquiler a precios bajos, con tierras para cultivar, colegio y comedor escolar gratis. Atraídos por este canto de sirena llegaron a la localidad un buen puñado de familias, en torno a una decena, procedentes de distintos puntos de España, como Teruel o Barcelona. Ahora siguen cuatro, según reconoce Luisa, de la asociación. Las demás se fueron: «Porque no tuvimos ningún apoyo por parte del Ayuntamiento», añade la portavoz de Xolo. «Fue un proyecto muy bonito, en su momento fue un éxito porque llegaron con mucha ilusión, pero fracasó por culpa del Concello», subraya. El colegio sigue abierto, pero con una decena de críos.

La nueva alcaldesa de Vilariño de Conso, Melisa Macía (PP), que tomó posesión el verano pasado, reconoce que el proyecto de Xolo atrajo «moita xente a Vilariño e ao colexio, pero queda unha familia e é porque ela traballa para o Concello; os demais duraron pouco tempo porque en realidade non querían vivir no rural», resume. Macía, como su predecesor, Ventura Sierra (PP), no están de acuerdo con esa iniciativa de Xolo. «Hai que traer xente, claro, pero que queira vivir no rural e cun proxecto de futuro», subraya la regidora, que tiene previsto incentivar la repoblación alquilando a autónomos locales municipales vacíos a precios bajos.

En Entrimo (1.184 habitantes) se puso en marcha una experiencia parecida, pero por parte del Concello. El cierre de unidades del colegio dejó libres tres viviendas reservadas para profesores. El Ayuntamiento lanzó una oferta para alquilarlas por 50 euros mensuales a familias foráneas que llegaron con hijos. Ramón Alonso, alcalde (PSOE) de O Entrimo, explica que una está ya arrendada a una pareja con tres hijos. Él, de nacionalidad portuguesa, trabaja por la zona, así que «en principio se quedan». Las otras dos viviendas están en obras, pero en principio serán una para una familia de Valencia con una hija y la otra, para una pareja de origen catalán. Alonso resalta que esta experiencia resultó un «éxito, aínda que de forma sorprendente».

Crear un banco de casas para alquilar o comprar fue también la fórmula elegida por la asociación de vecinos de A Xesta, una parroquia del Concello pontevedrés de A Lama, para atraer población. Se incluyeron seis viviendas, de las cuales dos se vendieron y cuatro se arrendaron. Una de ellas, al toledano Antonio Jiménez, que reside en el lugar de Pigarzo. «Conseguimos más vecinos de fuera, pero no hemos seguido con la iniciativa, de momento, porque los vecinos son reacios a alquilar sus casas», resume Enrique Vaqueiro, de la asociación de vecinos y, además, concejal. A Xesta tiene un censo de unos 200 habitantes, pero que vivan todo el año son la mitad. La parroquia ha recibido como un regalo divino el retorno de una familia con cinco hijos emigrada a México.

Otros ayuntamientos gallegos apuestan por dar ayudas a la natalidad para luchar contra la despoblación y el cierre de colegios. Como el lucense de Mondoñedo, que da 900 euros repartidos en tres años a las familias que tengan un retoño. Su alcaldesa, Elena Candia (PP), reconoce que ese dinero no es determinante para que los vecinos se animen a procrear. De hecho, la natalidad no aumenta, pero «hai lista de espera na gardería», resalta Candia.

El Concello ourensano de Manzaneda otorga una ayuda idéntica y los alumnos del colegio han pasado de 11 a 24. «Non será só pola axuda, pero algo fai», admite el alcalde de Manzaneda, Félix Domínguez (Anova). 

Ayudas a la natalidad

Los ayuntamientos pontevedreses de A Lama, Campo Lameiro y Cuntis también premian a las familias que se animen a tener hijos y que residan en los municipios, claro. El primero, con 1.000 euros; el segundo, con 500; y el tercero, con 300. También recurren a esta fórmula de la ayuda económica por nacimiento de un hijo los concellos ourensanos de Os Blancos, Cualedro, Monterrei, Vilamartín de Valdeorras, Boborás y Castrelo de Miño, entre otros.

«Yo estoy feliz, pero el rural no vale para todos»

Tras prejubilarse en el naval vigués, cogió los bártulos y se fue a una aldea donde la casa le cuesta 100 euros

maría hermida

Antonio Jiménez es un ciudadano de mundo. Y libre, muy libre. Natural de Toledo, de pequeño no vivió ni tres años seguidos en el mismo sitio. La familia seguía al padre, que trabajaba en una empresa que construía minicentrales eléctricas. Así que su infancia transitó por los más diversos lugares, desde el alto Pirineo hasta Cuenca o Cáceres. Un día, ya siendo adulto, y tras haber residido en distintos países, recaló en Vigo. Y se quedó más de dos décadas trabajando en el naval como carpintero. Dice que vivió tiempos gloriosos y que luego llegaron las vacas flacas. Ya prejubilado, la ciudad empezó a devorar su moral y su economía. Vivía de alquiler y pagaba unos 500 euros al mes, y empezó a pensar en irse a una aldea. Entonces, mientras buceaba por Internet, Pigarzos se cruzó en su vida. Y hasta hoy.

Lo que Antonio Jiménez topó en la Red era una de las casas que los vecinos de Pigarzos (en A Lama, Pontevedra) habían puesto en alquiler a bajo coste para intentar atraer población. Antonio vio la vivienda y, aunque estaba muy deteriorada, decidió que valía la pena quedarse a cambio de un alquiler mensual de cien euros. «La casa estaba bastante mal, desde entonces la hemos ido arreglando un poco, pero la verdad es que al principio daba algo de miedo», explica.

En colaboración con el casero, cambió el suelo de la cocina, ahora está poniendo ventanales... y fue haciendo la casa suya. Dice que él siempre militó en el equipo de la austeridad, «incluso cuando ganaba mucho dinero», y que lo bueno del rural es que se necesita bien poco para vivir.

Se le visita en un día de perros, con lluvia y niebla, y Pigarzos parece un pueblo fantasma. Uno le pregunta si no se siente solo, y ahí es cuando más sonríe: ¿Yo? Yo soy una persona solitaria, a mí me gusta la soledad. Prefiero el invierno al verano, cuando vienen los que están en México -A Lama es un municipio de emigrantes- y hay mucho más ruido y fiesta. A mí me gusta estar solo», dice. Añade que tiene tres hijos y que le insisten para que se vaya con ellos, a ejercer de abuelo. Pero se niega: «Ir a buscar a los niños al cole y llevarlos al parque no pega conmigo», dice. Uno le pregunta si recomienda la experiencia, y es franco: «Yo estoy feliz, pero el rural no vale para todos. Tienes que estar muy convencido de estar en soledad: aquí casi nunca hay nadie», remacha.

Mayores solos: ¿Quién cuida de ellos?

MILA MÉNDEZ
«Tengo 82 años y vivo sola desde los 60» En Galicia cerca de 125.000 mayores de 65 años viven solos. A muchos no les quedó elección, otros quieren autonomía

En Galicia cerca de 120.000 mayores de 65 años viven solos. A muchos no les quedó elección, otros quieren autonomía

 «Soy María del Carmen López, aunque casi todos me llaman Cari. Vivo en esta casa y vivo sola». Cari tiene un oído tan bueno que tras un rato de conversación es fácil olvidarse de su discapacidad. Dirige la mirada hacia su interlocutor, pero no ve «absolutamente nada». Se le desprendieron las retinas de los dos ojos. Tenía 59 años cuando pasó. «¿Cuántos tengo ahora? Muchos, casi todos. Voy camino de los 70». 

Sin visión, pero independiente

Esta vecina de A Coruña se negó a perder su autonomía. «Llevo muchos años viviendo sola. Y no pasa nada. Estoy feliz, me apaño perfectamente. Mis sobrinos están casados y yo estoy soltera... y sin compromiso», apostilla, por si alguien se da por aludido. Nunca pierde la sonrisa. «Pongo la lavadora, tiendo la ropa, en el cuarto de baño no necesito a nadie. Tengo las cosas de mi mano y no ando titubeando». Coge la plancha y se pone a alisar un pijama para demostrarlo. A lo único que no se atreve es a cocinar. Gracias a un programa municipal le llevan la comida a casa.

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