«Lo importante es no pararse: si te paras, te deprimes y estás acabada»

El 12 % de los ourensanos superan los 80 años. Muchos cuidan a otros de su edad o incluso mayores


OURENSE / LA VOZ

Aurelia Fernández, con 83 años, es la cuidadora; y Dora, de 86, la que se deja cuidar. Aunque, todo hay que decirlo, no más de lo justo. «Yo no me estoy quieta; a pesar de los problemas, voy haciendo todo lo que puedo por mi cuenta», aclara la mayor de estas dos hermanas ourensanas acostumbradas a afrontar la vida con espíritu optimista. Dora dice que no quiere dar más trabajo del necesario. Sabe lo que es cuidar a otros. Se encargó de una tía y de su propio hermano con discapacidad. Aunque Aurelia volvió para ayudarla -pidió el traslado desde las misiones en Perú para poder ejercer más cerca de casa y echar una mano a su hermana- cuando también enfermó su madre y la tarea se volvió imposible para una sola persona.

Dora se mueve por la casa con un andador. Tiene un desgaste en la columna, agravado por las secuelas de una vieja lesión de tráfico que la llevó dos veces al quirófano y por una hernia. «Al principio me iba arreglando sola, aunque caminaba con dos muletas. Iba a la plaza a hacer la compra y aun me atreví a ir de madrina de un sobrino a Sevilla», recuerda entre risas. Ahora, cuando sale -siempre que el tiempo lo permite-, lo hace en silla de ruedas, guiada por su hermana. Le gusta algún programa televisivo -«sigo el de Arguiñano, y tengo una libreta llena de recetas», apunta-, pero realiza numerosas actividades a lo largo del día. Tiene una especie de bicicleta para dar pedal sentada. «Y también hago ganchillo, tejo cestitas con tiras de bolsas, coloreo en libros de dibujos y me encantan los crucigramas», señala.

«Lo importante es no pararse: si te paras, te deprimes y estás perdida», corrobora la hermana menor, que también se aplica la filosofía. «El cuidador también tiene que cuidarse, porque si enferma mal va a poder ayudar», sentencia. La máxima la ha interiorizado a base de oírla repetir, machaconamente, en los talleres de la Cruz Roja para cuidadores de familiares dependientes, a los que acude siempre que puede. La entidad le facilita una voluntaria dentro del programa Respiro Familiar un día a la semana. «Con su ayuda, hacemos juntas gimnasia», cuenta Aurelia.

Y es que, aunque el programa busca que el cuidador desconecte y no acabe aislándose socialmente, para Aurelia, de momento, no existe ese riesgo. Además de ocuparse de su hermana, esta docente jubilada lleva grupos de catequesis, un taller de calceta para las vecinas, ayuda en las tareas de la parroquia que le solicitan y cumple con el reparto de tareas domésticas en el piso en el que viven otras cinco religiosas de la orden de las josefinas.

«Yo duermo siempre aquí con ella, pero me levanto a las siete de la mañana, voy a las oraciones con la comunidad, luego a misa a la parroquia y vuelvo sobre las diez para ayudarla a vestirse, porque ella no puede hacer cosas como ponerse las medias. La ayudo a ducharse, hago la cama y, como ya le dejo preparado el desayuno, vuelvo a salir. Voy a la compra y regreso para hacer la comida, que le dejo también preparada en el mesado», relata.

«La ducho, le hago el desayuno y luego charlamos»

maría vidal

Maria y su hijo recurren a la ayuda privada mientras les tramitan la dependencia

Eva acude a primera hora al domicilio de María, en Cambre, tres veces por semana. La ayuda a ducharse, recorren despacito el pasillo, le prepara el desayuno y, mientras ella se lo toma, se encarga de recoger la habitación y el cuarto de baño. Después se van al salón, encienden la tele y pasan el rato que les queda de la hora charlando sobre cómo les ha ido el fin de semana. A sus 86 años, camino de 87, María Jiménez tiene párkinson de bloqueo y necesita ayuda para levantarse y asearse.

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