Los pilotos gallegos cotizan al alza para pasar hachís por el Estrecho

Los clanes del sur siguen apreciando su especialización en el manejo de planeadoras

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vilagarcía / la voz

Hace alrededor de diez años, la incautación masiva de embarcaciones e infraestructura para la introducción de cocaína en las rías, dentro de la operación Tabaiba, unida a la guerra interna desatada por la muerte del cambadés Manuel Abal Feijoo, Patoco, al arrollar con su motocicleta a un peatón en noviembre del 2008, propinó un duro golpe a los clanes gallegos del narcotráfico. Ya entonces las fuerzas de seguridad advirtieron una especie de diáspora cuyo destino era el estrecho de Gibraltar. Los veteranos del negocio, avezados pilotos desde la época del Winston de batea, hacían las maletas y se trasladaban al sur para poner sus habilidades al servicio de las organizaciones que pasaban hachís desde el norte de Marruecos a las costas de Andalucía. La presencia de un pez gordo como Sito Miñanco en el eje Algeciras-Marbella abre ciertos interrogantes sobre el nivel que puede haber alcanzado este fenómeno. Los investigadores que precipitaron la caída del capo arousano aseguran, a este respecto, que los lancheros galaicos siguen gozando de un notable prestigio y que cotizan al alza en un ámbito verdaderamente especializado.

«No es que en el Estrecho no haya gente que haga este trabajo: sí la hay, buenos pilotos. Pero los gallegos son tipos muy expertos, así que continúan siendo contratados para pasar hachís a la Península», indican fuentes de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco) de la Policía Nacional, que hace dos años puso en marcha la operación Mito, la misma que acaba de meter de nuevo entre rejas al legendario José Ramón Prado Bugallo.

Que un pez gordo de primera categoría como Sito Miñanco comenzase a trabajar desde el sur no quiere decir, sin embargo, que las grandes organizaciones de la rías estén operando en el Estrecho. «Es algo distinto: creemos que lo de este hombre responde a su propia situación personal; él, al fin y al cabo, tenía que dormir en el centro de inserción de Algeciras y no le quedaba más remedio que hacer vida aquí, pero no hemos detectado la presencia de más narcos gallegos de primer nivel en esta zona», indica un veterano agente.

«A Sito lo que le va es Galicia»

La relación de Galicia con el tráfico por el Estrecho se establece en un estadio intermedio. El de los pilotos de planeadoras, que son contratados por las tramas implantadas en la Costa del Sol para hacer lo que mejor saben: manejar sus embarcaciones incluso en pleno temporal, con el cielo desplomándose sobre sus cabezas. Alguno se ha buscado así la ruina, haciéndose a la mar en las peores condiciones, cuando nadie más lo hubiese intentado.

El auto de la jueza Carmen Lamela que envió a Sito Miñanco a prisión confirma que, a sus 62 años, el capo cambadés había multiplicado sus movimientos en el sur de la Península. Parece lógico pensar que la presencia de poderosas redes de delincuencia organizada en la Costa del Sol abrió ante él nuevas posibilidades de negocio.

Pero los investigadores tienen claro que la infraestructura fundamental continuaba en Galicia. Y, en concreto, en la ría de Arousa. Una cosa es que sus principales colaboradores tuviesen que desplazarse a Andalucía para recibir sus órdenes cara a cara. Y otra muy distinta que aquello fuese del agrado del jefe. «A Sito lo que le iba era Galicia, a él esto no le gusta».

Sito Miñanco y David Pérez Lago habían roto su alianza para introducir cocaína

Una de las asociaciones que más han llamado la atención, a raíz de la operación Mito, es la que Sito Miñanco había establecido con David Pérez Lago, el hijastro de otro de los grandes nombres del narcotráfico en Galicia, Laureano Oubiña. Se da por hecho que Pérez Lago, detenido en el mismo proceso y obligado a asistir al registro de su vivienda en Vilagarcía, era el encargado de coordinar, precisamente, la logística de las planeadoras de acuerdo con el viejo esquema: zarpar de las rías para recoger en alta mar la cocaína que ha cruzado el Atlántico en algún buque y transferir el material a embarcaciones pesqueras que faciliten su depósito en la costa sin llamar la atención. El propio Miñanco ordenó, en octubre del año pasado, el hundimiento de las lanchas al comprobar que el alijo de 3,8 toneladas que navegaba en el interior del remolcador Thorna había sido interceptado por los geos.

Esta alianza, sin embargo, debió de romperse hace ya algunos meses. Esta es la hipótesis que, al menos, establece la investigación, al apreciar que la colaboración entre ambos se detuvo en un momento dado. Al parecer, Miñanco solo mantenía plena confianza en sus hombres fuertes de siempre: el colombiano Quico Arango, su asesor, y Juan Antonio Fernández, su capataz en la organización que comandaba.

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