La resistencia de Mondoñedo

Jorge Casanova
jorge casanova REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

Marcos Míguez

En medio de la inexorable contracción del censo, la ciudad muestra pequeños milagros

11 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando comenzaba el siglo XX, Mondoñedo, sede episcopal y vieja capital de provincia del Reino de Galicia, contaba con más de diez mil habitantes. Mirando hacia la plaza de la catedral, aún se puede imaginar el bullicio de la ciudad orgullosa de su pasado, repleta de burgueses, curas y campesinos. Pero si se pincha la ensoñación, lo que queda en la plaza es un desangelado mercadillo con más gente vendiendo que comprando. Poca en ambos casos. «Morren os vellos e marchan os xoves», sentencia el frutero, un poco aburrido. Es uno de los que montan el puesto cada jueves y cada domingo: «Para o que me queda, xa non vou cambiar», dice el hombre, de 62 años y de nombre Ramón Piñeiro. Aquí, en Mondoñedo, todo es así de simbólico.

La ciudad de Cunqueiro, cuya estatua domina la plaza de la Catedral, es el paradigma perfecto del interior. Las autovías le han acercado a las grandes capitales y dispone de todos los servicios, pero la actividad económica es débil y el censo se contrae aparentemente sin remedio. En los últimos veinte años, se le ha escapado casi un tercio y el turismo parece la única alternativa para generar negocios nuevos.

La alcaldesa, Elena Candia (PP), se esfuerza en subrayar las ventajas: «Temos unha gran cidade para vivir. E temos que aproveitar as oportunidades». Sirve hasta la niebla, que obliga a cerrar el tráfico por la autovía del Cantábrico con una cierta frecuencia: «Cada vez que hai un peche, a cidade o nota. Temos que convertirnos nun área de servicio con encanto. Tamén iso é unha oportunidade».