La resistencia de Mondoñedo

En medio de la inexorable contracción del censo, la ciudad muestra pequeños milagros

La resistencia de Mondoñedo Mientras el censo del ayuntamiento sigue cayendo, varias familias numerosas cuentan a La Voz de Galicia las ventajas de vivir en esta villa del interior lucense

redacción / la voz

Cuando comenzaba el siglo XX, Mondoñedo, sede episcopal y vieja capital de provincia del Reino de Galicia, contaba con más de diez mil habitantes. Mirando hacia la plaza de la catedral, aún se puede imaginar el bullicio de la ciudad orgullosa de su pasado, repleta de burgueses, curas y campesinos. Pero si se pincha la ensoñación, lo que queda en la plaza es un desangelado mercadillo con más gente vendiendo que comprando. Poca en ambos casos. «Morren os vellos e marchan os xoves», sentencia el frutero, un poco aburrido. Es uno de los que montan el puesto cada jueves y cada domingo: «Para o que me queda, xa non vou cambiar», dice el hombre, de 62 años y de nombre Ramón Piñeiro. Aquí, en Mondoñedo, todo es así de simbólico.

La ciudad de Cunqueiro, cuya estatua domina la plaza de la Catedral, es el paradigma perfecto del interior. Las autovías le han acercado a las grandes capitales y dispone de todos los servicios, pero la actividad económica es débil y el censo se contrae aparentemente sin remedio. En los últimos veinte años, se le ha escapado casi un tercio y el turismo parece la única alternativa para generar negocios nuevos.

La alcaldesa, Elena Candia (PP), se esfuerza en subrayar las ventajas: «Temos unha gran cidade para vivir. E temos que aproveitar as oportunidades». Sirve hasta la niebla, que obliga a cerrar el tráfico por la autovía del Cantábrico con una cierta frecuencia: «Cada vez que hai un peche, a cidade o nota. Temos que convertirnos nun área de servicio con encanto. Tamén iso é unha oportunidade».

La guardería ampliada

Tener un niño en Mondoñedo supone acceder a una ayuda de 900 euros que se distribuyen en los tres primeros años del bebé. Allí, los niños son muy bienvenidos. La guardería ha inaugurado este curso un aula nueva que le permite trabajar con 48 niños y, sobre todo, salir de la paradoja de pedir nacimientos y tener lista de espera en la guardería.

Nuria Folgueira tiene 28 años y tres hijas. La primera nació en Cuntis, donde se estableció con su marido, Fernando. Ella, nacida en Mondoñedo, le propuso regresar cuando las cosas se pusieron difíciles. Ambos son artesanos y el concello les hizo una oferta: dos talleres y una vivienda. Ahora Nuria gestiona una alfarería, As formas da Terra, con otra joven de O Valadouro. Y Fernando, uno de cantería no muy lejos del histórico ponte do Pasatempo. Y, lo más valioso, han tenido dos hijas más en Mondoñedo: «Para ter unha familia é o mellor. Aquí podes deixar ás nenas soas, calquera vecino bótache unha man...». Nuria no encuentra pegas a su vida contracorriente, con tres hijas en una ciudad, en un país, donde casi nadie se atreve a tanto: «E non creo que as nenas boten de menos unha cidade, porque están sendo educadas aquí».

Tener un hijo en Mondoñedo supone acceder a 900 euros distribuidos en los tres primeros años Las nenas desde luego, son un encanto; se prestan con paciencia a la sesión de fotos, juegan con sus bicis por el jardín del taller, enredan poco y ríen mucho. Son tres tesoros. Tesoros demográficos. No son los únicos. Por el concello se encuentra algún milagro más. Uno de ellos es la panadería de Aquilino Bouso. Una pequeña industria de aldea gestionada por dos hermanos a unos diez kilómetros de la ciudad, que lleva el pan por toda A Mariña y alcanza Avilés y Oviedo. «O negocio cambiou moito -dice Aquilino- Antes, o importante era levar o pan ás aldeas, agora o forte está na costa, nos supermercados». Pero ellos acuden a todas partes: «Se o cliente segue, nós vamos». En un concello donde la queja más frecuente que se escucha es que no hay industria, los Bouso mantienen una plantilla de doce empleados que amplían en verano, cuando más trabajan. Aquilino, que tiene 53 años, cree que hoy en día no le dejarían construir su panadería en el lugar donde la ubicó su padre. Pero lo cierto es que ha podido mantener un negocio en crecimiento y generar algo de empleo desde el lugar en el que nació y del que no quiere salir: «Se tivera que vivir na cidade volveríame tolo».

«Isto vai cambiar. A xente decatarase de que non é tan malo». Isidro Fernández (45 años) se expresa con vehemencia. Le parece mal la tozudez del censo, que no deja de menguar: «É un luxo vivir en Mondoñedo». Y despliega de nuevo el catálogo de servicios del que presumen los mindonienses con un corolario final: «Vostede non sabe o que é escoitar á Paula [la campana principal de la catedral] o día das San Lucas». En el supermercado que regenta en el medio de la ciudad asienten sus tres hijas. Las dos pequeñas, de 11 años, son gemelas. La mayor, tiene 16.

-¿Seguro que te quieres quedar aquí?

«Que sí, que sí. Que me quedo», afirma la jovencita.

Es fácil encontrar ese nivel de compromiso por las calles de Mondoñedo. Pero hace falta algo más que amor al terruño para sobrevivir en esta ciudad que muestra más historia que futuro: «Imagino que me tendré que ir fuera para conseguir el dinero que me permita volver», aventura Cristina, una joven de 21 años que pasea con su perro. Ella y su amiga aprovechan la temporada turística, pero no da para planes a largo plazo. Rafael García, un jubilado de 81 años que pasea con su mujer, hace el análisis final: «Aqui se vivió mejor y peor. Si hubiera industria viviríamos muy bien. Es lo que nos falta». Pero las industrias se fueron. Mientras regresan, si es que lo hacen, la ciudad episcopal envejece únicamente sobresaltada por los pequeños milagros que consituyen su resistencia demográfica.

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