«El Chicle nunca me gustó, tenía la mirada turbia»

Los vecinos de la parroquia donde nació José Enrique Abuín, encarcelado por el crimen de Diana Quer, rumian su detención entre la indignación y la incredulidad


rianxo / la voz

Aunque el Chicle  estaba en el punto de mira de la Guardia Civil desde hacía 13 meses y era el principal sospechoso de la desaparición de Diana Quer, en su entorno más próximo casi nadie esperaba un desenlace ni siquiera próximo al que se ha producido.

Tenía a todos bien engañados. O a casi todos: «A mí no me dio buena espina nunca», dice una mujer que acaba de pararse en el improvisado altar que se ha ido formando a la puerta de la nave abandonada donde José Enrique Abuín escondió el cuerpo de Diana. La mujer está al borde de las lágrimas y es una voz discordante en Asados, la parroquia de Rianxo en la que nació el Chicle y que visitaba casi a diario. Casi a diario este hombre pasaba delante de la nave para ir a comer a casa de sus padres sabiendo que allí, en el pozo abierto para la vieja fábrica de gaseosas, había lanzado con unos pesos el cuerpo de la joven madrileña. «No es de ahora: cuando mi hija era pequeña ya le decía que no volviera a casa por el camino que pasa delante de la suya. Las hermanas son otra cosa, a mí me dan pena, pero él... no te daba confianza. Nunca me gustó, tenía una mirada turbia». La señora ruega que no la identifique y se va secándose las lágrimas.

Un «pailanciño» 

«Que enganados nos tiña!», exclama un vecino de 37 años, primo carnal del Chicle. El hombre pasea a su perro sin rumbo fijo y repite con frecuencia: «É unha sombra para a familia». Dice que su madre no se atreve a volver a su trabajo, en Rianxo: «Xa sabe como é a xente nas vilas. Manchou a toda a familia». Su discurso va de los recuerdos recientes de su primo a la estremecedora realidad de las últimas horas: «Nunca lle vin nada, nin unha preocupación, ¡co que tiña encima! Hai pouco chameino para que me acompañara a comprar unha furgoneta, porque era moi falador... E comprámola. Se ata hai uns días morreulle un can e non o puido enterrar. Chorou moitísimo e tivo que chamar aos pais para que o fixeran eles».

-Y ahora, ¿tiene dudas sobre su culpabilidad?

-Ningunha. Agora sei que é un psicópata, un monstro. Que o pague todo e que podreza na cadea.

No muy lejos de allí, otro vecino lo califica de «pailanciño». Como muchos de los que lo conocían, sabía que el Chicle estaba en el trapicheo, pero eso, en muchos ambientes de la ría, no te convierte en un tipo especialmente peligroso. «El mesmo o dicía: presumía. Eu téñoo escoitado dicir que unha vez vendeu tres quilos en dez minutos. Pero tamén era un pai normal, preocupado pola súa filla». Afirma que, pese a sus devaneos con la cocaína, producto de su proximidad familiar al clan de Os Fachos, el Chicle no era consumidor: «Coñézoo dende o colexio e nunca o vin borracho». Un chavalito viene corriendo y se esconde detrás de su padre.

-¿Lo sabe?

-É imposible non sabelo. Está todo o día na televisión. O rapaz está un pouco alteradiño. Sabe que lle está pasando algo á súa amiga e está nervioso.

Su amiga es la hija del Chicle, que no se ha librado de los comentarios ofensivos en la cuenta de Facebook de su padre ni del acoso de los medios, que revoloteamos por todas partes.

Algunos vecinos ya empiezan a cansarse de la presión mediática y esquivan las cámaras: «Que quere que lle diga? Eu quedei louquiña. Foi malo para el», dice una mujer que tira la basura al contenedor y regresa a paso ligero para su casa.

La jornada que no olvidarán

De vuelta al entorno de la siniestra nave abandonada, otra señora aumenta el número de velas que a duras penas aguantan la llama bajo la persistente lluvia: «Quen o ía dicir! Cando o souben, se me pinchan, non boto sangue». Habla de la inolvidable jornada de Nochevieja, cuando el lugar en el que nos encontramos hervía de coches policiales, ambulancias y bomberos: «Quen o ía dicir!», repite. Nadie, claro. Solo lo sabía él. La nave no tiene tan mal aspecto. Ahora llaman la atención el precinto colocado por la Guardia Civil para impedir el paso y el cartelón de la inmobiliaria que la tiene a la venta. A través del cristal apenas se aprecia un espacio vacío alicatado de azulejos blancos. Todo vacío. Imposible imaginar lo que allí se ocultaba.

A unos kilómetros, en Taragoña, en la puerta de la vivienda del Chicle ya no luce el adorno navideño que colgaba del picaporte. El único que se mueve por allí es un perro que ladra pero que no se deja ver. Los vecinos también se muestran sorprendidos. El que vive enfrente asegura que era un tipo normal, de los que saludan con cordialidad.

Ella no, la mujer del Chicle era más retraída. La veían entrar, salir, ir a la compra, pero sin más explicaciones. Hoy están todos sorprendidos. Y escandalizados, claro, porque una cosa es andar robando gasoil, incluso trapicheando con el perico, pero lo que ha hecho el Chicle está todavía por asimilar. Y pasará aún mucho tiempo hasta que la comarca se libre de la sombra de José Enrique Abuín, de quien, probablemente, aún queden bastantes cosas por conocer. Y ninguna buena.

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