«Levamos setenta anos casados, e foi un destino ben bo»

Dos ourensanos contrajeron matrimonio el mismo día que la reina de Inglaterra


ourense / la voz

Entre la iglesia de Santa María de Beariz y la abadía de Westminster, en Londres, hay mucha distancia. El 20 de noviembre de 1947 fue el día de boda. En la capital inglesa se casaron la entonces princesa Isabel y el duque de Edimburgo. Allí siguen her majesty the queen y su marido. En Beariz los contrayentes eran Bernardino Muradás y Saladina Cerdeira, dos jovencísimos vecinos de Garfián, que habían crecido juntos desde niños, lo normal llevándose dos meses en un lugar con trece familias.

De la coincidencia se percató Saladina mucho después. Con la certeza, empezó a interesarse por la otra familia. Sobre la mesa tiene su revista de cabecera. Ahí están Harry y Meghan. «Non ven? Sempre hai cousas. Aínda non hai nada que celebraron o aniversario, coma nós, e xa está o neto en primeira páxina», dice sobre la próxima boda. Bernardino y Saladina, por aquello de su adquirida querencia británica a partir de la feliz coincidencia de fechas, empezaron a ser para sus nietos Berni y Sali, apelativos cariñosos de sonoridad british que aceptan con la mejor de las sonrisas. Francas. A Saladina le encanta seguir las cosas del palacio de Buckingham. «Non teño moi claro se xa viña de antes, penso que non, pero a raíz disto da voda, gústame ler e aprender das cousas da monarquía. Non deixo pasar nada», dice.

Setenta años juntos merecen una fiesta. Ahora será muy diferente. En 1947 había sido de lo más sobrio. Cura, contrayentes, padrinos y poco más. No daban los tiempos para demasiadas alegrías. Muy diferente de la «grandiosa solemnidad», como La Voz de Galicia titulaba al día siguiente, de la celebración en Londres. El paso del cortejo, decía la crónica, lo habían seguido más de un millón de personas que se sobreponían al frío con alegría, banderitas, castañas y manzanas. «La multitud aclamó a los novios con enorme entusiasmo». Allá.

Bernardino y Saladina lo vivieron de otro modo. Era su punto y seguido a una relación forjada desde la niñez. Su vida poco tuvo que ver con la de sus británicos coetáneos. Ella, en el campo; él, en la recién creada empresa de suministro de energía eléctrica. Habla poco Bernardino, a quien también llegó la llamada de América. Se fue a México durante unos años, mientras Saladina veía crecer a Celia, su única hija. «O que son as cousas, nós eramos fillos únicos, algo que era raro naquel tempo, e só tivemos unha filla; pero hoxe, con catro netos e un bisneto, que máis se vai pedir», dice la mujer. Sus padres, los dos de nombre Manuel, habían marchado a Uruguay en barco. Benita y María, sus madres, lo hicieron años más tarde, en avión, con Bernardino y Saladina casados. Ya podían. Sabían que ambos serían autosuficientes. Ya se tenían una al otro, resignados a vivir con la cicatriz de la emigración. «Estabamos de ser un para o outro», resume esta mujer, para quien ha sido un guiño del destino -«e foi un destino ben bo»- que hubieran jugado desde niños y consolidado su relación para asomarse a los noventa juntos en Beariz.

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