Los niños que jugaron con el chapapote

En Muxía, la generación del Prestige conoce perfectamente el tacto y el olor del fuel solidificado

Los niños que jugaron con el chapapote En Muxía, la generación del «Prestige» conoce perfectamente el tacto y el olor del fuel solidificado. Esto es lo que saben de uno de los días más negros de la historia de nuestra comunidad

muxía / la voz

Ninguno de ellos tiene recuerdos directos de lo que ocurrió aquel día. O eran demasiado pequeños o ni siquiera habían nacido. Sin embargo, saben muy bien lo que pasó porque todos ellos vinieron al mundo en el 2002, el año en que el Prestige se hundió en el mar de Muxía, en el mar de su pueblo. Y aunque eran muy pequeños, la huella de la catástrofe los acompañó durante su infancia. Quince años después de aquel día negro nos sentamos a hablar con ellos sobre lo que pasó, lo que pasa y lo que podría pasar.

sheila rey

«En mi casa vieron pasar el Prestige». «Nosotros vivimos justo enfrente de donde rompió el barco. Mi familia me contó que aquella tarde lo vieron pasar y, de repente, se dejó de ver». Sheila Rey nació 40 días antes del hundimiento y en su familia todos están relacionados con el mar, así que recuerdan bien cómo aquella marea negra los dejó una buena temporada sin faenar. «Vino mucha gente a ayudar -continúa explicando-; acampaban en las huertas. Y la gente de aquí también ayudó. Todas las familias lo hicieron». Son cosas que ha leído, que le han contado. De hecho, en su casa, dice, guardan algunos de aquellos monos blancos que usaban los voluntarios. También habla del chapapote, igual que lo harán todos sus compañeros. Pero para eso no le hace falta tirar de lo que le han contado: «Hay playas en las que, si buceas un poco, te encuentras restos de la mancha». El grupo asiente, porque todos han estado en contacto con el petróleo solidificado por el Atlántico. Conocen su textura, es parte de la historia de su pueblo y de la suya propia. Sheila sigue viviendo en la misma casa desde donde su familia vio pasar por última vez al buque de infausto recuerdo: «De vez en cuando veo algún petrolero y muchas veces lo pienso: «¡Ay, mi ma; cómo pase algo...!»

elías valencia

«Levaban mascarillas, pero a xente colleu enfermidades». Elías es el más hablador de los cinco. Un rebelde a quien le contaron que Pau Gasol lo cogió en brazos cuando se acercó a visitar la zona: «Tiña que agochar a cabeza para entrar nas casas». Dice que lo bautizaron el día que el chapapote llegó a las costas de Muxía y que los militares acamparon justo delante de su casa: «A meu pai, que é patrón de barco, amolárono ben co Prestige». Elías habla mucho de los voluntarios y de cómo su familia contribuyó, como tantas de la villa, a acomodarlos y alimentarlos. «Os voluntarios levaban mascarillas, pero a xente colleu enfermidades». También pone Elías un recuerdo sobre la mesa: «O olor, noxento». Es un recuerdo prestado, claro, pero fácil de evocar, porque él sabe cómo huele el chapapote: «Hai uns anos, ías á praia, sentábaste nunha pedra e levantábaste cunha pegada negra no cu».

Y es también Elías el que trae a colación «aquelas chapiñas de Nunca Máis. É curioso como agora cos incendios a xente as volve usar. Eu teño unha amiga que a puxo no perfil de WhatsApp». Elías guarda en casa alguna chapa y unas cucharas que dejaron allí los militares. Recuerdos de aquellos días en los que la solidaridad abrió el camino de la esperanza.

Lucía luaces

«Eu decoraba as tartas que facía na praia co chapapote». «O típico era estar na praia: atopabas unha pedra negra e miña nai berrábame porque pensaba que me ía manchar. Pero logo facías as tartas coa area e poñíaslles o chapapote por riba, para decorar». El recuerdo de Lucía vuelve a provocar el asentimiento general y los chavales exponen recuerdos de arena negra al hacer castillos; los de los moros, explican, eran los que tenían más fuel. «Agora xa non hai tanto», matiza Elías.

valeria cousillas

«Teño unha foto coa reina Sofía». Cuando todo sucedió, la madre de Valeria afrontaba sus últimos días de embarazo. «Teño unha foto coa reina Sofía», dice. Ella fue el bebé de la esperanza, un nacimiento entre tanto petróleo y tanta desolación. Lógico que acabara entre los brazos de una reina. Pero la abuela no estaba tan contenta: «Ela foi percebeira toda a súa vida e estaba moi triste. Pensaba que os percebes non volverían». Valeria, que dice tener clarísimo su futuro: «Vou ser neurocirurxiá». No tiene dificultades para evocar aquellas imágenes que dieron la vuelta al mundo: «Miña nai ten fotos de como quedou o coído, todo negro. Pero agora vas cos cans por alí e aínda atopas moitas pedras co chapapote».

Casi todos saben que Muxía es un lugar vinculado a aquella marea negra. Y cuando dicen de dónde son, la referencia surge con frecuencia: «Pensas que vives nun pobo que non o coñece ninguén e unha vez que estiven en Roma, preguntáronme que de onde era; dixen que de Galicia, da provincia da Coruña. E dixéronme: “Ah, si, onde o Prestige”. Sorprendeume moitísimo».

samuel caamaño

«Nacín o 13 de novembro». Samuel arrastra el estigma de haber nacido el propio día de la catástrofe. Se lo han recordado tantas veces que lo lleva con una cierta indiferencia: «Meus pais tamén foron axudar. Había moita xente porque había moito chapapote. Hoxe xa non se ve tanto. Os moluscos, os peixes, morreron todos. Foi unha catástrofe moi grande», recita. Su madre le ha contado que vio por televisión cómo se hundía el petrolero, convaleciente todavía de su nacimiento. Ahora, Samuel dice que le gustaría ser informático o mecánico. Sobre la relación que los vincula con aquel accidente opina: «É un recordo triste».

El grupo es perfectamente consciente de que nacieron en un año clave, una coincidencia que los ha ido acompañando a lo largo de su vida y que les recuerdan con alguna frecuencia, así que no es difícil hablar durante un rato de cómo ocurrió el accidente; de los voluntarios, uno de los recuerdos que más huella han dejado en Muxía. Pero hablan poco o nada de los protagonistas de aquellos días. Nadie los recuerda. Solo Elías es capaz de citar a Rajoy con aquello de los hilillos de plastilina. De Fraga, por ejemplo, no queda ni rastro en su memoria. Y también se habla un poco del futuro: ¿es posible otro Prestige? Hay opiniones diversas. Unos creen que es probable y otros que no tanto. Sheila cierra el debate: «No fue el primero ni será el último. Ahora parece que está más controlado, pero eso no quiere decir nada». Al fin y al cabo, ella los ve pasar desde su ventana.

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