«Estuve tres horas tirado; grité, me hice un torniquete, pero nadie me oyó»

Un operario se precipitó con una excavadora desde un viaducto de 50 metros de la A-6 y lleva tres meses hospitalizado


LUGO / LA VOZ

Tras permanecer en el HULA un tiempo, fue trasladado a otro hospital de Lugo (Polusa) para hacer rehabilitación. Pero desde hace quince días, Francisco Javier Mourín López se encuentra ingresado en una clínica madrileña de Coslada a la espera de que le realicen una cuarta operación, esta en el hospital de Torrejón. Todo para recuperarse de las graves lesiones sufridas el pasado 31 de julio en la A-6, a su paso por Baralla, cuando se cayó de un viaducto con su excavadora.

Su lesión fue similar a la del jugador de los Chicago Bears, Zach Miller. Sufrió una dislocación en las dos rodillas, con un problema vascular añadido y con el nervio ciático tocado. Sus arterias se desgarraron, por lo que hubo que usar una de su pierna buena para repararlas.

Este operario, natural de Sabadell (Barcelona), pero afincado en Lugo desde el año 2004, se encontraba el último día del mes de julio limpiando la mediana de la A-6 con una excavadora. A la altura del kilómetro 464, en sentido Madrid, la máquina con la que trabajaba se precipitó al vacío desde el viaducto. No había señalización ni nada que delimitara el tramo. Tras recorrer unos 50 metros fue a parar a unas rocas, donde quedó encajada en su posición original. Francisco Javier fue consciente en todo momento de lo que estaba sucediendo. «Sabía que no había señalización que delimitara el trayecto pero la visibilidad era muy reducida por la polvareda que se levantó al realizar los trabajos y también había maleza. Llegué al final del trayecto y giré a la izquierda para retomar el camino. Al dar marcha atrás, la máquina sobrepasó el límite y se precipitó al vacío», relata Francisco Javier, que estuvo desde las diez y veinte de la mañana hasta la una del mediodía debajo del viaducto esperando a que alguien lo auxiliara. «Estuve tres horas tirado; grité, me hice un torniquete, pero nadie me oyó», cuenta el accidentado, de 43 años, ocho de ellos dedicados a trabajos de conservación en carreteras.

Una vez que la máquina quedó encajada entre las piedras, Francisco Javier no sabía qué hacer. Por una parte quería salir de la excavadora, pero tenía miedo, pues desconocía la gravedad de sus lesiones. Finalmente optó por abrir la puerta, sacarse el cinturón y sentarse al lado de la excavadora. «Me toqué las piernas y sangraba. Entonces saqué la funda y con la camiseta me hice un torniquete. Escuchaba el sonido del teléfono pero no sabía dónde estaba y no tenía fuerzas para moverme y buscarlo. Gritaba y gritaba pero nadie me oía. Solo escuchaba el sonido de las juntas de dilatación al paso de los vehículos por la autovía», relata.

El retraso de los rescatadores se debió al parecer a un error en el kilómetro en el que ocurrió el accidente por parte de la persona que les avisó. «Solo pensaba en mis hijos y no sabía el tiempo que iba a aguantar vivo. Cuando llegaron los servicios de emergencia y me metieron en el helicóptero sentí un alivio inexplicable», indica. «Tenía las rodillas desencajadas y también fracturé la cadera».

Francisco Javier se mantiene difícilmente de pie y para recorrer trayectos largos necesita ir acompañado de una muleta. «Lo importante es que pueda contarlo», concluye.

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«Estuve tres horas tirado; grité, me hice un torniquete, pero nadie me oyó»